Eduardo Rojas
Las cenizas de Eduardo
Manuel León

Vas y te mueres ahora, Eduardo, ahora, justo cuando se acaba de arreglar el problema de las tortugas, por el que tanto batallaste. Siete años persiguiendo a urbanistas, abogados, concejales, delegados y diputados para que no te quitaran la tierra, la tuya, que había sido antes de tus padres y antes de tu abuelo, aquel Francisco Pérez, alcalde de Villaricos, que fundó la banda de música y que después de la Guerra lo dejaron seco como la mojama. Nadie como tú mantuvo la llama encendida, desde Barcelona donde vivías, para que esas 500 hectáreas que querían expropiar a más de cien propietarios de la zona no se perdieran. En los últimos tiempos se fueron sumando los vecinos de Los Lobos, familias humildes de los Guiraos, de Guazamara, a los que el BOE amenazaba con tirarles abajo el cortijo centenario o los olivos o los árboles frutales que habían regado con el sudor de muchas generaciones. Pero fuiste tú, Eduardo, el primero, el que dio la voz de alarma, en junio de 2011, para que ese vergel alumbrado por las aguas del Negratín no quedara cercenado por una incomprensible reserva sahariana para el quelonio. A veces te enfadabas, claro, otras te desesperaba porque el alcalde no te cogía el teléfono, o porque Matías no hallaba solución o porque no entendías como tú, que estabas a más de 800 kilómetros, bregabas más por esa tierra que los propietarios que vivían al lado. Pasaban los veranos y los inviernos, los tuyos y los de todos nosotros, y tú no decaías reivindicando el cambio del proyecto. Y te sabías de memoria las comparecencias de Caicedo y de Hernando en el Congreso, a ver si hablaban del tema, de tu tema. Y te hiciste con el teléfono de una técnica de Ineco, Lourdes Lunera, a la que llamabas todos los días, a ver si había algo nuevo sobre la reserva. Dale que dale, Eduardo, más por convicción, por principios, por la dignidad de defender la tierra de tus antepasados, que por interés pecuniario. Te conocías todo el organigrama del Adif y Manuel Niño parecía ya como de tu familia. Fuiste arrastrando a gente a tu lado, empresas como Cuevas Bio, Royal-Veg y Pérez Garde, y un día Francino te entrevistó en las ondas para que España entera se enterara de que la compensación por el trazado del ferrocarril se quería pagar con el valor sentimental de mucha tierra cuevana. Tu voz sonaba siempre vigorosa por teléfono, como la de un pirata que decías que eras,aunque ibas perdiendo la vista. Pero tu veías con el corazón, con el sentimiento de defender lo tuyo. Nunca nos comimos esa paella en Villaricos que tantas veces programamos con Matías, pero debes saber que tus cenizas las enterró tu hermano debajo de un olivo, en tu finca de Las Jaulas, esa que te querían quitar y que ya no te quitarán jamás, querido Eduardo.