Francisco Ruiz Palenzuela
El curtidor de pieles más antiguo de Almería

Creció en la fábrica de guarnicionería de la Rambla y abrió tienda en Regocijos y Puerta Purchena donde vendió balones a niños y botas a los actores. Recordaba con precisión numismática cuando le vendió a Charles Bronson unas botas del 48, una de aquellas veces que vino a rodar a Tabernas: “El hombre tenía un pie de bisonte y se las tuvimos que hacer a medida”. Entonces, el comercio de Francisco Ruiz Palenzuela, uno de los pioneros de las tiendas de curtidos de Almería que acaba de fallecer con 84 años, estaba en la calle Regocijos, antes de instalarse en los bajos del edificio de Las Mariposas. Aquellos chiquillos almerienses de la postguerra, flacuchos y con remolinos en el flequillo, pasaban por delante del escaparate de Curtidos Ruiz y ya tenían toda la noche para soñar con el balón de reglamento que habían visto reflejado en el cristal. “Cómprame la pelota de Kubala”, les decían a sus padres. Allí las madres compraban también las carteras escolares de piel de vaquetilla, donde se guardaban las libretas, los lapiceros y hasta el bocadillo del recreo. El origen del establecimiento familiar, fundado en 1945, estaba en una vieja fábrica de curtidos ubicada en la antigua calle General Saliquet propiedad de Los Rodríguez. Allí, el fundador de esta popular dinastía peletera, Francisco Ruiz Díaz, entró de aprendiz a principios de siglo y, tras un breve paréntesis de emigrante en Melilla, se puso al frente del almacén de pieles. Allí, junto a la rambla, en la génesis de lo que es ahora la calle Granada, se trabajaba la piel como lo hacían los antiguos curtidores orientales. El proceso comenzaba con el al lavado de la piel del animal en una balsa salada, después se secaba y se introducía en un bombo mezclado con taninos, raíces y cortezas de pino. Después se le daba el apresto al pelo y se alisaba con un cristal por detrás y se pasaba por una prensa con aceite. Su padre tenía trato con un carnicero por el que le mercaba toda la piel de la carne que sacrificaba en el matadero. Se utilizaba la piel de vaca, cordero, oveja, cabra y hasta de caballo. Enmedio de ese olor a extracto de zumaque, se curtió Francisco Ruiz. El negocio, entonces, estaba en la guarnicionería para los animales de tiro. Y hasta allí se llegaban talabarteros y zapateros a por suelas para los zapatos. Curtidos Ruiz creció e instaló un segundo establecimiento en la Puerta Purchena, frente al cañillo donde era costumbre ver a este hombre con su cayado, con sus gafas ahumadas, montando tertulia en el kilómetro cero de la ciudad: por donde pasaron casi todos los actores del cine a hacerse esas botas capaces de aguantar en un desierto.