El ruido del volcán

Apenas un 10% de lo que se habla de la erupción y de su lenta y devastadora colada es relevante

Se oye de todo sobre el volcán de La Palma, pero al volcán no nos dejan oírlo, cuando en su estrépito ronco, constante y perturbador se halla contenido cuanto necesitamos ir sabiendo. La catástrofe natural que asola la bella isla atlántica tiene su propia lenguaje, ese ruido acojonante que describe cuanto expulsa y devora el volcán, pero en la televisión, que es el medio de seguimiento del suceso que mayoritariamente se usa, se empeñan en robarnos su voz, y solo muy de tarde en tarde algún reportero o algún técnico repara en que la televisión es imagen y sonido, y acerca el micrófono al gruñido salvaje. Apenas un diez o un veinte por ciento de lo que se habla sobre las imágenes de la erupción y de su lenta y devastadora colada es relevante. En cambio, todo lo que dice el volcán, y que no dejan al telespectador que escuche, es esencial, por mucho que cueste descifrarlo. Ignorábamos que en España, donde andamos tan justitos de volcanes activos, hubiera tantísimos vulcanólogos como vemos que salen en pantalla, pero éstos, pese a su sorprendente número, son los más lacónicos y comedidos de cuantos hablan y hablan sin dejarnos escuchar al volcán, pues, seguramente porque saben algo, reconocen no saber apenas nada del intramundo ardiente ni de su comportamiento al escapar al exterior.


El ruido de las palabras, de las opiniones clónicas y repetidas, de las conexiones con reporteros dicharacheros que simulan estar jugándose el pellejo ante los cuernos del toro de lava, todo ese ruido no deja oír el ruido del volcán, que cuenta, junto a las imágenes estremecedoras del suceso, todo lo que hay que contar. En ese ruido aterrador del volcán está todo: las huertas calcinadas, los cultivos desaparecidos, las piscinas hirvientes, las palmeras en llamas, los hogares perdidos, los animales espantados, las carreteras engullidas, las ilusiones quemadas, el desvanecimiento del paisaje, el humo del interior de las casas incendiadas que sale por las chimeneas como si fuera el humo de los dulces leños del hogar, el enmudecimiento traumático de los palmeros ante el fin del mundo, de su mundo.


Casi todo lo que se necesita saber para entender, o no, lo que está ocurriendo, está en ese ruido, en ese fragor inhumano, y en las alucinantes imágenes que lo ilustran y completan. La televisión las muestra, pero mudas, sepultando la voz del volcán bajo toneladas de palabras vanas.





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