La vida de los otros

Siempre me he preguntado por qué nos interesa la vida de los otros, mucho más que la nuestra, muchas veces. En ocasiones, como muestra la magnífica película alemana que da título a este artículo, es por pura perversión, como en el caso del espionaje de la Stasi, la famosa y cruel policía política de la extinta RDA.

Pero, en general, nuestras motivaciones son más prosaicas, incluyendo el aburrimiento de nuestra propia vida. Sólo así se explica el éxito de los programas de fisgoneo desde aquel lejano Gran Hermano televisivo, a los programas rosas y amarillos de hoy día.

Además, el cotilleo, marujeo o como quiera que se diga ha traspasado el papel cuché de las revistas y los rayos catódicos y se ha instalado en el amplio mundo digital de influencers, youtubers,… y demás fauna cibernética.



El común denominador de todo ese mundo es la vulgaridad. No vemos estos programas ni seguimos la cotidianidad que muestran por estricta diversión ni, menos aún, por tomar un ejemplo de superación, sino simplemente porque esas historias les acontecen a otros y así vemos sus problemas y cómo los bandean sin que nos afecten un ápice. Y no tienen nada que ver en las redes sociales los muchos like que reciban ni los miles de followers que tengan con el interés o la calidad de los productos.

Estamos, insisto, ante la exaltación de la inanidad. Hoy día, esas historias ordinarias y triviales ni tienen que ver con las vidas de santos de antaño, ni con biografías de científicos u otros benefactores de la humanidad, sino que reflejan unas vidas cuya banalidad es semejante a la nuestra. Y lo peor es que no podemos criticarlas porque de ahí es donde sacamos las enseñanzas para vivir nuestra propia vida.   




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