¡Tus muertos!

La muerte se nos escapa a los vivos. Es esa gran incógnita que nos dejan de herencia las personas queridas que desaparecen de nuestra vista pero que nos siguen acompañando. Lo que de verdad existen son los muertos. Cada uno lleva a los suyos encima y como a Hamlet, a veces se nos aparece como fantasmas para hablarnos.


Nuestras abuelas eran más listas que Hamlet y colocaban a sus muertos bien a la vista para tenerlos controlados, colgados en fotos en la pared o sobre el aparador junto a la botella de anís. Así, a los niños se nos hacían familiares  y cotidianos un hermano asesinado tras la Guerra Civil o el rostro joven de  un tío abuelo segundo que se quedó en las Américas.  


Dos días al año los muertos marcaban nuestra vital y bulliciosa infancia: el Viernes Santo y el Día de Difuntos. En los dos, los invisibles eran protagonistas de la jornada; por ellos había que hablar bajito, no jugar ni cantar ni ver la tele, no fuera a ser que Jesús se distrajera durante su calvario o que al pariente de la foto en sepia le diera por mover la botella de anís. Aunque resuenan en nuestra conciencia, la voz es de las primeras cosas que olvidas de un muerto, mientras retienes su imagen y olor. Las mariposas de luz desplegadas en la oscuridad de las casas cada 1y 2 de noviembre nos recordaban que los muertos no gritan ni se insultan. Para eso quedamos los vivos. 


En nuestra infancia se lanzaba un insulto terrible, que se pronunciaba a boca llena: “Me cago en tus muertos”. Sin embargo,  al mentar a los muertos ajenos había en el fondo un respeto al destinatario, como  como cuando se paran los cañones en una guerra para recoger los cadáveres en medio de la batalla. Con el “¡tus muertos!”, todos sabían que se había llegado a un límite. Hoy no.


Dos mujeres de Podemos se atacan por twitter sin insultos. Irene, la ministra consorte, olvida el “hermana, yo te creo” y le dice a la andaluza madre Teresa expulsada que “la política no para” ante los permisos por maternidad. La ministra de la mujer usó esta gélida metáfora parecida a lo que Marx dijo de la Revolución, la que consideró como “partera de la Historia”, una matrona que un siglo después ayudó a parir millones de muertos.



Hoy ni niños ni adultos jóvenes se insultan como antes. No por una mayor educación o por una más fina sensibilidad sino sencillamente porque no saben nada de sus muertos. No hay difuntos en Tik-tok ni en Instagram. A nuestros hijos les hemos quitado de la vista a los que nos precedieron en el mundo de los vivos, les hemos ocultado sus muertos entre calabazas y caretas de zombie. Luego ellos nos ocultarán cuando estemos moribundos en la residencia. En el lecho de muerte nos harán el truco o trato final.


Se han cancelado sin problema Semana Santa, Fallas, el Rocío, Sanfermines, la Feria de la Virgen del Mar...miles de fiestas de pueblo, todas ellas son las fiestas de nuestros muertos. Ningún trauma. Pero nadie ha podido suprimir Halloween en las escuelas, la única fiesta que no es de nuestros antepasados. El pasado viernes me crucé con decenas de escolares disfrazados de calaveras y monstruos. Ninguno iba con el disfraz de intubado por el coronavirus


Esa misma noche continuó el akelarre por cientos de jóvenes en Barcelona, Burgos, Valencia, Logroño, Sevilla...en muchas ciudades de España se ha vivido con violencia, fuego y saqueos este Halloween del Coronavirus. Esos cafres, ¿son de derechas o de izquierdas? No es casualidad que tanto Pablo Iglesias como Santiago Abascal hayan sido los únicos políticos en interpretar en clave partidista lo que es solo una expresión festiva nihilista, de una era en la que ocultamos a nuestros muertos. Hoy nos gobiernan los primeros niños que vivieron el primer Halloween hispano disfrazados de momia de Lenin o de cura fusilado en la Guerra Civil. Iglesias y Abascal son políticos Halloween, que no conocieron la difícil Transición. Ambos han cambiado los muertos de verdad por otros postizos.


Iglesias no supo citar una obra de Kant, pese a las notas de las que presume. Este episodio en un debate televisivo no estaba muy lejos de aquel otro protagonizado por una pandilla de tiernos almerienses a los que preguntaron por Adolfo Suárez “el de las dinastías”.


Olvidar a nuestros muertos, a Suárez, Carrillo, a Fraga y la Pasionaria y cambiarlos por otros falsos de careta de cartón es elegir vivir en un Halloween continuo, que nuestros jóvenes zombie celebran con fuego y destrucción, un día gritando Cataluña, otro libertad; un día tirando estatuas y otro saqueando la tienda de la manzana contra el capitalismo. Más vale que nos volvamos a mentar a nuestros muertos para poder seguir conservando el mundo de los vivos que nos dejaron al irse.


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