Los Inmunes

Reflejo aqui  parte de una suerte de cuaderno de campo sobre la epidemia que he realizado en los últimos días, fruto de mis observaciones al andar por la calle. No tiene afán de rigor, ni siquiera de conocimiento. Son apuntes  impresionistas, borrones de sociología barata sin ninguna aspiración. Como un Malinowski legañoso me he cruzado con cientos de conciudadanos almerienses de diversas edades, aspectos y conductas. Y de esta manera he concebido esta categorización. 


A los que no llevan mascarilla por la calle los he llamado “Los Inmunes”, que podría ser el título de una película de Bergman, de Tarkovsky. Si los hubiera llamado “Los Inmunizados” nos llevaría a pensar en el cine  de José Frade y Ozores y hubiera perdido seriedad, si acaso la tuviera.  


1. Jóvenes adolescentes

Constituyen la categoría más frecuente a la que les repele la mascarilla. Hay que ser comprensivos con ellos, especialmente con los que acaban de curarse el acné. No son todos los jóvenes, por supuesto. En una pandilla de ocho se puede ver a uno solitario, el ‘pringao’, el equivalente al gordo, gafitas o pagafantas de toda la vida. Va por el buen camino en la vida al soportar ahora la presión borreguil del grupo.  A los profesores les reconforta ver cómo las aulas salen a la calle y la gente puede observar los logros de nuestra sociedad en los últimos años de reformas educativas por las que el esfuerzo se ha ido sustituyendo por la condescendencia pedagógica. Observo en estos jóvenes la misma mirada en blanco que les veo en el instituto, la pandemia no va con ellos, les hablas de 30.000 fallecidos y es como si les hablaras de Carlos V o de Aristóteles. Si Celaá les dio el aprobado general para qué ponerse mascarilla.

 



2. ‘Runners y ciclisters’

Pocos o ninguno llevan mascarilla, no son pesadas mancuernas ni compllcadas rutinas. Uno de mis días de trabajo de campo observé cómo una veintena de corredores sin mascarilla que corrían como un solo cuerpo hacia  una anciana obligaron a ésta a bajarse de la acera al verlos venir ocupando la ancha vía como si fueran una centuria romana. Los peores son los que ni buscan distancia y además resoplan como si fuera un relincho al paso de un viandante con mascarilla. Los más inteligentes alegan no se qué del CO2. Deben de haber descubierto que los demás exhalamos plutonio. 


3. Pijos de toda la vida 

Los comprendo. No hay aún una mascarilla de marca, una que haga la función de los náuticos o del pantalón verde. Urge que Lacorte o Pedro Fierro diseñen y difundan una mascarilla exclusiva, cara y con estatus. Los pijos sin mascarilla elevan la edad de este burdo estudio y a muchos se les ve con esposa y único hijo con melena con bucles, estos tampoco sin mascarilla, por supuesto. Es una señal de unidad de la familia, como el ir a misa los domingos. 


4. Regatoneros 

Son como los quinquis de antaño pero sin rumba ni tirones. Los hay preadolescentes con leggins en la calle y talluditos en los pubs.En este caso, la mascarilla es sustituida por el poder mágico antivirus del cubata bien sujeto en alto mientras se agita la cadera al son de la última estúpida letra con autotune. 


5. Familias de botellón

En parques, playas, campo y en las puertas de las casas de planta baja en los barrios se montan botellones familiares sin botellas ni mascarillas. Hace décadas lo llamábamos domingueo pero hoy día se hace todos los días menos los domingos, de tarde y casi hasta la madrugada. Cuando las reuniones son con niños, estos van a su bola jugando, gritando, saltando alrededor de cualquier despistado con mascarilla. 


6. Los que siguen hablando a gritos

Hablar bajo nunca ha sido muy nuestro pero podríamos haber aprovechado esta situación excepcional para hacernos un poco más europeos. Imposible. Estás en un supermercado, guardas la distancia al ir a pagar y de repente notas un huracán en tu cogote, es una señora que está preguntando a gritos a la cajera cuándo llegará el Nesquit o un propio empleado de la tienda con la mascarilla bajo la barbilla. 


Hay otras categorías: guapos, fumadores, los que llevan perro, los chulos, enteraos...todo ellos se creen inmunes. Lo son, pero no al virus.  Todos estos individuos son inmunes a la inteligencia, a la capacidad racional mínima de comprender en sus escuálidas mentes que si el virus vuelve a expandirse y golpear como hace cuatro meses, no arrancará la economía y nos hundiremos todos, incluidos ellos y sus familias.


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