Damián Quintero logra la medalla de plata

El español ha hecho un ejercicio sobresaliente pero no le llegó

El karateka malagueño en acción.
El karateka malagueño en acción. Cadena SER

El sueño recurrente de Damián Quintero era ser campeón olímpico y por eso, decía, nunca conseguía desconectar del karate. Porque, según él, el deporte da sentido del sacrificio, capacidad de esforzarte y de darle una vuelta de tuerca más. Este viernes no pudo cumplir su sueño: se enfrentó al japonés Kiyuna Ryo. Pero se llevó una medalla de plata; la segunda para el karate español después del oro de Sandra Sánchez. Ryo, 31 años, es el líder mundial indiscutible, ha ganado los últimos tres mundiales seguidos (2014, 2016 y 2018). La puntuación del kata Suparinpei fue de 19.32 en técnica y 8.34 en físico (27.66). El kata Ohan Dai de Ryo, recibió 20.02 en técnica y 8.70 en físico (28.72).


Espectacular

Es fácil ver si Damián Quintero ha hecho un buen kata, basta con mirar la expresión de su rostro. Si no está satisfecho o algo le turba, se le pone cara de mala leche; no se le pasa hasta pasado un buen rato y no le vale ninguna palabra de consuelo. Este viernes salió del tatami con la misma cara de concentración con la que entró. Y aliviado un rato después mientras recibía los abrazos del su rival y del equipo de Ryo.



La tensión que llevaba dos días acumulada la descargó sólo cuando puso el pie en el tatami. A las 10 de la mañana de este viernes, el karateca español de 36 años puso fin a una espera de 19, desde que entró en el equipo nacional, cuando el karate ni siquiera era olímpico, ni tampoco parecía que fuera a hacerlo. Había katas sólo en Mundiales y Europeos. “Estos dos días he estado agobiado, por la presión, mucha presión. Me he tranquilizado al hacer mi kata”, contaba por la mañana, después de las eliminatorias de una jornada que terminaría a las 20:00. Desde el Nippon Budokan hay menos de media hora de coche hacia la Villa Olímpica, autopistas de carriles que suben y bajan como si fuera una montaña rusa, las vistas hacia el skyline de Tokio, desenfocado por las altas temperaturas de la capital nipona. A su apartamento de la Villa se volvió Quintero para descansar después de las eliminatorias de la mañana y no tener que pasar seis horas en el pabellón. Un pabellón que durante largos ratos –entre combate y combate de kumite- se convierte en una discoteca.




Muy grande

Quizás sea la primera vez que Quintero duerma con la medalla debajo de la almohada. Nunca lo ha hecho antes, según contaba a este periódico: “No soy tan friki”. Pero el camino hacia ella, esta vez, ha sido especialmente largo. El karateca nacido en Argentina –se vino a España con la familia, sus padres son odontólogos- cuando tenía 5 años. Ahora tiene 36, los últimos 19 los ha pasado en el equipo nacional y este ciclo olímpico se le ha hecho larguísimo: por el continuo cambio de chip, por preparar unas competiciones que de ahí a cinco días se cancelaban, por las burbujas. Nunca ha tenido ningún reparo en decirlo. Así lo contaba en enero: “Por un lado da pereza, lo digo sinceramente: que acabe este suplicio ya, porque encima yo soy de un deporte [karate] que en París2024 no estará. Llevamos cuatro años preparando los Juegos, se me está haciendo pesado y largo. Sólo quiero que haya Juegos, con o sin público ya me da igual mientras los haya. En vez de estar disfrutando del camino a Tokio, que es lo que hay que disfrutar porque los Juegos en realidad luego es un día y nada más, se me está poniendo cuesta arriba. Lo único que quiero es que llegue la cita olímpica, competir y ya está. Y que se acabe este suplicio”.


Empezó en Torremolinos en el doyo [así se llaman los gimnasios de karate] que había enfrente del colegio. “Me apuntaron con cinco años pero era tan chiquitico que el maestro, Lorenzo Marín, le dijo a mis padres que fuera al año siguiente”. Al año siguiente allí estaba. Marín llevaba al grupo de niños de campamento por la Alpujarra o Marbella los fines de semana. Con 7 años Damián ya estaba compitiendo, con 13 quedó campeón de España por primera vez en categoría infantil y con 16, campeón de Europa en cadetes.

Es ingeniero aeronáutico y tiene, además de la carrera, dos másteres. Uno en materiales compuestos de aeronáutica y otro en executive sport business administration. Empezó un tercero, de ingeniería de organización industrial, que no ha llegado a terminar. Cuando avisó en casa de que iba a pedir una excedencia, la madre se tiró de los pelos. “Chaval, adónde vas tú, sin beca y sin nada. Tienes un buen sueldo, un buen puesto, ibas bien encaminado, creciendo en la empresa…”. Mientras estudiaba conseguía compaginar los libros con los entrenamientos. No así cuando empezó a trabajar.


En verano de 2015 pidió una excedencia de la que era su única fuente de ingresos. Por entonces el kárate no era olímpico. Ganar una medalla mundial aportaba a su cuenta 6.000 euros; una europea, 3.000. Ahora, 12.000 más la beca ADO y 4.800, respectivamente. Trabajaba en ATOS, le llegaban de Airbus piezas defectuosas y tenía que recalcular para ver si se podían arreglar o había que devolverlas. Pero ya se hacía imposible entrar a la oficina a las 7, salir a las 15, ir corriendo a la Blume, comer solo –el comedor ya estaba cerrado y le dejaban una bandeja- y estar ya en el tatami a las 16. En esa época, además, no había entrenador en el CAR (Centro de Alto Rendimiento) y se entrenaba solo. “Aguanté tres años” y terminó pidiendo una excedencia. Quizás su madre –las cinco medallas mundiales nueve europeas que ha cosechado Quintero las tiene ella en casa- piense ahora que su hijo no estaba tan loco por haberse pedido una excedencia y perseguir un sueño olímpico. Aunque sea de plata.


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