Contar bien las cosas y contarlas con rigor

La importancia del cómo en la vida y en el periodismo

Contar historias. A mí particularmente es lo que siempre me ha interesado del periodismo. Leerlas y escribirlas. Desde que tengo uso de razón. Lo he confesado muchas veces, elegí este oficio porque no sabía qué había que estudiar para ser escritora. A la luz de los nuevos tiempos, podría pensarse que tomé una decisión errónea. Porque a la velocidad que fluye la información hoy, no hay mucho tiempo para elegir la palabra exacta, ni el enfoque más original. Es decir, para preocuparnos por cómo contamos esa historia.

Es un ejemplo manido, pero eso no le resta valor. No en vano, representa un hito del periodismo. El día que a un joven Gabriel García Márquez le llegó el testimonio del único superviviente del naufragio del Caldas, acaecido en 1955 en el Mar del Caribe, esta historia estaba agotada. La dictadura de Rojas Pinilla había convertido a aquel marinero en héroe nacional y él había relatado hasta la saciedad cómo permaneció diez días en una barca a la deriva y su penosa llegada, casi moribundo, a una playa desierta del norte de Colombia.

Como años después contaría García Márquez en el prólogo de ‘Relato de un naufragio’ -pues esa historia acabó convertida en un libro más del Premio Nobel de Literatura en 1982-, cuando aquel marinero se acercó al periódico ‘El Espectador’, “el cuento había sido contado a pedazos muchas veces, estaba manoseado y pervertido, y los lectores parecían hartos de un héroe que se alquilaba” hasta para “anunciar relojes”. Créanme si les digo que no hay nada que odie más un periodista que ese momento en que llega a sus manos una historia gastada, pero aquel redactor con ínfulas entrevistó a ese hombre a lo largo de veinte largas sesiones que duraron la friolera de 120 horas. En aquel momento no lo sabía, pero el relato que acabaría publicando por entregas manteniendo en vilo a todo un país representaba un ejercicio periodístico antológico. El ejercicio de cómo una historia ya agotada cobra vida gracias al pulso de un narrador que sabe que el cómo lo es todo. En la vida y en el periodismo.

Pero bajemos a la tierra. No todos los días hay tiempo, ni todos los temas lo admiten, ni todos los periodistas están capacitados para hacer un ejercicio de estilo. Ni falta que nos hace. Este oficio ha cambiado mucho y, como la radio cuando apareció la televisión y el cine mudo cuando surgió el sonoro, ha sobrevivido a esa crisis permanente que lo acecha como un buitre hambriento. La enésima prueba de fuego la ha superado durante la pandemia, cuando se ha informado casi en tiempo real dando respuesta a esa necesidad de inmediatez, de saber lo que está pasando ya, en este preciso momento. Yo sé poco de tendencias, pero sí intuyo que de esta transformación a la que estamos asistiendo en los medios de comunicación solo nos salvará contar las cosas bien y contarlas con rigor. Esa es nuestra razón de ser y solo tiene sentido si ustedes siguen al otro lado.


De modo que si apuestan por un periódico que está pegado al terreno y es cien por cien local, esperamos continuar teniéndoles ahí en la fase de registro que está a punto de empezar. Aquí hay quien se compromete a dedicar su tiempo y esfuerzo a transmitir el valor intangible que hay detrás de las historias.





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