Diario de una cuarentena (XXIX): El hilo invisible de los afectos

Sombras sobre unas casetas en el paseo marítimo de Almería.
Sombras sobre unas casetas en el paseo marítimo de Almería. Antonio Jesús García

Buscamos una tabla de salvación. Algo a lo que aferrarnos en estos tiempos difíciles. La cocina, tu pareja, leer, ‘Los Soprano’, un hijo, este diario, la música o un amor idealizado al otro lado de la pantalla. Un colega me escribió desesperado hace unos días porque se le caía la casa encima. Estaba solo y se había quedado de brazos cruzados tras sufrir un ERTE. Ayer ya estaba emocionado: al parecer, ha contactado con una chavala que canta y compone música jazz y se han propuesto hacer una jam session online. Él, que llevaba años sin tocar, se ha vuelto a colgar la guitarra y ha desentumecido sus dedos en cero coma.


Esta semana charlaba con la ilustradora Rocío de Andrés y me sentía identificada con el proceso de liberación que ha experimentado durante esta cuarentena. Por paradójico que suene. Ella, que antes hacía retratos por encargo con la técnica del puntillismo y decoraba con detalles botánicos árboles genealógicos, ahora se ha lanzado a crear una serie llamada ‘Monstruos’ en la que de algún modo exorciza sus fantasmas. Lejos de verse limitada por las pocas hojas sueltas y útiles de dibujo que tiene a su alcance, la artista se crece. Las criaturas que salen de sus trazos sueltos hablan de ella y de cómo está viviendo esta pandemia. Y también hablan de todos nosotros. Lo mismo que este diario, todo lo que puede aportar hay que leerlo entre líneas.


Hoy he estado pensando en que los afectos nos unen con un hilo invisible y en ese ovillo imposible de desenredar surgen conexiones milagrosas. Con motivo del Día del Libro, me llegaba por dos vías diferentes un vídeo de la editora y periodista Ana García D’Atri, a la que no tengo el gusto de conocer más allá de algún amigo en común y el hecho de que ella pasó, algunos años antes que yo, por la redacción de La Voz. Sin embargo, ver cómo lee ‘Campos de Níjar’ de Juan Goytisolo fue suficiente para que reconociese en su voz, y en su mirada, que se fue de Almería llevando consigo la huella de este desierto luminoso. La capacidad de ver la belleza en la decadencia.


Os resultará extraño, pero una vez conocí a una chica que no veía el encanto de esta tierra por ninguna parte. Daba igual donde la llevase. Ni el contraste entre la tierra roja de Rodalquilar, su cielo y su mar la convencían. Ni La Isleta del Moro, Mónsul y el Cortijo del Fraile en una excursión de una mañana. Ni el Desierto de Tabernas, ni los pueblos de interior ni nada. Yo, que profeso la religión de la duda, me llegué a plantear si soy una emocionada. Pero qué demonios, al final terminé por sospechar de ella.



 

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