Almería, la ciudad que no supo crecer

Relato del desarrollo de la capital de la mano del urbanista y geógrafo Rodolfo Caparrós

Vista de lo que era la antigua ‘musalla" de la ciudad de Almería.
Vista de lo que era la antigua ‘musalla" de la ciudad de Almería.

Almería nace donde nace porque quienes la fundaron nunca pensaron que llegaría a tener 200.000 habitantes. Una de las características de este origen, entre el cerro de la Alcazaba y los dos lienzos de muralla que bajan hasta el mar, es que se trata de una de las pocas ciudades del mundo que crece en un ángulo de 90 grados, es decir, que no crece, decrece, huye de sí misma. El casco histórico cada vez está más en la periferia en la medida en que la centralidad se desplaza conforme va creciendo la trama. “Y no es un centro histórico normal, es un barrio popular, muy digno y potenciado por la Alcazaba, pero que debe resignarse a ser un barrio, no un centro”, indica el geográfo y urbanista Rodolfo Caparrós. 


Almería crece y su forma de crecer es escaparse del centro, que permanece esquinado entre las montañas. La ciudad va ocupando así un espacio vital, un espacio agrario, hasta comerse su propia despensa, su terreno de cultivo. Y no sólo eso. Invade las ramblas, “algo complicadísimo y peligrosísimo” que al final se ha superado “mediante un alarde de ingeniería y un gasto escalofriante del que no somos conscientes”. 


Aparte de comerse su despensa e invadir sus ramblas, la ciudad retuerce sus propias infraestructuras. Todos los caminos de conexión con el exterior convertidos en calles que dificultan la entrada y salida de la ciudad hasta que se construyen las rondas, “antídoto a esa tendencia del urbanismo pobre de ocupar las carreteras para no tener que pagar el coste de hacer una calle”. 


Según Rodolfo Caparrós, “son las carreteras de Níjar, Granada, Murcia y la avenida Cabo de Gata las que permiten que crezca la ciudad en un intento de evitar tener que pagar los costes de urbanización. El primer intento de ronda es la carretera de Ronda, que no permite giros a la izquierda, está enjaulada, los pea­tones están arrinconados y se circula demasiado rápido. Lo del Parque Nicolás Salmerón es otro desastre y la avenida Cabo de Gata corta, no distribuye”.




“Ahora hay un interés de los promotores del centro comercial de Torrecárdenas para conectarlo con Viator en una obra rarísima que cruza el ferrocarril y el río de forma oblicua. Una vez que llegas, no habrá nada que te evite tener que entrar en el maremágnum de calles poco jerarquizadas, rotondas desquiciadas y volúmenes incomprensibles”. 


Nueva mirada
Almería, ciudad mediterránea que se observa a sí misma desde la Alcazaba, La Molineta o el Cerro de San Cristóbal, debe ser disfrutada a pesar de dificultades como su opacidad. Personas como el geográfo y urbanista Rodolfo Caparrós se esfuerzan por ordenar las claves sobre las que construir una mirada nueva a partir de la documentación, pero también de propuestas más creativas de interpretación. Claves poéticas, metafóricas y narrativas que van más allá de las disciplinas científicas en un ejercicio imprescindible para una sociedad que tiene una relación compleja con su identidad: “Estamos orgullosos de ser de donde somos, pero todos sabemos que nuestra sociedad es mejorable y está lastrada por hábitos seculares que no hemos sabido superar, y que postergamos sistemáticamente”.


A través de su blog, Facebook e Instagram y de charlas como la que ofreció el pasado septiembre en la Semana Cultural de la Asociación de Vecinos del Casco Histórico, ofrece elementos de alfabetización visual que ayudan al ciudadano a discernir lo esencial de lo anecdótico, a abstraerse de las texturas para quedarse con los volúmenes. A leer la ciudad.


En esa línea irán también las excursiones urbanas sin sentido que prepara y que recuerdan a lo que hacía Baudelaire en París: perderse en la ciudad e intentar buscar signos más allá de la escala funcional, de lo que uno mira en su día a día. 
“La ciudad es un escenario donde verter la imaginación narrativa, puedes inventarte historias que te ayuden a comprenderla. Me fascina utilizar una ciudad como un museo al aire libre, las intervenciones de arte urbano que tienen un propósito de conmoción”, expresa Caparrós.


Colocar elementos en una ciudad es fácil, pero hacerlo con cierto sentido y que causen impacto no lo es. En Almería todavía queda rastro de aquel proyecto suyo que quedó inconcluso llamado ‘Las puertas de la ciudad’, que consistía en ubicar indalos para identificar las puertas de la antigua muralla. 


Ciudad Frankenstein
“La cuestión es que Almería es una ciudad Frankenstein, no tiene una cohesión, nunca ha tenido un plan y siempre se ha dedicado a habilitar suelo para la captación de rentas inmobiliarias, que es la actividad básica de la oligarquía local desde los 50 del siglo pasado. Hasta la primera década del siglo XX, estaba muy en sintonía con el urbanismo progresista moderno, pero desde ese momento Almería se separa de la historia del urbanismo mundial  y pasa de ser un mercado, como toda ciudad, a convertirse en una mercancía, que es el suelo. A partir de ahí, no hay ciudadanía posible porque no hay ciudad, hay un polígono inmobiliario”, sentencia.


Y pone como ejemplo la avenida del Mediterráneo, que no se trazó para conectar nada, sino para liberar todas las rentas inmobiliarias de la década de los 90 y dar acceso a una gran superficie comercial, el Centro Comercial Mediterráneo. “Pero seguimos estando aislados de las autovías y ahora se están planteando cómo conectar la ciudad hasta el enlace de Viator, curiosamente hasta el nuevo Centro Comercial Torrecárdenas, de modo que lo único que conmueve a esta ciudad y sus habitantes es que haya una tienda nueva”. 


Lo fácil sería culpar al poder, pero ahí también es cómplice una población desmotivada y desmovilizada. Lo que termina por desembocar en una sensación de insularidad, marginalidad y periferia.


De las muchas exploraciones que permiten el manejo de los sistemas geográficos de información en bases de datos online, es especialmente significativa la de la altura de los edificios, cuyo color se va oscureciendo cuando sobrepasan las seis plantas. “Con la conmemoración del 80 aniversario del bombardeo nazi, hice una publicación en la que decía que los peores bombardeos nos los hemos hecho a nosotros mismos; nadie ha hecho más daño a la ciudad que los almerienses durante los 60 y los 70”, afirma.


Una curiosidad. El edificio más alto de Almería tiene 16 plantas y es la Torre de Vigilancia del Muelle de Levante. “La vista de la ciudad desde el mar está presidida por esa torre en un alarde innecesario”, asegura el urbanista.


Pudo ser peor. Hubo un proyecto de 1860, anterior al ensanche de Cuartara, para hacer un Haussmann que, afortunadamente, nunca pasó del dibujo. Perseguía conectar el Paseo desde la esquina del Parrilla Pasaje con el centro de la Almedina a través de una arteria que hubiese destruido parte del casco histórico.


Reconciliarnos
Si no vamos a poder hacer ninguna operación de regeneración de paisaje, recuperación de barrios históricos y reasignación de densidades, lo único que queda para reconciliarnos con nuestra ciudad es verla con otros ojos, cambiar la mirada. Y este es el sentido del trabajo de paisajes que Rodolfo Caparrós está llevando a cabo. 


Crear un movimiento lo más articulados posible de regeneración cultural en torno a un proyecto cuyo hilo conductor sea el aprecio por el sitio, que es crucial en una ciudad mediterránea. Desplegar el amor por tu sitio.


¿Cómo hacerlo? Desde la Universidad, a través de un foro de debate en clave progresista sobre Almería y sus retos con vocación de ejercer cierta influencia. Con los artistas, de la mano del colectivo Desencuadre que lidera el fotógrafo Carlos de Paz, centrado en la imagen urbana mediante fotografía, pintura e intervenciones. Y a través de la acción política para compartir las claves de una nueva narrativa que “nos explique qué somos y los riesgos de este discurso bobalicón que tenemos. Estrategia sin matriz ideológica que ojalá derive en algo transversal, en un laboratorio de ideas”. 



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