El reencuentro de las Siret con el contable de las minas

La bisnieta y la tataranieta del sabio belga hallan al anciano en Ciudad Jardín

José Carmona, ofelia Siret, con un libro de su bisabuelo arqueólogo, e Isabella Siret.
José Carmona, ofelia Siret, con un libro de su bisabuelo arqueólogo, e Isabella Siret.

José Carmona, un venerable anciano de 97 inviernos, se encontraba hace unos días regando los tiestos de su chalecito de Ciudad Jardín cuando vio aparecer por la cancela a una mujer y una niña con un libro bajo el brazo. Se identificaron como la nieta y la bisnieta de don Adolfo, su viejo amigo, hijo del insigne Luis Siret. Fue el primer instante de un reencuentro emotivo entre dos familias -los Siret y los Carmona- a más de cien kilómetros del lugar que compartieron hace ahora más de medio siglo.


Estaban en la calle Jaén de esa zona residencial de Almería, pero su corazón y su pensamiento estaba en Las Herrerías de Cuevas del Almanzora, ese legendario emporio minero a donde un día muy lejano llegó aquel ingeniero belga que revolucionó no solo la actividad fabril en ese coto, sino también todos los cimientos de la arqueología moderna.


No hizo falta mucho más. Se sentó el viejito en el sofá, al lado de Ofelia- recién llegada de Holanda- e Isabella, bisnieta y tataranieta de aquel sabio, y empezó a relatar sus vivencias con los Siret que vinieron después de aquel primer Siret de larga barba blanca como sacada del Viejo Testamento.



José era entonces un joven contable que fue destinado para llevar las cuentas de la sociedad Minas de Almagrera, en el poblado de El Arteal, conocido popularmente como Corea. Fue el intento del antiguo Instituto Nacional de Industria de Franco para recuperar la devaluada minería del Sureste y dar empleo a cientos de mineros. José se instaló en  1955 en una casita de Las Rozas, al lado del cortijo que construyera don Luis, ocupado entonces por su hijo Adolfo Siret, que se había casado con Ofelia Quintas, la hija del gobernador portugués de Cabo Verde. 


Allí convivió José con don Adolfo y con su hijo Luis (el padre de esa Ofelia que lo estaba visitando). Con ellos se bañaba en el lago de Las Rozas que se había formado por el desagüe de las minas y con ellos jugaba al ajedrez en las largas tardes de verano, bajo la sombra de los eucaliptos que aún existen y con el canto cansino de las chicharras. Allí, entre viejos hornos de calcinación brotó una amistad que se dilató durante décadas y que volvió a avivarse hace unos días -como se aviva el fuego de una chimenea sobre las ascuas- con la visita de Ofelia e Isabella Siret.



 

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