Las horas espejo: adiós a José Ramón Suárez Fernández

Jesús flagelado recogiendo sus vestiduras. Foto: Wikimedia Commons.
Jesús flagelado recogiendo sus vestiduras. Foto: Wikimedia Commons.

Una hora espejo. Las 11:11 de la noche. Las horas espejo son esas en las que las horas y los minutos están representados por los mismos dígitos. 


Se cree que esas son horas especiales, ‘mágicas’: alguien se acuerda de ti, puedes pedir un deseo, un ángel envía un mensaje...


El viernes, a las 11:11 de la noche, mi amigo José Ramón Suárez (hijo) publicó un tuit. Y no uno cualquiera: uno sobre la conversación que estaba manteniendo a esas horas de la noche con José Ramón Suárez (padre). De cofradías iba el tema, claro.


Y ahora nos ha dejado. José Ramón Suárez (padre) dio anoche su opinión sobre si las hermandades que ostentan el título de real deben posicionarse y mostrar su adhesión (o no) al Rey ahora que hay ministros y parlamentarios que le atacan, se puso su túnica del Prendimiento y se fue.


Qué de cosas hablarían los dos José Ramones esa noche. Cuántas horas espejo pasarían así, de ángel a ángel.



Mientras eso sucedía, yo le preguntaba a José Ramón Suárez (hijo) por  la foto que acababa de compartir en Instagram: un Cristo salmantino obra de Salvador Carmona que me enamoró y que quiero que quede para siempre en el recuerdo en estas líneas, porque ahora lo veo indisolublemente ligado a José Ramón Suárez (padre).


Yo, por cierto, a José Ramón Suárez (padre) apenas lo conocía. Lo típico. “Sé quién es, pero no nos conocemos”, que es una de mis frases más repetidas. Pero, desde luego, sí sé la imagen que me han construido de él quienes le disfrutaron. Correcto como pocos, divertido como su hijo e inquieto hasta el punto de irse a hacer las Américas hace unos pocos años.


La última vez que compartimos espacio fue en su Asociación del Casco Histórico, en una charla de capataces que, de pronto, ha cobrado una especial relevancia. Y ahí estaba: correcto, divertido e inquieto.


Y eso será lo que quedará. Porque hoy hay sonrisas que camuflan el puntito nuevo de nostalgia de algunos ojos, las cuerdas de alguna guitarra rotas sin remedio alguno y las lágrimas puestas por Dubé más reales que nunca.


Pero siempre quedará eso: la sonrisa de un hombre correcto, divertido e inquieto, tapada por un antifaz que hoy es más azul Merced que ayer.


 

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