Martimar: el periodista total

Fue el cronista que igual ungía artículos taurinos que narraba con precisión ambientes de café

Juan Martínez Martín (Almería 1905-1985) fue conocido toda su vida profesional como Martimar.
Juan Martínez Martín (Almería 1905-1985) fue conocido toda su vida profesional como Martimar.

La infantería de la historia almeriense estuvo en esas viejas redacciones amarillas de nicotina en las que siempre había montañas de papel, un teléfono negro de baquelita prendido a la pared y plumillas con gafas de culo de vaso que no levantaban la cabeza ni para atender  al regente de talleres pidiendo los originales. 


La Espasa Calpe o los libros enciclopédicos del Instituto de Estudios Almerienses o los magníficos ensayos históricos de Andrés Sánchez Picón o de Quirosa vienen después, despiojados ya de erratas y prisas, excelentemente estructurados por la ausencia del apremio de la rotativa y son, sin duda, el vademecun para comprender los porqués de esta especie de ínsula Barataria que ha sido y está siendo Almería.


Pero para que todo ese rigor de esos diligentes estudiosos de la historia de Almería se convierta en papel, para que el verbo se convierta en tomo de anaquel, es y fue siempre necesario el trabajo entre bambalinas de los gacetilleros, la urgencia del  plomo, la precipitación de la crónica pegada a la hora de cierre, todo eso que conforma el primer borrador de la historia que es un periódico.



Nadie más supo de todo eso en Almería que un cronista brioso nacido en la calle del General Castaño en un lejano 1905; nadie fue un periodista tan total, tan copioso, como el célebre Martimar o Volapié o Juanito, todos pseudónimos de un mismo sujeto: Juan Martínez Martín, el contador de la vida de Almería durante  50 años, la fuente de la que llevan bebiendo eruditos que denigran a veces el oficio de periodista por las imperfecciones derivadas de sus urgencias, pero  sin el que no sería posible hacer historia, sin esa testamentaría de los acontecimientos diarios que es la hemeroteca. El paradigma de toda esa labor oscura que han venido realizando legiones de periodistas en Almería fue aquel Martimar. Al menos el que más palos tocó, el que más duró, el que más ciego se quedó revisando originales bajo el flexo en largas madrugadas.


Martimar: el periodista bajito de generosa miopía y frondosa cultura; el articulista que lo mismo escribía crónicas taurinas que se envalentonaba de lirismo con los ripios de Villaespesa; el informador que narraba la huelga de panaderos en la República o que pergeñaba el artículo de fondo del viejo diario Yugo y que se las veía tiesas con Urbina Carrera  cuando pasaba de madrugada por la redacción a cambiar algún adjetivo y le decía que él a las dos de la mañana no tocaba ni una coma ni un punto de la edición.



Su vida era el periódico, el periódico era su vida, la de Martimar. El ritual comenzaba cada día cuando se levantaba a las 12 de la mañana, se anudaba la corbata, se embutía el pantalón de línea,  se lustraba los zapatos e introducía el pañuelo de pico en el bolsillo de la chaqueta. Entonces  salía de su casa de la calle Minero como un brazo de mar y llegaba presuroso a su mesa de redacción en la calle General Segura. Por allí merodeaba Manuel Soriano, Manolo Román, Valles Primo, el ocurrente Caparrós, el dibujante Domínguez, sus compañeros del alma, mientras en la cristalera del despacho del director se adivinaba el reflejo de  José Cirre.


Entonces mojaba la pluma en el tintero y se ponía a redactar el artículo del día sobre cualquier tema que le había sugerido el viento de la mañana: las tertulias del Café Español, el mal estado del Teatro Apolo, lo cara que estaba la carne en el mercado, todo aquello que le permitiera sortear la recia censura. Pero donde de verdad brillaba Juan Martínez era cuando en los días de corrida en el coso de Vilches, Martímar se transformaba en Volapie y el brazo se le iba solo relatando una suerte de varas o un natural o una cogida traicionera, mientras daba caladas a un puro.


Después, cuando había escrito el relato con la estilográfica, metía el folio en la Hispano-Olivetti y empezaba a teclear hasta que el original estaba dispuesto para pasarlo a talleres donde reinaba el regente Matarín.


La historia de la prensa almeriense es la historia de este reportero de profesión y vocación que se quedó huérfano de padre -un funcionario de la Junta de Obras del Puerto pariente del Maestro Padilla- a los siete meses de nacer. 


Estudió en La Salle de la calle Almanzor y en el Instituto, cuando estaba en la actual Escuela de Artes y de allí marchó a Madrid con 17 años,con su tío Pepe que era militar, para estudiar derecho. Pero las leyes no iban con él, un lector empedernido de periódicos y un día que fue al Congreso se quedó absorto con la labor que hacían los cronistas parlamentarios en esos primeros años del siglo XX. Así   colaboró como meritorio en algunos periódicos de la villa y corte haciendo información de pasillos en Las Cortes y fue asalariado por un tiempo en la oficina de prensa de Alejandro Lerroux.


Pasó poco tiempo para que volviera Juan a Almería desde Madrid, urgido por su madre Encarnación Martín Salazar y ya nunca más volvió a marcharse. Empezó a trabajar como redactor en La Crónica Meridional de la familia Rueda, en la calle Padre Santaella, en 1923. Después pasó al Mediterráneo y durante la República y a pesar de su juventud, fue fichado por El Heraldo de Almería de Ginés de Haro y Haro, como redactor jefe.Hasta que volvió a dar otro salto a la redacción de La Voz, que dejó de publicarse cuando empezó la contienda en julio del 36. 


Martimar sufrió cautiverio durante varios meses tras detenerlo y encerrarlo en la Compañía de María y en el barco Astoy Mendi, tras sufrir varias palizas que le provocaron un desprendimiento de retina. Su familia entendió  que fue apresado en represalia por haber escrito un artículo crítico contra una huelga de panaderos. Fue liberado por la intervención de un amigo sindicalista y pasó el resto de la Guerra escondido en un cortijo de la Vega.


En el 39 fue uno de los fundadores de La Nueva España -después Yugo y La Voz de Almería- y fue redactor jefe desde 1945 hasta su jubilación en 1971. También fue vicepresidente de la Asociación de la Prensa y fundador de La Hoja del Lunes. Escribió la primera biografía de su amigo Villaespesa y llegó a juntar una biblioteca de más de 3.000 libros. Su vida y su trabajo periodístico -el del periodista total que fue Martimar- no caben en un artículo como éste.  Quizá merezca una segunda parte. 


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