Historias de la Bola Azul

La antigua Residencia Sanitaria del Seguro de Enfermedad fue inaugurada en 1953

Promoción de la Escuela de Enfermería, dirigida por Hermelinda Díez, posando en la escalinata del Hospital en 1974.
Promoción de la Escuela de Enfermería, dirigida por Hermelinda Díez, posando en la escalinata del Hospital en 1974.

Hubo un tiempo, hasta los años setenta, en el que la Bola Azul, ese primer gran hospital almeriense, era como una familia: cuando junto a las escalinatas, las enfermeras y los médicos de urgencias sacaban sillas para tomar el fresco en las noches de verano mientras compartían un bocadillo o una fiambrera de acelgas; cuando el celador o el practicante de guardia traían camarón fresco para la cena de Nochebuena; cuando todo el mundo se conocía por el nombre de pila y eran leyenda doctores como don Paco Pérez, enfermeras como Carmen Artés o limpiadoras como María del Pino, una suerte de psicóloga de enfermos terminales que hacía terapia con la fregona en la mano.


Era ese tiempo en el que no había aún ordenadores y el disco duro de los repartos de tareas los tenía la administrativa Manolita en su cabeza y las monjas, con la superiora Sor María, ocupaban la parte alta de la residencia y  en las habitaciones no había un enfermo, ni dos ni tres, sino hasta diez camas una al lado de la otras. Era el tiempo del cirujano don Juan Verdejo, de la enfermera Pilar López, del especialista en huesos Castro Mayor; era el tiempo en el que había escuela de enfermeras que salían a hacer gimnasia al secano de los pinares, cuando aún no existía el barrio de San Luis, cuando don Juan, el cura de la residencia, se enamoró y colgó la sotana.


En los pasillos y cuartos de ese hospital, cuyo nombre popular terminó borrando al oficial, se fue macerando la vida de Almería de la segunda mitad del siglo veinte: cuánta felicidad compartida cuando un niño venía al mundo; cuánta esperanza en las mejorías de un accidentado; cuánta tristeza cuando llegaba el momento en que alguien cerraba los ojos para siempre. Cuántas emociones a flor de piel en un hospital como ese en el que a veces se mezclaba el llanto de los recién nacidos,  con el lamento de los heridos, la alegría por una curación con la desolación por una muerte anunciada, todo, a veces, con solo un tabique de por medio. Madres y padres esperando que a su hijo  lo pudieran curar de un accidente. Hijos rezando en los pasillos para que su padre, con pronóstico reservado, se salvara de un infarto. El río mismo de la vida que novelara Cela en su ‘Pabellón de Reposo’ o Thomas Mann en ‘La Montaña mágica’. 


La Bola Azul era grande y pequeña a la vez, un hospital moderno, vanguardista, con mucho hormigón armado, que emergió como una mole gigantesca en los confines de la ciudad, en una Almería aún rural, vertebrada por el Alsina que venía de los pueblos cargada de gente acostumbrada hasta entonces a trasegar por pequeños ambulatorios de especialistas, pero no por aquel hospital inmenso lleno de enfermeras y galenos en bata blanca.


La Bola Azul fue inaugurada una mañana de octubre de 1953, después de cuatro años de obras a pleno rendimiento con una presupuesto total de más de cien millones de pesetas en un proyecto diseñado por el arquitecto José Martí.



Allí estaban ese día el alcalde Francisco Pérez Manzuco  con brillantina en el pelo, cortando la cinta, el obispo Alfonso Ródenas rociando el agua bendita con el hisopo y Luis Jordana, director del Instituto Nacional de Previsión, la Seguridad Social de la época. Fueron sus primeros directores José Oriol y Cayetano Hernández y administrador José de Oña Iribarne.


Se construyó con una planta de 25.000 metros en  el antiguo Camino de Ronda de los Pinos, junto a la barriada de Santa Bárbara, cerca del seminario Diocesano que había sido inaugurado un año antes. 


Contaba con más de 300 camas, diez quirófanos, modernas salas de partos con nidos, cuando aún las almerienses estaban acostumbradas a alumbrar a los niños en las casas con ayuda de una partera. Tenía lavandería, cocinas, sala de calderas, capilla, depósito de aguas, departamento de despiojamiento, sala mortuoria, sala de autopsias, museo de conservación de vísceras, pabellón de juguetes, vivienda de conserje, oratorio para las monjas y sala de conferencias. Unas modernas instalaciones que fueron la referencia sanitaria en Almería durante treinta años.


Después se habilitó una Escuela de Enfermería dirigida por Hermelinda Díez, en donde fueron surgiendo distintas promociones que fueron nutriendo los distintos centros sanitarios de la provincia con una formación mucho más profesional que, sin embargo, tenían que compatibilizar aún con   actividades de religión y con clases de gimnasio en pololos bajo los pinares.


De esas primeras promociones salieron diplomadas  Victoria Compán, María del Mar Contreras, Pilar Herrera, Enriqueta Navarro, Carmen Rodríguez, entre otras, a las que, cofia en mano, los profesores estamparon su firma.


El alma, a ese moderno hospital de la época, se lo fueron dando profesionales como Carlos Martínez, José Luis  Blanco, José Vicente Rull, como fundadores de la UVI; o el director de urgencias, Francisco Núñez y el enfermero Jesús Verdejo o las comadronas Carmen Cano o  Encarnita Figueroa o Carmen López, supervisora de quirófanos o el malogrado Manuel Gálvez o el celador José Fornieles o especialistas como Miguel Alcocer, Modesto Pelayo, Gómez-angulo, Juan López Muñoz, Federico Orozco, Cuadrado Bello, Francisco Lara, José Oña, Angel Maresca, Enrique Goberna, Emilio Griñó, Manuel Real, Martos Ferrer o Manuel Osorio.

 

El tiempo pasó, los almerienses fuimos siendo muchos más y la vieja Bola se fue quedando pequeña. Se construyó Torrecárdenas y en 1983 se hizo el traslado de enfermos y material en un tiempo récord con la participación del ejército y más de mil personas. 


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