La Voz de Almeria

Tal como éramos

Lo de comer migas en los días de lluvia

En Almería conservamos la costumbre de hacer migas en los días nublados

Un niño rebañando la paila de migas en el puerto pesquero de Almería. Las migas eran un manjar para pobres y para ricos.

Un niño rebañando la paila de migas en el puerto pesquero de Almería. Las migas eran un manjar para pobres y para ricos.

Eduardo de Vicente
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Una mujer casi centenaria, vecina de las Cuevas de los Medinas, me contó hace años que la costumbre que tenemos en Almería de comer migas cuando el cielo amenaza lluvia podía venir de los tiempos en los que las gentes de los cortijos y de la vega se quedaban aisladas cuando llovía con fuerza y salían las ramblas. Los temporales cortaban los caminos y durante días se interrumpían los suministros, especialmente el del pescado, que se hacía en carros y en mulas desde las playas más cercanas.

En esos días de aislamiento, cuando también se paraba la actividad en las huertas, el recurso más asequible era el de una buena sartén de migas hechas con pan duro del que nunca faltaba en las casas, rematadas por los embutidos que se obtenían de las matanzas, que durante todo el año llenaban las despensas.

Esa costumbre de las migas con lluvia llegó a calar tan hondo en nuestra conciencia y en nuestro paladar, que somos muchos los almerienses que no le vemos sentido a comernos un plato de migas con un sol radiante y mucho menos en verano. Las migas alcanzan su plenitud en los días nublados, cuanto más oscuros mejor, con las calles mojadas y los cuerpos helados, cuando el frío y el agua invocan al dios de la lluvia y a la desconocida y a la vez querida Virgen de las Cuevas, aquella divinidad que aparecía en nuestras canciones infantiles cada vez que el cielo amenazaba con caernos encima.

Los que nacimos en una tienda de comestibles sabemos bien lo que quería decir un día de lluvia. Si amanecía nublado, si la presencia del chubasco era inminente, esa mañana había que traer de la alhóndiga rábanos y habas, echar un saco de harina de sémola de la Plaza y un par de cajas de arenques, de aquellas redondas que eran una invitación al placer. Los rábanos se sacaban a la puerta como reclamo y para que la lluvia los refrescara.

Una mañana lluviosa era siempre un buen negocio para una tienda de comestibles, mientras que las tardes eran solitarias. Las clientas acudían temprano y en aluvión, con esa sensación extraña, como si se fuera a terminar el mundo, que compartíamos los almerienses cada vez que se desataba una tormenta. La tienda se llenaba y en un par de horas se agotaban los rábanos, las habas, la harina, los arenques, las morcillas, los chorizos y a veces hasta el bacalao, ya que había familias que tenían la costumbre de comerse las migas pellizcando bacalao.

La lluvia siempre formó parte de mi personalidad, como si la necesitara para huir de las obligaciones, como si su presencia relajara la vida y fuera suficiente para cambiarnos el ritmo a todos y para modificar nuestros paisajes cotidianos. Recuerdo aquella sensación de día feliz que me invadía en los días mojados. Siempre tuve la impresión de ser hijo de la lluvia. Era tanta mi plenitud que la mañana que al levantarme de la cama mi madre me decía que estaba lloviendo no me importaba ir al colegio. Me gustaba disfrutar de aquel trajín de la tienda, del ir y venir de las mujeres con las cestas, inquietas como si la lluvia les hubiera cambiado su rutina.

A primera hora de la tarde, cuando los negocios empezaban a cerrar sus puertas, las calles se iban apagando y la vida se recluía en las cocinas y en los comedores, mientras el aroma de las migas iba llenando el aire mezclado con la lluvia. Por la tarde, cuando los niños volvíamos al colegio, llevábamos impregnado en las ropas aquel olor a migas que le daba al aula un ambiente familiar y le restaba dramatismo a la vara del maestro. De aquellas migas de la infancia solo me queda el recuerdo. Ya no volví a probar nunca más unas migas como las de entonces, cuando se comía en comunidad colocando la paila en medio de la mesa y que cada uno se fuera apañando a fuerza de cucharadas.

Después llegaron nuevos tiempos. La lluvia se fue relajando y las costumbres culinarias fueron cambiando. Los niños se fueron haciendo más delicados, alejándose de las migas y de las ollas de comida para refugiarse en las patatas fritas, los huevos y las salchichas, que se convirtieron en los reyes de las casas en los años setenta. La moda de entonces era cenar ‘papas fritas’ y huevos y un paquete de salchichas de aquellos que se popularizaron a comienzos de la década. Las primeras salchichas de bolsa que llegaron a las tiendas eran de la marca ‘Purlom’ aunque las más famosas fueron las ‘Campofrío’ que inundaron el mercado unos años después.

Las queridas y recordadas migas fueron desapareciendo de la rutina de las casas porque la vida fue cambiando, las madres dejaron de cocinarlas y la lluvia se convirtió en una rareza. Hoy, cuando llueve, las migas se comen en los bares y se despachan en los negocios de comidas para llevar.

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