La leyenda de Amalarico: un rey godo en Almería

El pasaje histórico de este visigodo como refundador de Almería en el año 528

Amalarico, rey visigodo, pintado por Leopoldo Sánchez. Obra del Museo del Prado.
Amalarico, rey visigodo, pintado por Leopoldo Sánchez. Obra del Museo del Prado.

Hay un pasaje en la historia antigua de lo que hoy es Almería -con más traza fantástica que real- que suscitó reñidas controversias entre los eruditos. Tiene que ver con esa época oscura de la que desconocemos casi todo, en la que ya había perecido Roma y aún no habían llegado los árabes de Muza.


Era el siglo VI e Hispania, o lo que fuera entonces la península, estaba habitada, a norte y sur, por diferentes pueblos desde vascones a astures, pasando por los béticos meridionales, que no aceptaban la autoridad del nuevo reino visigodo que se venía formando a través de Los Pirineos.


Nada, o casi nada, hay documentado de ese remoto tiempo sobre la tierra que hoy es Almería; nada hay que arroje demasiada luz sobre qué pasaba aquí en este mismo suelo que hoy pisamos nosotros, antes de que hubiera murallas ni alcazaba, antes de que por el Muelle salieran quintales de seda hacia Damasco, antes de que hubiera un rey poeta en la Corte y una Odalisca. Antes de todo eso qué era Almería, si es que era algo. Había habido una Urci en algún sitio, una Virgi, una Murgi, una Abdera y una Baria fenicia y una Albuferata menos difundida, había mucho pergamino con referencias toponímicas sobre estos lugares, muchas crónicas de geógrafos antiguos como Ptolomeo, Pomponio o Plinio sobre el Portus Magnus romano, con datos ambiguos y vagas localizaciones en muchos casos.


El torrente de toponímicos y de interpretaciones que vino después sobre la Historia Antigua de Almería, basándose en los primeros textos clásicos, es agobiante. Hay, sin embargo, un episodio exótico, puntual como un hito, pero que se ha venido reiterando hasta la saciedad vinculado a la historiografía local y que ha contado con paladines y detractores. En tiempos del emperador Valentiniano, en 365, hay un documento del historiador Amiano Marcelino que da cuenta de un terremoto en el Mediterráneo que afectó notablemente a Almería, quedando secas sus playas. Nada –o casi nada- más se escribió sobre lo que hoy es Almería. Hasta que un canónigo y archivero de Gerona, Francisco Tarafa, en su obra ‘De Origine et rebús gestis Regum Hispaniae’, de 1553, introduce la nota de que la antigua Urci la reedifico el rey godo Amalarico en 528, poniéndole por nombre Amalaria, que se mantiene hasta hoy. A partir de ese parto intelectual del clérigo gerundense, se abrió una ventana por la que se fueron colando diversas interpretaciones, hasta la moderna toponimia que establece que el origen cierto de la palabra Almería es Almarïya con el significado de atalaya o torre.



Sin embargo, quién fue ese mítico guerrero medieval que supuestamente refundó la actual Almería sobre los vestigios romanos. Amalarico (511-531) fue rey de los visigodos, hijo de Alarico II, que murió joven y descendiente directo de uno de los bárbaros que saqueó Roma. Gobernó al principio, por ser un niño, bajo la regencia de su abuelo Teodorico, rey de los ostrogodos.


Amalarico se casó en un matrimonio de conveniencia con Clotilde, hija del rey de los Francos y consiguió la pacificación con este pueblo. A partir de entonces, fue arrebatando cada vez más territorios por la Península a los pueblos hispanorromanos. Estableció la sede de su reino en Sevilla y siguió haciendo incursiones por la Bética. Hay monedas visigodas datadas en esas fechas del siglo VI halladas en la actual Pechina.


Las crónicas lo definen como un rey violento, altivo, que abrazó la herejía cristiana del arrianismo. Su efigie está representada en el Museo del Prado, en un cuadro encargado por José Madrazo al pintor leonés Leopoldo Sánchez, donde se ve al supuesto reconquistador de Almería con su corona alada, con su lienzo rosado, con su lanza, sus sandalias y sus ojos fieros mirando al frente en el campo de batalla, mientras su caballo aguarda. La supuesta gesta de Amalarico por tierras urcitanas, como padre de la actual Almería, fue difundida también por Vuolfango Lazio, médico y cronista del emperador Fernando I, en su obra ‘Migrationibus Gentium’.


También por Rodrigo Méndez de Silva, quien se atreve a aseverar que “las primera torres y muros de Almería fueron destruidas por los griegos en tiempos de Justiniano y reconstruidas por Amalarico”, como así recoge también el autor Moreri en su Diccionario Histórico de 1753. El que fue cronista oficial de Almería, Francisco Jover, dice que “al invadir los árabes Almería, pertenecía al Gobierno de Teodomiro y aprovecharon las fortalezas visigodas”. 


Otro defensor furibundo de la relación de Amalarico y Almería fue el Padre Juan de Mariana quien conviene en que “Almería fue fundada por Amalarico en una excusión a la Bética” con el que coincide Pedro de la Guerra, quien habla también de que, en una legua, empezaron a fructificar de nuevo flores, plátanos, mirtos y terebintos. También se hace eco Ambrosio de Morales, cronista cordobés de Felipe II, quien en su obra ‘Crónica General de España’ vuelve a situar a Amalarico como refundador de Almería, como hace años más tarde, en 1789, el conde Bernardino de Rebolledo.


Otros autores, por el contrario, consideran fantástica esta correría del soberbio Amalarico por la antigua Urci como es el caso de Alvaro Galmés en su obra ‘Toponímia mítica’ y, sobre todo, el célebre Gabriel Pascual Orbaneja, deán de la Catedral de Almería, quien en su “Vida de San Indalecio” de 1699 desmitifica el pasaje del caudillo visigodo cabalgando a caballo por tierras almerienses, hace casi 1.500 años.

 

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