La historia del Tío del Susto

‘Andrés de la Tericia’ fue de los curanderos más célebres en los pueblos del Levante almeriense

Andrés Garrido el de la Tericia junto a su esposa, Juana Morales Núñez, a la que primero recibió como paciente en su casa de Vera.
Andrés Garrido el de la Tericia junto a su esposa, Juana Morales Núñez, a la que primero recibió como paciente en su casa de Vera.

Para el tío Andrés, la liturgia tenía mucha importancia: recibía a los enfermos en su casa del Malecón de Garrucha sentado sobre una estera como un morabito, les tocaba la piel, los miraba a los ojos con su fuerza magnética y después entraba en una especie de trance en el que susurraba palabras ininteligibles batiendo los brazos como un pájaro las alas y caía al suelo desmayado, con la lengua pegada al cielo de la boca, expulsando madejas de saliva en una escupidera de porcelana y mirando el infinito de la ventana que tenía delante. Después, con sigilo, entraba en la estancia su mujer o una de sus hijas, le limpiaban la boca y le daban un trago de coñac para reanimarlo. 


A continuación, el curandero emitía su diagnóstico que podía ser A o B: el primero es que paciente ya estaba curado porque le había sacado el mal del hígado y se lo había transferido a él mismo, aunque debía guardar reposo y no tomar nada con harina; y el segundo es que tenía que ir a Almería a ver a un especialista como don Juan Verdejo Vivas, porque eso no era cosa suya, porque la enfermedad era más fuerte que su gracia.


La historia de Andrés Garrido Soler ‘el de la tericia’ es la de uno de los sanadores más célebre del Levante almeriense, al que acudían legiones de niños afectados de ictericia, de mal de ojo o del ‘sol metío’. Era uno de esos santones bondadosos que llegó a vivir casi cien años y que empezaba a recibir visitas a las seis de la mañana en su consulta domiciliaria, cobrando la voluntad en una bandeja. A escasos metros de su vivienda, junto a la fábrica del hielo del pueblo, estaba la parada del caito en el que llegaban a diario madres desesperadas con sus hijos de la mano con la cara amarillenta, procedentes de pueblos como Albox, Zurgena, Huércal-Overa o de anejos como Guazamara, Jauro o El Saltador. 


Entre los niños de los años sesenta era conocido como el ‘Tío del Susto’, por esos síncopes en los que entraba el tío Andrés, mientras miraba de forma atónita con los ojos en blanco. Muchos de los que pasamos por esa habitación orientada al mar y con olor a jarabe, recordamos el terror que sentíamos cuando nos miraba con los ojos penetrantes que tenía ese iluminado y cómo apretábamos entonces con más fuerza la mano de nuestra madre. 



La mayoría de los que de niños pasábamos la hepatitis en esas fechas ya tan lejanas teníamos cita casi obligada con el santero, porque siempre se decía en la comarca que “aunque no te cure, mal no te va a hacer el tío Andrés”. Era pequeño de estatura, de aspecto frágil, silencioso, pero con una gran energía, este popular personaje. Su poder, decían todos los que lo conocieron, estaba en su mirada. Había nacido en Vera en 1887, en una familia dedicada a la venta de verduras en los mercados. Fue de emigrante en Buenos Aires, con 18 años, cuando descubrió sus poderes e hizo su primera sanación a un compañero del tajo al que se le escapaba la salud a borbotones por una insuficiencia hepática. 


Al volver a Vera, empezó a correrse la nombradía de su don por los pueblos de la zona y una buena mañana fue a verlo una muchacha de Garrucha, quien al ver al santón gesticular como un poseso no pudo parar de reírse. Esa paciente garruchera de ojos grandes y negros, llamada Juana Morales Núñez, se terminó casando con él y se avecindaron entonces, a principios de 1920, en una casa enfrente del viejo campo de fútbol del Martinete. No era entonces aún, el tío Andrés, un profesional de la sanación, por eso, montó un almacén de venta de muebles al lado de la vivienda, que compaginaba con la consulta. Era una casa espaciosa, recordaba hace unos años su hija Isabel, con un gran patio con huerto, donde medraba una higuera y una parra con uvas doradas. 


Andrés Garrido pasó la Guerra Civil asustado, aunque nunca lo tocaron, pero sí tuvo que presenciar cómo asesinaron delante de sus ojos al sargento de la Guardia Civil, tras un macabro cortejo a plena luz del día. 


Juana, su esposa, llegó a parir 14 hijos, aunque le sobrevivieron solo la mitad: Antonio, Isabel, Felipe, Josefa, Dami, Andrés y Francisco. La ictericia, de la que tomó apodo el tío Andrés, era la especialidad de este curandero, cuando de antiguo existía la creencia popular de que se podía curar con pociones, cánticos y rezos de personas que tuvieran el don. En el caso del curandero de Garrucha, su fuerza residía en la mirada. Se decía por ello cuando el niño tenía mal color o estaba desnutrido: “Ve a que lo mire el tío Andrés”.


Por su consulta pasó gente humilde, que, si el proceso de curación se alargaba varios días, se hospedaban en la propia casa, y personas de pedigrí, con buenos coches que aparcaban en su puerta, como Antonio Garrigues Díaz-Cañabate, que acababa de comprar el Palacio de la Marina de la Torre, quien llevó a su esposa, la americana Anne Walker a que el tío Andrés la mirara al ponerse enferma un día. El sanador, sin embargo, le dijo que lo que tenía su mujer no era cosa de él. Falleció meses después, la madre de los Garrigues Walker, de cáncer de hígado. También fueron a verlo, arrullados por su fama, Tico Medina y Rafael Lorente, que dibujó su perfil en su novela Thalassa. El poeta cuevano Sotomayor, veraneante fiel a la playa de Garrucha, dedicó uno de sus poemas al mal de la ictericia en la comarca levantina en su obra Rudezas.


Después de bastantes años, la familia Garrido Morales, cambió de vivienda, de la calle Mayor, cerca de la Cruz de los Caídos, a una casa en los confines entonces del Malecón, cerca de donde estaba la taberna de Diego de Haro y la antigua caseta de carabineros, donde siguió adelante recibiendo visitas cada vez más numerosas desde el alba hasta el anochecer. 


Cuando empezó el turismo, los portales del tío Andrés de la Tericia se llenaban de extranjeros, que creían que habían enfermado gravemente, aunque en la mayoría de los casos eran británicos o alemanes de los viajes de Rossell, que habían tomado horas de sol de más en la playa y que, cuando preguntaban por un médico, lo dirigían a la consulta del tío Andrés. Tuvo, sin embargo, buenas relaciones con todos los doctores con los que trató en el municipio, desde Trino Torres, Bejarano o don José Rodríguez. Con algunos de ellos alternaba en el Casino y después en El Hogar jugando a la baraja. Andrés Garrido Soler, el de la Tericia, vivió una larga vida, terminando sus días con 97 años en Garrucha, su pueblo adoptivo, una mañana de abril de 1984.



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