El reino de la Kika en El Alquián

La acérrima parroquia de Araceli forma parte de una logia alquianera que acude a venerar los platos de esta faraona de los fogones

Araceli Nieto, de luto, en la barra de su célebre restaurante ‘La Kika’ en El Alquián, junto a su hijo Gabriel a su derecha, y unos asiduos clientes,
Araceli Nieto, de luto, en la barra de su célebre restaurante ‘La Kika’ en El Alquián, junto a su hijo Gabriel a su derecha, y unos asiduos clientes,
Manuel León
01:00 • 01 jul. 2017

Iban hace ya demasiados años los señoritos de Almería en landó a Los Pinos del Alquián a comer pescado fresco de la barca; abogados, médicos y notarios con posibles, que se afeitaban a navaja muy temprano en las mañanas de domingo y con su familia se acercaban a la playa del Perdigal a almorzar unos jureles o una caballa que los marineros-  los mismos del fandanguillo de Manolo del Aguila-  habían sacado de la mar descalzos, al amanecer, tirando de la tralla.
Era entonces El Alquián un inmenso alfoz de tahúllas de secano a once kilómetros de la metrópoli, besado por el yodo de las olas, en el que algunos cortijos se habían reencarnado en ventas y tabernas donde se servía ese género a la plancha tan celebrado acompañado del tomate rugoso del país.




Allí, donde el arte de la jábega había adquirido celebridad -entre San Vicente y La Rambla Lechuga- nació Araceli Nieto Alonso ( aún no era la Kika) un 9 de agosto de 1932. Su padre, Antonio Nieto, era segador del Cabo y su madre Cristina Alonso, alquianera de toda la vida.




Con el tiempo, Araceli abrió, en la marinera calle Magallanes, la misma en la que nació, un fogón que aún resiste, en el que sigue alumbrando a diario el milagro de los calamares de potera o el de la brillante breca a horno. Allí, en esa vieja taberna de manteles de hule y perfume a hinojos, se han regocijado con sus sabores gente de variado pelaje como Felipe (a estas alturas ya no hace falta el  apellido), el superjuez Garzón, el ciclista Perico Delgado o faranduleros como Bigote Arrocet, que llegó  con una túnica blanca, como un santón hindú, o aquella Marisa Medina de la tele en blanco y negro.




Pero antes de todo eso, de que esa vieja casa se convirtiera, boca a oreja, en solaz de peregrinaje gastronómico a oriente de Almería, la matrona de esas planchas y fogones, recogía esparto con nueve años y mecía la cuna de sus seis hermanos menores. El capataz  de la finca de Pérez Manzuco, junto al Cortijo Las Cuerdas, donde de noche sonaban los violines, le pagaba tres pesetas  por 46 kilos de hebras recolectadas. Trabajaba también Araceli arrancando cebada y albardines  en el Coto Espinosa desde las 6 de la mañana a las 8 de la tarde.




Hasta que por las necesidades perentorias que siempre había en su humilde hogar alquianero, marchó a servir a la ciudad, a la casa de Antonio el del Estanco, en la Plaza Careaga, la misma que había pertenecido antes al Marqués de Torrealta, frente a la Imprenta Gutenberg y la vivienda de Agustín Melero . Su patrón había ido prosperando a través de ese pequeño comercio bien situado en el entonces Paseo del Generalísimo, entre el populoso Café Español y la tienda de instrumentos musicales de Sánchez de la Higuera.




En esa histórica casona estuvo Araceli trabajando como interna desde que era una moza de 19 años hasta los 36. Entre odres de ropa recién lavada y trapos de limpieza pasó su primera juventud. Hasta que conoció a un francés pinturero oriundo de la Argelia colonial  con el que se casó. Se llamaba José Baeza Ruiz, era hijo de emigrantes de Níjar y de oficio talabartero, un artista en la fabricación y reparación manual de sillas, cinchas y guarnición para las caballerías.




Pero el tiro de sangre había perdido brío: ya casi todo el mundo, por esos año 60, había dejado atrás la yegua o el mulo y se desplazaba con los primeros turismos de los planes de desarrollo de López Rodó.




Se tuvieron que buscar las habichuelas de otra forma, Araceli y José, y  marcharon a Francia, donde él se empleó de guarda de la base atómica de Avignon, donde  nació el primogénito.


Con los ahorros sudados en Francia volvió el matrimonio, como Gardel, al Alquián de sus amores y allí reflexionaron sobre qué negocio montar. Como Araceli siempre había tenido buena mano para la cocina, decidieron comprar una antigua taberna llamada Playa donde marineros y campesinos se convidaban con vasos de vino jugando partidas de cartas.


Era el año 1972 del porompompero y el primer día de abrir hicieron 13.000 pesetas de caja despachando botellines de cerveza y pescado a la plancha. Edificaron la casa familiar encima del bar, donde vinieron al mundo otros tres varones y a partir de entonces  Araceli, Aracelica, ya fue para siempre la Kika. Compraba el pescado a las barcas que varaban con parales delante del bar, a pescadores curtidos en vientos y salitres como el Rubina, Antoñico el Mangó y el Caracola, que habían ido dejando atrás el duro arte de la jábega, que necesitaba de decenas de hombres tirando del copo, por el más moderno del trasmallo.


Un camino costero pasaba entonces por el restaurante y allí se detenían a aliviar la sed y el hambre muchos transeúntes que iban camino de los campos y de las nuevas industrias agrícolas, hasta que el desarrollo del aeropuerto rebanó esa sureña vía y los jabegotes desaparecieron de la playa alquianera.


Pero no la Kika: ella siguió adelante, aún después de quedarse viuda, haciendo magia con los cazos y las sartenes, sacando de la cocina -como el mago la paloma de la chistera- calamares en aceite, jibias en salsa o salmonetes plateados de roca por los que suspira aún su acérrima parroquia.


El pueblo empezó a cambiar, se fueron muriendo los mayores, creciendo los menores. Era cada vez un Alquián más volcado en el tomate que en la sardina, más de tierra y menos de fango. Y empezó a surgir el dinero, como cuando llegaban a un pueblo caribeño los gringos de una compañía bananera. Dice la Kika, por tanto, que El Alquián, su Alquián, ya no es lo que era, que ya “cada uno va a su avío”, aunque los bares de pescado siguen salpicando su calle central, con un público más democrático que el de los  tiempos de los señoritos de postín.


Allí sigue reinando como en un duermevela la misma  Kika de siempre, sintiendo las noticias en la radio, con su habla antigua y con sus pies hinchados, como una faraona en su trono de anea, entre retratos del Caudillo -a quien le tiene hecho un altar- y regalos de clientes, vigilando los  fuegos del bufé que ahora regenta su Gabrielín, recordando a su amigo Manolo que le silbaba Si vas p’a la mar. . .  sentando en la baldosa de la puerta como un chiquillo; allí conserva en su memoria la Kika, que ya casi no sale a la calle, las proporciones exactas de la sal y el aceite del atún encebollado o la canela y el azúcar de sus célebres natillas, como si siguiera cocinando para su propia familia, soñando, a sus 85 años, con que su pequeña nieta Nuria, su ojico derecho, la enseñe por fin a leer y a escribir.



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