El hombre de la gaseosa El Tigre

El señor Membrive fue el delegado en Almería desde los años 50 de la popular gaseosa de la marca el Tigre

Membrive con su esposa Carmen Zapata.
Membrive con su esposa Carmen Zapata.
21:51 • 25 may. 2016

Tenía el nombre más largo del padrón de su pueblo. Tenía un nombre interminable, como los de la nobleza antigua. Se llamaba Pedro, pero sus padres le añadieron dos nombres más, el de Antonio y el de Eleuterio, que se unían a los dos apellidos  obligatorios: Membrive y Martínez. Además llevaba la carga del apodo, Teodoro, porque en los pueblos un apodo era como una herencia irrenunciable, una marca de familia que se iba traspasando de generación en generación.
Con un nombre tan largo el niño tuvo que salir listo a la fuerza. Antes de aprender a leer ya le echaba una mano a sus padres en una tienda que tenían en el barrio de Fuencaliente, en Serón. Allí, entre cuentas y clientes fue aprendiendo el arte del oficio y cuando salió de la escuela, antes de cumplir los doce años, ya se había convertido en un mercader ambulante que a lomos de una mula se iba a las minas de Serón.



En los años veinte, el poblado estaba lleno de vida joven y el negocio estaba asegurado. Cuando tocaba viaje, se levantaba antes del amanecer, le colocaba al caballo ‘Morito’ unas tablas y allí cargaba las piezas de tela con las que se presentaba  ante las mujeres de los mineros. Cuando llegaba al poblado era un acontecimiento, como si se tratara de un rey mago que a lomos de un potrillo le llevaba hasta el último confín de la sierra las novedades que iban apareciendo en el mercado. Lo peor de aquella aventura era llevar al animal tan cargado de peso, por lo que cuando se encontraba con una cuesta tenía que bajarse para no forzar al caballo. En uno de los viajes de vuelta, cuando venía pensando por el camino, se le ocurrió que en vez de ir en cada expedición con las piezas de tela, sería más cómodo llevar un muestrario y que una vez allí las clientas pudieran elegir el género y hacerle el pedido. Así lo hizo. Con su ingenioso muestrario le enseñaba a las mujeres las últimas novedades, ellas elegían las que más le gustaban y los metros que necesitaban, y dos días después volvía a las Menas con la venta ya asegurada y con la carga precisa.

En los años de la posguerra su familia se instaló en Almería y puso una barraca de venta de embutidos y comestibles en el mercadillo de Ciudad Jardín, uno de aquellos puestos que no tenían puerta y que para entrar había que meterse por debajo del mostrador. Eran los primeros años del barrio, cuando estaba todavía urbanizándose, cuando las casas empezaron a llenarse mes a mes de familias jóvenes que en muchos casos venían cargadas de niños.
Por aquellos tiempos, Pedro Antonio empezó su carrera como representante. Llevaba pinturas, hoces, sombreros de paja, cables de acero, y hasta una de aquellas máquinas de arreglar medias de la casa ‘Victoria’, que tanta fama tuvieron a finales de la década de los cuarenta cuando las medias eran tan quebradizas. “50 pesetas diarias ganará en su casa comprando una máquina ‘Victoria’ para reparar medias. Razón: Pedro Membrive. General Saliquet 94”, decía la publicidad con la que se  anunciaba en el diario Yugo.



Fueron muchas las firmas que pasaron por sus manos para promocionarse en Almería, entre ellas, la popular marca de gaseosas el Tigre, que en aquellos tiempos era ya uno de los remedios más socorridos de la clase media para solucionar los problemas de las malas digestiones. A Pedro Antonio Eleuterio Membrive los vimos durante más de treinta años llevando la representación de las gaseosas por todas las tiendas de los barrios. Era el hombre de la ‘gaseosilla’ el Tigre, el de aquellos sobres de papel de dos colores que mezclados en el agua obraban auténticos milagros.
De aquellos años, el representante siempre recordaba como anécdota la revolución que significó cuando el fabricante decidió modernizarse, y cambió los papelillos de toda la vida por un nuevo formato de papel plastificado, con mayor resistencia a la humedad. Hubo muchos clientes que no resistieron el cambio y dejaron de tomar la célebre gaseosa.
 





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