Manuel Lago Santisteban, el ojito derecho de Celia Viñas

Manuel Lago Santisteban

A Manolo le conocí un caluroso día de julio de 1990 en Madrid, en una comida en su casa que era mi presentación como novio de su hija María. Iba yo como el que iba a un tribunal y salí de allí con la sensación de que iba a ser mi suegro para siempre. Él llevaba toda su vida adulta en Madrid pero no había perdido el acento de almeriense que chocaba al lado de mi acento madrileño chamberilero. 


Manolo nació en la antigua calle Zaira, en pleno centro de Almería y por allí inició sus correrías de niño travieso que, como todos los de su generación, el golpe de Estado del 1936 les hizo de repente espabilar y saltarse la adolescencia de un plumazo. 


Terminada la guerra, tuvo la suerte de coincidir con Celia Viñas como maestra y fue ella la que le marcó su camino al adivinar las capacidades que tenía su Laguito, al que dedicó con ese cariñoso apelativo un bello poema. Era su ojito derecho y Manolo cumplió con creces las expectativas pues su expediente académico fue brillantísimo desde ese bachillerato hasta su licenciatura en Derecho. 


Eran años duros de posguerra, con un padre ausente y una madre sufridora donde sus hermanas, Paquita, Rosita y Maruja, le dieron todo el apoyo incondicional, llegando a copiarle a mano libros de Derecho en la Biblioteca del Paseo para que siguiera estudiando. 


La familia de Manolo vivía por aquel tiempo en la Ciudad Jardín y en un verano conoció a la que sería su amor, Mari Carmen Núñez, hija del afamado doctor Guillermo Núñez, catedrático de Otorrinolaringología en Madrid y que tiene una plaza a su nombre en Almería, sus segunda ciudad, y tierra de su mujer, la almeriense María Quesada. Me contaba que tenía que salir de la frontera de la Ciudad Jardín y atravesar los polvorientos cañaverales para llegar el chalet de la playa de los Núñez y que, por el camino, paraba a refrescarse más de una tarde en el quiosco de los Santisteban, parientes lejanos, y que luego fundarían las cafeterías La Habana. 


Su capacidad intelectual y de trabajo fue siempre extraordinaria y, gracias a ella, sacó las durísimas oposiciones de Técnico de la Administración General del Estado. Luego se integraría en el Cuerpo de Inspección y Asesoramiento de Corporaciones Locales que dependía del Ministerio de Gobernación, hoy Interior, en el que se jubiló. La llama de Celia Viñas marcó su vida y la transmitió a sus hijos, Mar, Guillermo y María, en ese amor por la cultura y las artes y esa devoción casi litúrgica por los museos, que en Madrid son excepcionales, y que cultivé al visitar con María y recibir ese magnetismo que solo transmiten las obras de arte. 


Manolo siguió volviendo a Almería y aprendí con él el complejo y rico humor almeriense, ese que con una palabra o una frase dicha con el rostro serio deja una carga de profundidad formidable.


 Era el madrileño más almeriense y el almeriense más madrileño y ahora, pese a que su recuerdo se me nubla por las lágrimas, no dejo de esbozar una sonrisa por ese, su sentido del humor, tan inteligente que nunca le abandonó.