La Voz de Almeria

Universidad de Almería

Así regalaron estos alumnos de la Universidad de Almería una Navidad inolvidable a su profesor

Francisco Villegas recibió un detalle especial por parte de sus estudiantes de la asignatura Didáctica y Organización de la Educación Primaria

El profesor Paco Villegas con sus alumnos de primero de Educación Primaria, en la asignatura de Didáctica y Organización de la Educación Primaria

El profesor Paco Villegas con sus alumnos de primero de Educación Primaria, en la asignatura de Didáctica y Organización de la Educación PrimariaCedida a LA VOZ

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A veces, en la vida no se aprende de lo que se dice, sino de lo que se vive. Y en ocasiones, vivir significa detenerse, mirar alrededor y descubrir que la luz llega de quien menos esperas. En un aula de la Universidad de Almería (UAL), un grupo de futuros maestros ha aprendido que la educación no solo cabe en los libros: también en un abrazo sincero, en un villancico espontáneo, en un regalo que habla más que mil palabras. Allí, entre pupitres, nació una historia que habla de nostalgia, de compañía y de cómo un cuatrimestre puede cambiar mucho más que un temario.

En esa clase de la UAL trabaja Paco Villegas, profesor de Didáctica y Organización de la Educación Primaria, una asignatura que sus alumnos cursan en primer año del Grado de Educación Primaria. Entre ellos está Alba Salvador Polanco, Namibia Gómez Akapo, María José Cervilla Martín, Marta Fernández Cantón o María Payán García, que se han convertido en la voz de un grupo que, casi sin darse cuenta, ha encontrado en ese temario algo más que contenidos: un espacio donde la teoría convive con la humanidad. “Entre compañeros nos hemos llevado muy bien y hemos estado muy unidos, y eso se ha reflejado en los profesores”, cuenta Alba.

En las sesiones de Paco —hechas de conceptos y dinámicas, de apuntes y villancicos cantados en los últimos diez minutos— se creó un clima de confianza que no suele aparecer en los manuales. Un ambiente donde la educación avanzaba al mismo ritmo que las emociones y donde el acompañamiento se volvió mutuo. Por eso, cuando llegaron las fechas navideñas, el grupo tuvo claro que querían hacer algo especial: un detalle que no cabía en papel de regalo, un gesto para agradecerle todo lo vivido. Y ese fue el punto de partida de una lección que nadie esperaba.

Un aula y un refugio

Cada palabra suya hacía que nos fijásemos en los detalles, en estar presentes, en valorar lo que tenemos y nos impactó mucho”, recuerda Alba en una conversación con LA VOZ. Ella y sus compañeros llegaron a septiembre sin conocerse, cargando dudas, ilusiones y esa mezcla de vértigo y entusiasmo del primer año de carrera. Pero en las sesiones de Paco, algo empezó a moverlos por dentro. Después de un examen, si alguien salía con el ánimo caído, el profesor encontraba la forma de acompañar, de relativizar, de recordar que “no hay que preocuparse por las cosas pequeñas”. En ocasiones, hablaba de su mujer —fallecida recientemente— con una serenidad que desarmaba, no para buscar consuelo, sino para enseñar, sin lecciones explícitas, que la vida también ocurre mientras se aprende.

Esa transparencia, esa forma de estar, les cambió. Un día, terminaron una explicación antes de tiempo y se pusieron a cantar villancicos. Otro, improvisaron una dinámica. “El día después de su cumpleaños lo abrazamos y se fue creando esa confianza y ese buen ambiente”. Y cuando se dieron cuenta de que el cuatrimestre llegaba a su fin, lo tuvieron claro: no podían despedirse como si nada. No después de todo lo compartido. No después de haber encontrado, sin esperarlo, un refugio entre pupitres. Fue entonces cuando surgió la idea del regalo de Navidad: algo que les permitiera estar para él como él había estado para ellos.

Paco Villegas el día que sus alumnos le dieron sus regalos

Paco Villegas el día que sus alumnos le dieron sus regalosCedida a LA VOZ

Mucho más que un regalo 

La propuesta tomó forma rápido: una merienda navideña en clase, una celebración sencilla para cerrar el cuatrimestre con la misma cercanía con la que lo habían vivido. Más que una despedida, era un gesto pensado para que Paco sintiera que, de alguna manera, sus estudiantes también lo sostenían a él.

Se barajó la idea de un termo, quizá una taza, algo que pudiera llevarse consigo. Pero pronto entendieron que el verdadero regalo también era lo que querían decirle. Así nació la idea de colgar en las ramas de un árbol de Navidad sus cartas escritas a mano, una por alumno. Palabras de agradecimiento, de reconocimiento, de acompañamiento. “Era para que supiera que vamos a estar para él como él ha estado para nosotros”, reitera Alba.

En la merienda, leyeron las cartas en voz alta. Bastaron los silencios, los abrazos y alguna lágrima ligera para entenderse. El momento fue íntimo, casi sagrado en su sencillez. El regalo, el árbol, las palabras… eran la forma tangible de algo que no se puede envolver: la certeza de que, durante esos meses, la educación había sido también compañía.

Paco Villegas con el árbol de Navidad con las cartas de sus alumnos

Paco Villegas con el árbol de Navidad con las cartas de sus alumnosCedida a LA VOZ

Educar es amar 

En este contexto, para Paco, enseñar no va de exponer un temario ni de marcar distancias. Va de construir un nosotros. “En el momento en que empiezan, no son ni grupo aún; vienen con la mochila de sus propias experiencias”, explica. Su asignatura —Didáctica y Organización de la Educación Primaria— no aspira solo a preparar exámenes. Prefiere desmontar y reconstruir la forma de mirar la escuela y, al final, la vida. “La educación es trabajar en un nosotros”, insiste.

De pie frente a los pupitres, Paco piensa en lo que enseña y en cómo lo vive. Y ahí aparece la frase que, para muchos de sus alumnos, se ha convertido casi en brújula: “Educar es amar”. Lo dice sin grandilocuencia, como quien habla de algo tan cotidiano como respirar. No es una consigna para el aula. Es una forma de estar en el mundo. “En la vida no se aprende de lo que se dice, sino de lo que se vive. Las calificaciones para medir el valor de quién eres son falsas”, reflexiona.

Por eso, en su clase, la cercanía no está reñida con la exigencia. Hay teoría, sí, pero también escucha; hay contenidos, pero también humanidad. Los jóvenes lo notan: “Nos hemos dado cuenta de que no todos los profesores tratan igual”, dice Alba. Paco no los enseñaba a ser maestros: los hacía sentir parte de algo. Y quizá por eso, cuando llegó diciembre, el grupo no pudo evitar preguntarse cómo devolverle todo lo recibido.

Una lección 

Para Alba y sus compañeros, lo de aquel día fue la prueba de que la educación puede ir muchísimo más allá de un plan docente. Ellos aprendieron que acompañar también es educar y que, a veces, los alumnos reciben lecciones y también las dan. Y, sin buscarlo, se convirtieron en parte de la historia de su profesor.

Para Paco, aquel gesto fue una confirmación íntima —y silenciosa— de por qué sigue . “Me dedico a esto. Llevo dando clases desde 2004. Y sigo porque son sensaciones que no estoy dispuesto a perder”, confiesa. Habla despacio, como quien protege cada palabra. Lo que ha vivido con este grupo no es una anécdota. Es una certeza: que la educación sucede en los márgenes, entre línea y línea del programa, en los momentos en que alguien se atreve a mirar al otro sin prisa.

Quizá por eso, cuando recuerda la merienda, el árbol o las cartas, lo hace sin nostalgia. Solo con gratitud. Porque entiende que lo que ocurrió allí no se enseña: se vive. Y porque sabe que, si algún día deja de sentirlo, dejaría también de ser profesor, aunque siguiera entrando al aula.

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