La Voz de Almeria

Tal como éramos

Los árboles que nacían de la muralla

En 1911 hubo que destruir los cimientos de la vieja muralla para que los árboles pudieran crecer libremente

El Paseo de Almería allá por el año 1912. Se aprecian los árboles recién plantados, las farolas de gas, de hierro fundido, y los bancos de doble asiento para no perderse detalle de lo que ocurría en la avenida.

El Paseo de Almería allá por el año 1912. Se aprecian los árboles recién plantados, las farolas de gas, de hierro fundido, y los bancos de doble asiento para no perderse detalle de lo que ocurría en la avenida.Porfirio Marín

Eduardo de Vicente
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Allá por el año 1911 el Paseo del Príncipe era ya la avenida que nos definía a los almerienses, y en cierto modo, su principal monumento. Cuando la gente de los pueblos venía a la ciudad a realizar alguna gestión y les sobraba tiempo para darse una vuelta y disfrutar de la vida de la capital, no iba a visitar la Alcazaba, que entonces estaba medio destrozada y ocupada por una estación radiotelegráfica. Los forasteros acababan, tarde o temprano, recorriendo el Paseo, que era donde estaban los grandes comercios y los cafés con más renombre.

Los cafés del Paseo representaban entonces la avanzadilla de la modernidad. Ellos fueron los primeros que se apuntaron a la luz eléctrica cuando intuyeron que el nuevo invento iba a ser un gran negocio. En La Navidad de 1889, cuando la electricidad estaba dando sus primeros pasos en Almería y venía anunciando una auténtica revolución, la mayoría de los cafés del Paseo del Príncipe contaba ya con la luz eléctrica iluminando sus salones principales, siguiendo la estela del Café Suizo, que había sido el primero en apuntarse al nuevo adelanto.

Aquel Paseo de los primeros años de la segunda década del siglo XX era un escenario de cambios constantes que intentaban mejorar su imagen. En 1911, el Ayuntamiento había iniciado la tarea de arrancar los árboles viejos que se habían convertido en un obstáculo, ya que muchos no crecían lo suficiente y acababan secándose en mitad de las aceras.

Cuando los funcionarios municipales iniciaron los trabajos para arrancar los viejos árboles se encontraron con una sorpresa cuando descubrieron que un buen número de estos ejemplares estaban plantados sobre los cimientos de la antigua muralla que rodeaba la ciudad y que recorría el Paseo de norte a sur. El nuevo plan de las obras fue destruir los cimientos de esa muralla que entorpecían el desarrollo de los árboles que se plantaban. Una vez superado el problema, los operarios comenzaron a plantar el nuevo arbolado en hoyos de más de un metro de profundidad para que las raíces pudieran crecer sin obstáculos.

Conscientes de que la imagen de Almería dependía directamente de su Paseo, las autoridades, además de renovar el arbolado, emprendieron la tarea de instalar nuevos bancos para el descanso de los transeúntes. La gran novedad fue que los nuevos bancos eran de doble asiento, uno con vistas al centro de la avenida y otro mirando a los edificios. De esta forma, el que decidiera reposar en un banco podía elegir si hacerlo mirando la vida que transitaba por las aceras o disfrutar del otro lado, del paseo continuo de los carruajes.

Los nuevos bancos fueron un éxito. La prensa de aquellos días se hacía eco en sus artículos de lo complicado que era poder encontrar un hueco libre en un banco del Paseo en un domingo cualquiera, cuando los almerienses ya tenían la sana costumbre de darse su vuelta oficial por aquel inmenso bulevar.

Aquel Paseo era el orgullo de la ciudad. No se trataba solo de la avenida más grande, sino que era también la más señorial, donde estaban los negocios más importantes y los edificios que la burguesía almeriense del siglo XIX había construido para engrandecer aquel gran escenario de la vida. Todavía, en 1911, sobrevivían las viejas farolas de gas, que durante años convivieron en las calles con la luz eléctrica.

Todo sucedía entonces en el Paseo, donde las sillas de los bares eran las tribunas desde donde los hombres y las mujeres asistían al milagro de la vida. Aquél que no tenía su silla y su mesa en un café del Paseo estaba fuera de la vida pública, como si no existiera. Todo sucedía allí: los negocios de los días de diario y los paseos de los domingos, cuando la avenida se llenaba de muchachas que mostraban sus encantos subiendo y bajando la cuesta. Cada año, cuando llegaba el mes de mayo, los dueños de los negocios remitían sus instancias al Ayuntamiento solicitando el permiso necesario para la instalación de sillas y veladores en la vía pública. El verano llegaba cuando en las aceras del Paseo aparecían las mesillas de los bares, que fueron las flores de un tiempo.

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