La Voz de Almeria

Tal como éramos

Los niños y el momento del último viaje

Los niños de antes convivían con la muerte cuando la gente fallecía en sus casas

Los niños iban en los duelos con absoluta naturalidad. En la foto, el entierro de Celia Viñas cuando el féretro era conducido por el Paseo en medio de una multitud.

Los niños iban en los duelos con absoluta naturalidad. En la foto, el entierro de Celia Viñas cuando el féretro era conducido por el Paseo en medio de una multitud.

Eduardo de Vicente
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El miedo a la oscuridad que compartíamos todos los niños era el miedo a lo desconocido, la antesala del miedo supremo que representaba la muerte. A pesar del respeto y del temor que siempre se le ha tenido al último viaje, los niños de antes mantenían una relación más cercana con la muerte porque veían morir a sus familiares en sus casas, en sus camas y desde pequeños se familiarizaban con los velatorios, que formaban parte de la vida de los barrios.

Cuando un vecino moría toda la calle se implicaba en el duelo y ese día se palpaba en el ambiente una pena compartida que creaba una atmósfera pesada y triste. Los duelos afectaban también a los niños, al contrario de lo que ocurre ahora. Hoy, a los niños se les aleja de la realidad de la muerte por temor a que les pueda causar un trauma; antes, los niños convivían con ella porque la tenían presente en su entorno más cercano. Veían morir en sus casas a los mayores y participaban del duelo cuando algún vecino fallecía.

El día que tocaban a difunto estábamos obligados a respetar las normas. Podíamos salir a la calle a jugar, pero no podíamos armar alboroto ni dar gritos. Cuando algún vecino moría los niños también compartíamos aquella tristeza de aldea y acabábamos sentados en los trancos sin ganas de fiesta. Así, sentados en la acera, esperábamos a que llegaran los empleados de la funeraria con el ataúd y con los candelabros y observábamos ese río de gente que entraba y salía de la vivienda del difunto.

En mi casa siempre se recordaba el día en que murió el maestro de obras Antonio ‘el Rubio’, padre del sacerdote don Antonio García Flores. Todos los curas de Almería pasaron por allí y faltaron sillas en el barrio para poder recibir a tanto forastero.

La gente moría en su casa y allí, en la entrada, que casi siempre se correspondía con el salón principal, se instalaba el cortejo fúnebre. El ataúd de madera, el crucifijo y las velas eléctricas. En la misma puerta se colocaba una mesilla de madera con un tapete negro con ribetes dorados y una hoja en blanco para las firmas de condolencia.

Los velatorios duraban un día completo y se convertían en una jornada de convivencia en la que siempre se acababa hablando de las bondades del difunto. Los familiares recordaban cómo había sido su existencia por este valle de lágrimas y los vecinos y amigos repetían hasta la saciedad lo bueno o lo buena que había sido en vida. Los velatorios eran acontecimientos de interés general por lo que no estaban a salvo de los curiosos que se acercaban al muerto por el morbo de contemplar la desgracia ajena.

A veces, los niños, cuando alguien moría en nuestra manzana, nos retábamos para ver quién era el más valiente, el que de noche se atrevía a asomarse por la ventana de la casa para verle la cara al difunto. El que lo hacía corría el riesgo de que esa noche, cuando estuviera durmiendo, soñara con el fallecido.

La muerte de un familiar dejaba una profunda huella en las casas. Durante los primeros días, cuando el recuerdo del difunto estaba todavía presente, no se podía poner la radio ni ver la televisión y las lágrimas presidían cada detalle de la vida familiar. Después de la muerte llegaba el luto. Había un luto interior que se vivía de puertas hacia dentro y había un luto exterior, el que se llevaba por la calle para mostrarle a los demás la honda tristeza con la que se vivía la pérdida del ser querido.

Las mujeres, que en las casas se relajaban con ropa de color, se enfundaban el negro hasta la cabeza aunque sólo fuera para ir a la tienda de la esquina a comprar el pan.

Los hombres, que tenían que pasar más tiempo en la calle, no estaban obligados a llevar tanto luto. Lo normal era que durante las primeras semanas se pusieran una corbata oscura o un brazalete negro en la manga.

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