La tristeza que dejaba la Feria
Volver a la rutina era una condena, como si de pronto nos robaran un trozo del verano

Las atracciones de la Feria empezaban a desmontarse al día siguiente de terminar los festejos. El Parque y el puerto iban recuperando lentamente la normalidad.
Dos meses sin colegio y sin instituto nos cambiaban la vida y nos transformaban por dentro. Al principio, cuando nos daban las vacaciones, el verano nos parecía una eternidad que nos regalaba la vida, pero cuando después de terminar la Feria nos enfrentábamos con la realidad, comprendíamos que el verano había pasado volando, y que volver a la rutina era una condena que teníamos que asumir con resignación.
Volvíamos a las obligaciones en medio de un septiembre espléndido que te invitaba a disfrutarlo. Era el mejor momento para perderte en la playa, para pasear sin los agobios del calor sofocante, para pasarte las tardes tirado en medio de la calle jugando con tus amigos del barrio. Septiembre parecía hecho a medida para nosotros, pero la cruel realidad dictaba su propia sentencia y convertía aquel mes de ensueño en una auténtica pesadilla.
La última noche de Feria no las disfrutabas con la misma pureza porque sabías que al día siguiente el verano sería solo historia. Había un manto de melancolía que se posaba sobre las atracciones de la Feria que estaban a punto de cerrar y sobre aquel humilde toro de fuego que recorría el Paseo poniendo el broche final a diez días de fiesta.
De madrugada, cuando los ruidos de la Feria se iban apagando, volvíamos a nuestras casas con una sensación de domingo por la tarde que te iba llenando de tristezas. Con la adolescencia recién estrenada, con las emociones de los besos y de los momentos compartidos con los amigos a flor de piel, nos obligaban a hacernos mayores de un día para otro. “Ya se ha acabado lo bueno”, nos decían en nuestras casas, una frase que encerraba una realidad que nos iba encogiendo el alma.
El lunes después de Feria todo parecía distinto. La luz de la ciudad había cambiado, como si los feriantes se llevaran en sus caravanas el resplandor del verano. Cuando pasábamos por el puerto y los veíamos recoger los bártulos, un trozo de nosotros se iba con ellos. Volvíamos al lugar donde habíamos sido felices para sentir la resaca que dejan las despedidas. En la parcela donde estaban los coches de choque, donde habíamos pasado las horas conduciendo envalentonados ante los ojos de la niña que nos gustaba, ya solo quedaban los restos de las entradas esparcidos por el suelo y el último feriante afeitándose delante de un trozo de espejo antes de partir con la caravana hacia otra feria.
Aquel día fatídico, que anunciaba la presencia de septiembre, caminábamos perdidos entre los recuerdos mientras la ciudad recuperaba su pulso cotidiano como si todo hubiera sido un sueño. El verano continuaba dando pasos en el almanaque que teníamos colgado en la cocina, pero en nuestro calendario sentimental ya era otoño y al día siguiente de acabar la feria sentíamos caer las primeras hojas cuando al sacar la cartera del armario nos daba un vuelco el corazón.
Ese cambio de ánimo que experimentábamos al terminar la Feria nos transformaba por dentro y nos hacía madurar. Cuando unos días después regresábamos a las aulas, lo hacíamos con la sensación de que habían pasado muchos años desde la última vez que pisamos el instituto. Llegabas otra vez a clase, te reencontrabas con los viejos compañeros y con los profesores que ya conocías, pero lo hacías como si fueras un debutante, con la misma sensación de miedo que todos tuvimos aquel día que de la mano de nuestras madres llegamos por primera vez al colegio.
Empezábamos el curso con el verano en la calle y el más crudo invierno metido en el corazón. Cuando en los primeros día de clase los amigos compartíamos los momentos felices de las vacaciones, contándonos nuestras hazañas estivales, un regusto amargo nos llenaba la boca, como si supiéramos que las emociones vividas, que aquella felicidad en estado puro de la primera adolescencia, no volverían jamás.