La Voz de Almeria

Tal como éramos

Patro, la mujer que olía a cuartel

Patrocinio Sierra tenía en su casa un taller donde arreglaba la ropa de los soldados

Puerta de la casa donde vivía la señora Patro con su hermano ‘el Sierra’, que aparece sentado en una silla tomando el sol.

Puerta de la casa donde vivía la señora Patro con su hermano ‘el Sierra’, que aparece sentado en una silla tomando el sol.

Eduardo de Vicente
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La casa de la señora Patro parecía una furrielería. Olía más a cuartel que el campamento de Viator. Dentro, en dos habitaciones, los uniformes militares se amontonaban en cualquier parte, a veces con tanto desorden que parecía imposible que la mujer pudiera desenvolverse con éxito cuando un soldado iba a recoger la ropa.

La casa coronaba la calle Demóstenes, una de las empinadas cuestas de tierra y piedras que suben desde La Almedina hasta La Alcazaba. Era una de las viviendas típicas de puerta, ventana y azotea soleada donde la gente tendía la ropa, tomaba el sol y aprovechaba los rincones para criar gallinas, chotos y conejos.

Patrocinio era una de esas mujeres que nunca fueron jóvenes, que envejecieron de golpe, acorraladas en su estrecho mundo de solteras, entre estampas de santos y los retratos de sus antepasados colgados de la pared. Tenía un gato viejo y remolón que se pasaba las mañanas durmiendo, tumbado sobre uno de los rayos de sol que calentaban el alféizar de la ventana. El gato velaba la soledad de aquella mujer como un fiel centinela y por la noche le calentaba los pies de la cama. Dicen que hablaba con el gato y que el animal le manifestaba su atención abriendo un ojo en su larga siesta.

La puerta de su casa siempre estaba abierta. Desde la calle, se podía ver la entrada, la cocina y al fondo, el patio donde aparecía un tímido retrete y la pila de piedra donde lavaba los trapos. Desde la calle también se veían los montones de ropa militar que formaban montañas hasta rozar el techo, cubriendo una habitación entera. A Patrocinio, a la que dios no le dio ni marido ni hijos, el destino le puso en su camino un cuartel lleno de soldados a los que la mujer les lavaba y les cosía los uniformes por un precio módico.

Entre tanta ropa militar la casa se había impregnado de ese olor rancio que tienen los dormitorios masculinos donde no sobra la higiene, motivo por el que la mujer siempre tenía la puerta y las ventanas bien abiertas para que los malos efluvios se diluyeran por el aire. El refugio de Patrocinio era muy frecuentado por los niños del barrio, para los que el lugar tenía un extraño halo de misterio, ese punto mágico donde la atracción y el miedo se unen para hacer un sitio atractivo a los ojos sedientos y aventureros de un niño.

Ir a la casa de Patrocinio era toda una atracción para aquellos niños de los años cincuenta a los que tanto les emocionaba encontrarse con un personaje distinto. Patrocinio lo era; no por su profesión, ni por su peculiar casa llena de uniformes, ni tampoco por su gato gandul que hacía de vigilante, ni por los retratos sepia de difuntos que adornaban las paredes.

Su peculiaridad estaba en su carácter, a veces agrio y severo, esculpido por el amargo cincel de la soledad, y sobre todo, en el pelo de barba que cubría parte de su cara, dándole un matiz de ambigüedad que despertaba el malvado interés de los niños. Para ellos, aquella extraña vecina era la auténtica mujer barbuda, que nada tenía que envidiar a la otra que a bombo y platillo anunciaban los circos que en invierno venían a actuar a la ciudad.

Cuando se mudaba al barrio algún niño nuevo, una de las primeras aventuras que los amigos le regalaban era adentrarse en los callejones de La Almedina y hacerle una visita a la mujer barbuda. Les movía las ganas de correrías propias de la infancia, pero también esa pincelada de mala leche que era común en los niños cuando encontraban a un personaje más débil que ellos.

Sin piedad, los muchachos se asomaban por la ventana para verla y cuando la buena mujer los descubría, ellos echaban a correr por la calle abajo gritando: “la mujer barbuda, la mujer barbuda.”.

Solían ir de noche, para que Patrocinio no pudiera reconocerlos, aunque era más sugerente espiarla por la mañana, cuando se colocaba delante del espejo y con una navaja intentaba disimular la tupida barba que dios le había concedido.

A la casa de Patrocinio iba a dormir su hermano José, que era diez años menor que ella, y también compartía soledad y soltería. La mujer había nacido en 1893 y el hermano era de 1903. Había entre ellos una relación casi maternal, acentuada por la diferencia de edad, como si Patrocinio tuviera la obligación de cuidarlo eternamente.

El Sierra, como lo conocían en el barrio, era también un personaje peculiar. Quería volar, saltar desde La Alcazaba y llegar hasta el mar. Tanto se le metió en la cabeza que la idea se convirtió en obsesión y un día quiso hacerla realidad. Con cañas, palos, cuerdas y sábanas, se construyó una cometa y desde una de las torres del castillo se lanzó al abismo con el viento favorable para llegar hasta el mar. Pero le fallaron los planes y sus sueños de pájaro terminaron estrellándose contra las pencas del Huerto del Sereno.

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