Cuando la Feria perdió su esencia
En 1975 vivimos una Feria atípica, alejados de la tradición del centro de la ciudad

El montaje de la Feria se hizo de forma caótica en las inmediaciones de la Central Térmica del Zapillo, frente a la línea de playa. 1975.
La Feria de 1975 llegó cojeando. Había dudas sobre si ese verano se iban a celebrar las fiestas ya que la salud del Caudillo empeoraba y las noticias que llegaban de Madrid, las que no salían en el Telediario, hablaban de que su vida empezaba a depender de un hilo y que en cualquier momento podía morir.
En medio de ese clima de incertidumbre política, el Ayuntamiento se encontró con un problema que se veía venir, para el que no se habían buscado soluciones. La ubicación tradicional de la Feria en el puerto y en el Parque tenía sus días contados. Cortar la carretera nacional que nos unía con el poniente durante diez días se hacía cada vez más complicado en un tiempo en el que la circulación no cesaba de aumentar. Además, la Junta de Obras del Puerto, quería recuperar esos terrenos que perdía por culpa de las atracciones.
La feria del centro agonizaba y todos lo sabíamos. Teníamos la sensación de que cada una de aquellas ferias podía ser la última y que nunca volveríamos a ver el faro y la Alcazaba iluminada desde la cuna de la noria. Las presiones fueron tantas que las autoridades municipales se vieron obligadas a tener que buscar otro emplazamiento y cortar de raíz con la vieja tradición de la Feria en el centro de la ciudad. Fue una ruptura traumática porque suponía dejar sin alma la Feria, llevársela lejos cuando los almerienses estábamos acostumbrados a tenerla pegada a nuestras casas.
Con el tiempo justo para buscar otro escenario, se pensó en la posibilidad de embovedar una parte de la Rambla, ese último tramo que iba desde el puente de la Avenida de la Estación al puente de la Carretera de Ronda y solucionar así el problema de cara al futuro. Pero como ya no había tiempo para meterse en obras y cubrir el cauce, hubo que poner sobre la mesa otras alternativas. Una de las opciones que se estuvieron estudiando en la alcaldía fue llevarse la Feria a la que entonces era la Avenida de Carrero Blanco, una zona que estaba en construcción y que disponía de espacios suficientes para que las atracciones no fueran un problema ni para el tráfico ni para los vecinos.
Esta alternativa tampoco fue del agrado de las autoridades, que finalmente se decantaron por llevarse la Feria a la explanada que había en el Paseo Marítimo, que entonces era un proyecto, a los terrenos libres que existían en las inmediaciones de la Central Térmica del Zapillo. Allí molestaba menos, pero aquel invento nació sin alma y aquella Feria alejada del centro pasó a la historia por el desarraigo y la mala organización.
Como el tiempo se echaba encima, hubo que echar mano de la caja fuerte para llevar el agua potable a la zona, instalar servicios y pavimentar el suelo, lo que obligó al Ayuntamiento a realizar un desembolso de cuatro de millones de pesetas que no estaban contempladas en los presupuestos.
Había llegado el tiempo de la feria moderna, una feria sin patria, empujada al exilio, a esa búsqueda de un lugar donde echar raíces que no interrumpiera el crecimiento de la ciudad. En 1975 y 1976 la feria ocupó esos terrenos próximos a playa, los descampados de la Central Térmica y las antiguas huertas de la vega del Zapillo. El que fuera alcalde durante tantos años, Santiago Martínez Cabrejas, habló en su día del “desastre de la Feria del Zapillo”.
La feria entró en la década de los ochenta con la nostalgia del Parque y el puerto y sin tener un destino de futuro. En 1981, de nuevo en el centro, se aprovecharon los solares que quedaban libres en el barrio de Oliveros, que estaba en construcción, para instalar la zona de las casetas. La más importante, que seguía siendo la Caseta Popular, llamada después Caseta Municipal, la montaron en el mismo cauce de la Rambla, a la altura de la Plaza Circular, donde estaba el Parque Infantil de Tráfico.