Fraga y el burro del Mesón
Hace 60 años, el Ministro de Información y Turismo visitó el Mesón Gitano que entonces estaba todavía en obras

Para darle más tipismo al Mesón Gitano se organizaban fiestas flamencas con muchachas ataviadas con vestidos de sevillanas donde no faltaba el típico burro de la tierra.
El padre de la idea, don Luis Batlles, que fue un adelantado a su tiempo, se lanzó a la aventura de construir el Mesón Gitano pensando que sería una excelente inversión, tan seguro que estaba de que el turismo, que tanto dinero estaba dejando ya por Málaga y Alicante, no tardaría en aterrizar en Almería.
Cuando el empresario empezó el proyecto en aquella ladera de cuevas y miseria debajo de la Alcazaba, el aeropuerto empezaba a ser una realidad en ciernes, un triunfo indiscutible para la provincia que estaba a punto de dar el salto hacia la modernidad. El señor Batlles creía que una vez que tuviéramos el aeropuerto y con la fama que Almería había alcanzado gracias a la presencia del cine en nuestros escenarios naturales, el despegue turístico sería imparable y que sería este fenómeno el que impulsaría las mejoras en infraestructura que eran imprescindibles para que se produjera el milagro.
Empujado por esta idea que suponía un futuro esperanzador, el promotor se puso manos a la obra, y nunca mejor dicho, ya que él se convirtió en el arquitecto, en el aparejador, en el relaciones públicas y en el albañil principal de los trabajos. Llegaba a la ladera antes de que saliera el sol y se iba cuando anochecía. Retiraba escombros, levantaba tabiques, se peleaba con los vecinos de los alrededores que por costumbre utilizaban el lugar como cagadero y se colaba en los despachos del Ayuntamiento para solicitar ayuda, y sobre todo, para hacerles ver a las autoridades que aquella empresa no era una locura, que podía ser algo grande para la ciudad.
El bueno de don Luis Batlles quería tener en Almería un complejo que se pareciera en algo a las cuevas del famoso Sacromonte de Granada, que tantas veces salían en el No-Do de los cines y en los reportajes que las agencias de viajes enviaban al extranjero.
El lugar escogido parecía perfecto, a los pies de las murallas de la Alcazaba y mirando de frente al mar, con unas vistas impresionantes del barrio de la Chanca. Hasta ahí, todo perfecto. Pero había dos problemas que tal vez no tuvo demasiado en cuenta a la hora de proyectar su Mesón Gitano: el aislamiento de aquel escenario y la hostilidad que se generaba alrededor.
Cuando en noviembre de 1966 el Ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga, inspeccionó las obras del Mesón Gitano, solo tuvo palabras de elogio para el proyecto porque no vio de cerca toda la realidad. Lo montaron en un coche oficial y lo llevaron del Ayuntamiento al Mesón sin que tuviera tiempo de comprobar la miseria de los caminos que conducían a la Alcazaba. Una vez en el recinto, el señor Fraga disfrutó de las vistas impresionantes que tenía enfrente, pero no pudo ver esa otra realidad que era la pobreza del vecindario, especialmente de la gente que vivía aún en las cuevas del Pecho que lindaban con el Mesón Gitano. Los policías municipales se encargaron aquel día de que no accediera nadie, salvo los invitados, a aquella atalaya que prometía convertirse en un centro de atracción turística.
Con el visto bueno de las autoridades, don Luis Batlles siguió dejándose la vida en los trabajos. A pesar de sus esfuerzos, el Mesón Gitano nunca llegó a funcionar de verdad ni a dar dinero. Desde el Ayuntamiento trataban de dar a conocer el recinto a todos los famosos que en aquellos años nos visitaban. Si venía algún artista importante o alguna celebridad de la cultura lo llevaban al Mesón Gitano para ofrecerle un vino desde aquel espléndido balcón. Se organizaban tablaos flamencos y hasta se llegó a alquilar un burro para darle a las cuevas ese aire típico andaluz que tanto les gustaba a los turistas. Cuando en agosto de 1969 llegó a Almería la turista 15 millones, procedente de Alemania, no la llevaron a que viera la Catedral o el convento de Santo Domingo. La subieron en un coche y la bajaron junto al pozo del Mesón Gitano para impresionarla con aquellas impresionantes vistas, que no fueron suficientes para que el sueño del señor Batlles se convirtiera en realidad.