La Voz de Almeria

Tal como éramos

El hombre más fuerte de Almería

Antonio Vera fue subcampeón de España de lucha libre en los años de la República

Antonio Vera tenía un físico impresionante, de los que no se veían en aquella Almería de los años treinta

Antonio Vera tenía un físico impresionante, de los que no se veían en aquella Almería de los años treintaLA VOZ

Eduardo de Vicente
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Era un adonis, la belleza convertida en hombre, el cuerpo más perfecto que nadie había visto jamás en aquella Almería de los años treinta, en la que hacer gimnasia era cosa de locos. Cuando por las mañanas se iba a las instalaciones del balneario Diana y se ponía a hacer ejercicios en los hierros del porche, los jóvenes acudían a verlo como el que va a contemplar un gran espectáculo. Se colgaba de la barra con una sola mano y en las paralelas subía y bajaba sin despeinarse. Después agarraba las pesas de cemento y las levantaba en todas las posturas, hasta que los músculos le estallaban bajo la camiseta de sport. Cuando más congestionado estaba, echaba a correr hasta la orilla y, a los pies de la primera ola, se lanzaba de púa como si fuera el dios del mar.

Era Antonio Vera, el primer culturista que tuvimos en Almería antes de que supiéramos de la existencia de este deporte, un atleta que no solo cautivaba por su cuerpo, sino también por los bellos rasgos de su cara. Cuentan que cuando se sentaba en la terraza de un café del Paseo, los grupos de muchachas cruzaban una y otra vez por delante para contemplar aquel prodigio de la naturaleza.

Había quien decía entonces que, con ese cuerpo y con esa cara, no había venido al mundo a trabajar, que podía dedicarse a la farándula. El bueno de Antonio Vera, consciente de sus facultades, se fue a Madrid para prepararse unas oposiciones, pero su buena presencia tampoco pasó desapercibida en la capital de España y acabó convirtiéndose en el galán de la noche madrileña. Viendo que los estudios no eran lo suyo, intentó ingresar en la aviación, sin éxito, hasta que, en 1932, cuando presenciaba un combate de lucha grecorromana, un amigo lo animó a ir a un gimnasio para practicar este deporte.

Con la fuerza que tenía no tardó en destacar y, en 1934, realizó varias peleas memorables en el Price de Madrid. Sus buenas dotes de deportista y su belleza le abrieron las puertas de Europa y le empezaron a llover los contratos. Peleó en Luxemburgo, París, Oporto y hasta hizo una gira por América, triunfando en Buenos Aires.

Cada vez que a los cafés del Paseo llegaban las noticias de que Antonio Vera había logrado un nuevo triunfo, todos se acordaban de aquel joven con planta de artista que traía locas a las muchachas de su tiempo y daba lecciones atléticas en la soledad de la playa del balneario de las Almadrabillas. El día que se quedó subcampeón de España de lucha libre, toda Almería festejó el éxito.

A pesar de que tuvimos al primer levantador de pesas de esta tierra, el deporte del culturismo tardó mucho en arraigar en Almería y hubo que esperar a los años sesenta del siglo pasado para que empezaran a despuntar los primeros atletas, que entonces no gozaban del reconocimiento de la sociedad, ni tampoco del de los otros deportes.

Levantar pesas, ejercicio que hoy día es la base del entrenamiento de cualquier deportista y al que se dedican a diario miles de almerienses en los gimnasios, era una actividad maldita en la Almería atrasada de finales de los años cincuenta. En aquellos tiempos, la gente joven jugaba al fútbol donde podía y cada barrio tenía un equipo y espacios libres donde poder practicarlo, pero a nadie se le ocurría hacer del levantamiento de pesas una forma de vida. A nadie, hasta que Paco Barrilado se echó al monte, o, mejor dicho, al cerro de San Cristóbal y allí, tostándose bajo el sol, empezó a cultivar el cuerpo con una fórmula rudimentaria a base de barras oxidadas de hierro y ruedas de persianas que hacían de pesas.

La lectura de libros de la Grecia Antigua, donde aparecían grabados de atletas entrenándose con los cuerpos cubiertos de aceite, impresionó a Barrilado, que más tarde descubriría esos cuerpos esculpidos del clasicismo ateniense en las películas de héroes que llegaban a los cines almerienses de la época. Fue entonces cuando le dio por subirse cada tarde al "Santo" y, ante las miradas de los que lo tomaban por loco, se convirtió en el primer culturista de Almería. 

Se tenía que ir al cerro porque, con la pinta que tenía, medio desnudo, fuerte y levantando hierros y piedras, los policías se lo podían llevar al cuartelillo por exhibicionismo, así que tenía que entrenarse donde nadie lo viera. Pronto creó escuela. Los adolescentes del barrio lo imitaron y, a principios de los sesenta, abandonó el anonimato del monte para participar en las primeras exhibiciones que se organizaron en el Parque y en la Rambla con motivo de la Feria de Almería. En 1964 abrió su primer gimnasio y, desde entonces, ha sido un referente para todo el que ha querido iniciarse en el mundo del culturismo.

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