La Voz de Almeria

Tal como éramos

El verano que truncó la guerra

El golpe del 18 de julio de 1936 voló por los aires los planes de vida de los almerienses

Niños de la familia Díaz, vendedores de la Plaza de Abastos. Pertenecieron a la generación de la Guerra Civil.

Niños de la familia Díaz, vendedores de la Plaza de Abastos. Pertenecieron a la generación de la Guerra Civil.La Voz

Eduardo de Vicente
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La Guerra Civil, de la que ahora se cumplen 90 años de su comienzo, no duró solo tres años. Sus heridas permanecieron abiertas mucho tiempo después y marcaron a las generaciones que vinieron después. En mi caso, puedo contar que me pasé la infancia escuchando aquellas crónicas llenas de derrota y de miedo y siempre tuve la sensación de haber sido una víctima más de aquel tiempo, un niño de la guerra sin haberla vivido.

Llegué muchos años después, pero las heridas que dejaron aquellos años nunca llegaron a cicatrizar en la memoria de mis padres ni tampoco en la mía. Ellos fueron niños de la guerra, auténticos perdedores, como tantos miles de niños almerienses que no tuvieron tiempo de vivir la infancia y a los que les robaron la juventud prematuramente. Aquellos niños y niñas, aquellos aprendices de adolescentes fueron de verdad rehenes de su tiempo, los grandes perdedores de la guerra porque les quitaron el tesoro más preciado que uno puede tener a lo largo de su vida: la inocencia de la infancia y la esperanza de la juventud.

El verano de 1936 fue el último verano para una generación de jóvenes a los que la guerra cortó de raíz todas sus ilusiones. Fue un verano tan corto que apenas duró tres semanas. Fue un verano que tardó en llegar porque en las primeras fechas de junio hubo mal tiempo y la lluvia dejó vacías las playas y retrasó la esperada verbena popular a beneficio del paro obrero que cada año abría la temporada veraniega del Tiro Nacional.

Fue un verano de mucho cine y poca playa. El cuatro de junio empezó a funcionar el nuevo local de espectáculos ‘Salón Katiuska’, que se instaló en un edificio de la calle del General Luque, próximo al antiguo Hospital de Sangre, el Parque y la Rambla de Maromeros. Venía a competir con el Cervantes y el Hesperia, los dos grandes recintos de la capital que ofrecían cine durante todo el año.

El Katiuska fue el primer cine de barrio. Ofrecía dos clases de localidades, sillas y gallinero, y daba dos funciones diarias de películas sonoras, a las seis y media de la tarde y a las diez y cuarto de la noche. Los jueves programaba una función especial para los niños a las tres y media, aprovechando que esa tarde era de descanso en los colegios. Fue el verano del Katiuska y también del nacimiento de la terraza ‘Iris-Park’, que se inauguró el domingo 21 de junio en el recinto de la Plaza de Toros.

La Terraza Hesperia, que era uno de los locales de referencia del cine al aire libre, no funcionó en el verano de 1936. La empresa logró la cesión de las instalaciones del Tiro Nacional, en la Avenida de la Estación, para poder proyectar cine todas las noches y volcó sus esfuerzos en la inauguración de un nuevo recinto en el solar donde durante décadas había estado instalado el campo de fútbol llamado de Regocijos. La nueva terraza que los propietarios del Hesperia abrieron en aquella cuesta que llevaba hasta los anchurones del Quemadero fue bautizada con el nombre de ‘Versalles’ y se inauguró el 23 de junio con la película ‘Amoríos en el Parque’. El local, tras el parón de la Guerra Civil, volvió a abrirse en en junio de 1939, antes de que las autoridades ordenaran cambiarle el nombre original por el de Terraza ‘Imperial’.

El cine fue el gran aliciente de aquel verano, compitiendo con el espectáculo que el circo ‘La Alegría’ ofrecía cada tarde y cada noche en la carpa que instalaron en el Andén de Costa, frente a la prestigiosa Casa Ferrera. Los amantes de la música buscaban su pequeño refugio escuchando los conciertos que la Banda Municipal daba los jueves por la noche en el kiosco frente al edificio de Correos o disfrutando de las vocalista que actuaban en el Café Colón. El gran éxito del verano del 36 fue el ‘Trío Ron’, compuesto por tres bellas señoritas que ofrecían tres pases diarios desde las dos de la tarde a las doce de la noche. En el último pase, además de su repertorio musical, le regalaban al público un número con un toque de sensualidad, saliendo al escenario con vestidos considerados atrevidos para la época. Para San Antonio, en el barrio de Los Molinos el gremio de comerciantes organizaba verbenas al aire libre, cucañas en la plaza, una comida para los pobres de la barriada, fuegos artificiales y un concurso de baile en el que se acaba eligiendo a la muchacha más bella del lugar.

Los bailes convocaban a la juventud en el balneario Diana y en la terraza del balneario de San Miguel, donde la fiesta se prolongaba hasta la madrugada. A finales de junio, como todos los años, empezaron a llegar los forasteros para la temporada de baños. La Compañía de Ferrocarriles alentaba a los bañistas con precios especiales para viajar desde los pueblos a la capital. La vida transcurría tranquila, sin que nadie pudiera imaginar la tragedia que nos acechaba.

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