La Voz de Almeria

Tal como éramos

El carro que vendía el agua ‘buena’

Era el coche de la cuba que iba repartiendo el agua de Araoz por todas las tiendas

Juan Garrido con el carro cuba con el que iba vendiendo por Almería el agua de Araoz.

Juan Garrido con el carro cuba con el que iba vendiendo por Almería el agua de Araoz.La Voz

Eduardo de Vicente
Publicado por

Creado:

Actualizado:

Cada vez que íbamos a Granada y probábamos el agua del grifo, tomábamos conciencia de la mala suerte que teníamos en Almería con el agua que corría por nuestras cañerías. Estábamos condenados a aquel sabor insoportable a cloro que nos obligaba a tener un gasto extra en las casas para poder consumir un agua decente.

Los niños, que cuando estábamos jugando en la calle no éramos tan delicados como cuando estábamos en nuestras casas, metíamos la boca en el primer grifo que encontrábamos para saciar la sed, pero renunciábamos después a bebernos un vaso de agua del grifo en nuestra casa. Era costumbre entonces que el agua de Araoz estuviera presente en todos los hogares, no solo para beberla, también para hacer las comidas y que no tuvieran gusto a lejía.

Casi todas las tiendas tenían un bidón para despachar el agua de Araoz que traían los repartidores en aquellos camiones con cuba que llevaban una manguera infinita que se conectaba con el ‘aljibe’ del negocio. El agua de Araoz era el único recurso que teníamos para evitar el agua del grifo, antes de que llegara la moda de las aguas minerales embotelladas que empezaron a hacerse famosas a comienzos de los años setenta cuando llegaron al mercado las botellas de Lanjarón.

En Almería tuvimos un repartidor histórico, de los que llevaban el agua en un carro tirado por una mula. Se llamaba Juan Garrido Fenoy y fue durante más de veinte años el repartidor del agua de Araoz. Tenía un carro de madera con el que iba por las calles despachando el agua de puerta en puerta. Todas las mañanas, al amanecer, iba con vehículo al depósito del agua que estaba en la calle de Zaragoza, lo llenaba y empezaba el reparto por las calles del centro, que era el distrito que tenía asignado.

En 1940, cuando empezó en este oficio, la venta del agua ya era un buen negocio. Todos los bares y los cafés del centro consumían agua de Araoz, y la mayoría de las familias de clase media y alta de Almería figuraban entre sus clientes. A ninguna cafetería importante se le ocurría utilizar el agua del grifo con su clientela.

Juan recorría las calles con una puntualidad exacta, de tal forma que las mujeres ya sabían a la hora que el vendedor pasaba por su puerta. Cuando llegaba el carro salían al tranco a llenar las cacharras y las garrafas. A la una de la tarde, dejaba de trabajar, aparcaba el carro en la Plaza del Lugarico y se dirigía a su casa para almorzar.

A primera hora de la tarde volvía a la faena, que se prolongaba hasta que empezaba a echarse la noche. Al terminar la jornada se dirigía otra vez al depósito de la calle de Zaragoza para dejar allí el agua que no había vendido. Antes de marcharse a descansar tenía que pasarse por la casa de don Joaquín Cumella Orozco, el dueño del negocio, para entregarle la recaudación del día y hacer los cuentas. Algunas tardes acudía a casa del jefe en compañía de su hija Marita. Ella recordaba, como un gran acontecimiento, aquellas visitas a la espléndida vivienda que el señor Cumella habitaba en el Paseo de Almería. Lo que más le gustaba de la casa era el gran salón semicircular con grandiosos balcones que daba a la actual Plaza del Educador y el buen gusto con el que estaba decorado cada rincón de la vivienda. Juan Garrido Fenoy ganaba un jornal para sobrevivir con el reparto de mujer, mientras que su mujer, Isabel Medina López, trabajaba en su casa para que la familia pudiera salir adelante de forma holgada. Ella era una acreditada bordadora que en la década de los años cuarenta tenía montado el taller en su propia vivienda, en la calle Real, frente al bar Lupión.

En aquella época, una buena bordadora, como lo era Isabel, tenía garantizado un sueldo digno. Eran tiempos en los que las mujeres que tenían medios encargaban su ajuar de novias a las bordadoras. Sábanas, manteles, colchas, ropa interior, pasaban por las manos de las especialistas. Ella bordaba a mano y dominaba la máquina de pedal. Tenía una vieja máquina Singer que su madre le compró cuando todavía estaba en el pueblo; la tenía instalada en la cocina, la habitación donde se pasó su juventud.

Isabel trabajaba sin límites. La luz de su taller siempre estaba encendida. Había días que el sonido de la máquina no cesaba ni de madrugada porque había que tener terminado algún encargo de un cliente.

Juan Garrido e Isabel Medina consumieron la vida trabajando. Él montado en el carro que llevaba el agua buena a todos los hogares, y ella sentada frente a la máquina de coser, bordando ajuares paras las muchachas que soñaban con casarse.

tracking