La Voz de Almeria

Tal como éramos

Los años de la brillantina a granel

Fue el producto estrella en las droguerías de Almería en los tiempos de la posguerra

Empleados de la droguería El Triunfo, frente al kiosco de Amalia, en los años cuarenta. En la imagen aparecen dos pintores que estaban terminando un cartel en la fachada del negocio.

Empleados de la droguería El Triunfo, frente al kiosco de Amalia, en los años cuarenta. En la imagen aparecen dos pintores que estaban terminando un cartel en la fachada del negocio.

Eduardo de Vicente
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En la droguería Arco Iris de Pechina, que era propiedad de mis tíos Juan y Mariana, la brillantina se guardaba en un bidón de cinco litros. Con un cazo metálico iban sacando el producto cada vez que venía un cliente a llevarse una peseta de brillantina, cantidad que se solía despachar en el tarro que el propio parroquiano traía de su casa.

La brillantina, hasta los años sesenta, era un producto estrella y se puede afirmar que hasta imprescindible en los ‘armaricos’ de los cuartos de baño de los almerienses. Los que no tenían aparador, porque tampoco disponían de un aseo reglamentario, solían colocar el tarro de la brillantina y los demás artículos de cosmética en una humilde repisa de madera que se colgaba con la ayuda de dos alcayatas en la pared del cuarto del váter, junto al espejo.

En aquellos tiempos donde casi nadie se bañaba a diario y lavarse la cabeza tampoco era un ritual frecuente, la brillantina era el remedio más eficaz para que el cabello luciera reluciente, como si estuviera recién lavado, aunque no hubiera visto una gota de champú desde hace una semana. Los domingos, el Paseo, el Parque y el puerto se llenaban de hombres vestidos de limpio, con sus cabezas bañadas en aquel ungüento milagroso que los hacía parecer más limpios, más guapos y más elegantes.

En mi casa nunca faltaba uno de aquellos botes de la marca Ryelliss que se pusieron de moda en los años sesenta. Venían en formato pequeño, en un recipiente de color azul con un eslogan que decía “el acabado perfecto de su peinado”. Como la brillantina daba mucho de sí, bastaba con echarse un par de gotas en las manos para que el pelo te brillara como si acabara de nacer.

Recuerdo aquellas mañanas de domingo, cuando mi madre nos lavaba la cabeza en el patio con un barreño y cazos de agua caliente. Era una auténtica tortura, porque el agua nunca estaba en su punto, a veces demasiado caliente y otras demasiado fría, y porque tenías que soportar el picor que te producía el champú cuando irremediablemente te rozaba los ojos. Con el pelo recién lavado y una mano suave de brillantina, salíamos a la calle a pasear, tan limpios, tan bien vestidos, que en mi caso me costaba trabajo reconocerme cuando me ponía delante del espejo, tan acostumbrado a la ropa de batalla de los días de diario.

Antes de que la brillantina envasada se vendiera en todas las tiendas, el producto se despachaba exclusivamente en las droguerías, que entonces estaban distribuidas por todos los barrios. Casi todos teníamos nuestra droguería de confianza, en la que el dueño o el empleado, nada vernos aparecer por la puerta, ya sabía la colonia que nos íbamos a llevar.

A mí me gustaba ir a comprar medio litro de aguarrás a la droguería de Juanjo, frente a la iglesia de Santiago. Disfrutaba viendo aquellas estanterías donde lo mismo te encontrabas un manojo de brochas colgadas de una púa que latas de pintura de todos los colores o uno de aquellos remedios para la calvicie que todo el mundo sabía que no servían para nada.

Uno pensaba entonces que los dueños de las droguerías eran sabios o brujos, porque hablaban con tanta seguridad como si conocieran todas y cada una de las propiedades de cada producto y las explicaban con una carga de pedagogía propia de un profesor.

Lo que más me atraía era el perfume de las droguerías. Aquellos olores se multiplicaban cuando uno entraba y se encontraba con los sacos llenos de género, con las viejas estanterías donde destacaba el Cucal que se usaba para matar las cucarachas y los paquetes del Tu-tú, que fue uno de los primeros detergentes que se vendieron en envase de cartón. En aquellos años hasta el alcohol se vendía a granel; venía en bidones y había que sacarlo chupando por una goma con el riesgo de meterse en la boca una tragantada del producto.

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