La Voz de Almeria

Tal como éramos

El olor a leña de las panaderías

La panadería de la señora Martirio perfumaba el primer tramo de la calle Granada

Un montón de leña ocupando los callejones próximos a la calle Granada, a la altura de la calle Judía.

Un montón de leña ocupando los callejones próximos a la calle Granada, a la altura de la calle Judía.

Eduardo de Vicente
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Cuando nos encontramos delante de un cartel que anuncia “pan de leña” sentimos la necesidad de entrar a la tienda y comprar una barra. El pan de leña lo llevamos en el subconsciente, forma parte de nosotros como una herencia y como una experiencia lejana que pudimos disfrutar cuando éramos niños y el pan era un milagro de verdad.

Todavía llevamos en la memoria el recuerdo que nos dejó el perfume que dejaba el pan recién hecho cuando por nuestra calle pasaba el panadero a media mañana. No hacía falta que tocara el claxon ni que anunciara su llegada con un altavoz, bastaba ese rastro a obrador que iba dejando para que todos fuéramos conscientes de su presencia. El barrio que tenía una panadería cerca era una bendición. Despertarse y que al abrir la ventana entrara el olor del pan por todas las habitaciones era un privilegio irrepetible y una experiencia que te dejaba huella para toda la vida.

Durante muchos años, los vecinos de la calle de la Judía llevaron impregnado en la piel el olor del horno de la panadería de la señora Martirio, cuyo aroma se colaba como un viento fresco hasta el corazón de las viviendas. A la panadería se entraba por la calle de Granada, pero el obrador estaba en la trastienda, en la parte de atrás que daba a la calle de la Judía. De vez en cuando, aparecía por aquellas calles un carro tirado por mulas con un cargamento de leña para alimentar el horno. Lo descargaban en la misma calle, formando una montaña durante un par de días frente a la puerta del obrador. Allí, junto a la leña, descargaban también la sal, que entonces venía en piedras, y que era una distracción para los niños del barrio cuando jugaban a rozarla con la mano para después chuparse los dedos.

La calle de la Judía era, hasta los años sesenta, uno de esos pasajes que a pesar de estar a menos de cincuenta metros de la Puerta de Purchena, mantuvo intacto su corazón de lugar tranquilo, de callejón de barrio, refugio de las tradiciones donde sus gentes mantuvieron durante décadas las mismas formas de vida. Compartía protagonismo con la calle Marcos; ambas se juntaban para formar una estrecha avenida que corre paralela por encima de la calle de Granada, salpicada de callejuelas que bajaban desde la Rambla de Alfareros. Allí reinaba el olor a pan con la misma fuerza que lo hacía en la calle del Reducto, donde la panadería de Antonio Herrera llegó a ser el refugio espiritual de todo un barrio. Nada reconfortaba más el estómago y el alma que una de aquellas tortas de manteca que salían del horno cuando empezaba a amanecer.

El horno de la panadería de Antonio fue uno de los motores que le dieron vida al barrio. El horno fue la esperanza de muchas familias que cuando no tenían recursos para poder comer todos los días, acudían allí a por un kilo de pan fiao. “Antonio, déjeme usted que ase estos boniatos para los niños, que no tienen otra cosa para la cena”, le pedían las mujeres, y él no dudaba en prestarle el horno para que pudieran comer esa noche.

El horno se ponía en marcha por la tarde y no dejaba de funcionar durante toda la madrugada. Cuando por culpa de las frecuentes restricciones escaseaba hasta la leña, el horno seguía encendido aunque fuera a base de esparto y de cáscaras de almendras, el combustible de los pobres.

Como se pasaban tantas penurias, el panadero dejaba que los chiquillos de la calle se colaran en el cuarto de la leña y allí, entre los montones de cáscaras, hurgaban con la paciencia que sólo da el hambre, en busca de alguna almendra extraviada.

Cuando empezaba a anochecer, y la chimenea repartía por el aire los primeros aromas de pan casero, los niños revoloteaban por la puerta de la panadería por si se escapaba un cacho de pan o alguna torta que se hubiera roto en pedazos.

Por Navidad, cuando los hombres regresaban de la mar con los bolsillos llenos, el horno no paraba en todo el día sacando aquellos suculentos panes de aceite, mantecados y tortas de manteca que llenaron las despensas de todo un barrio.

La panadería de Antonio competía con ‘La Mezquita’, situada en la esquina con la calle Cruces Bajas, y también con el espléndido obrador que Nicolás Cuadrado tenía en la Plaza Pavía. Formaban tres santuarios cuando el pan era el milagro diario que llenaba de vida las casas más humildes y las cuevas más recónditas del cerrillo del Hambre.

La competencia era fuerte, pero había vida para todas las panaderías, y cada una de ellas le daba trabajo a media docena de obreros. Con el tiempo fueron cayendo negocios, pero la vieja panadería de la calle Reducto se mantuvo firme en el corazón de un barrio castigado por la falta de expectativas.

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