La Voz de Almeria

Tal como éramos

El espigón de los que no iban a clase

En 1970 se terminó el espigón de San Miguel, un buen refugio para los estudiantes que se fugaban del instituto

El espigón de la playa de San Miguel en 1975, cuando aún estaba funcionando el cargadero de mineral conocido como el Cable Francés.

El espigón de la playa de San Miguel en 1975, cuando aún estaba funcionando el cargadero de mineral conocido como el Cable Francés.

Eduardo de Vicente
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Las playas, el puerto, el faro y los espigones siempre fueron un territorio propicio para las escapadas en los días de diario. La soledad de aquellos lugares en invierno los convertían en excelentes refugios para los que querían fugarse del mundo y sus ruidos durante un rato y para aquellos que decidían tomarse un día libre en la apretada agenda escolar.

La construcción del espigón de la playa de San Miguel, en 1970, puso en escena un nuevo refugio para que los robinsones de ciudad pudieran disfrutar de sus soledades mirando al mar. Qué buen lugar para los pescadores que se pasaban las horas muertas hablando con las profundidades y para los adolescentes que en vez de entrar al Instituto Masculino desviaban su camino para internarse en los misterios de aquel dique que penetraba ciento cincuenta metros en el mar. Una imagen que se fue haciendo habitual en aquella década fue la de los estudiantes cargados con sus carteras que se ocultaban en las rocas del espigón ajenos a sus obligaciones. Mientras sus compañeros batallaban con las matemáticas y las oraciones, ellos disfrutaban de ese pequeño paraíso que les ofrecía el espigón, mientras se fumaban a medias los cigarrillos sueltos que compraban por el camino.

El espigón de San Miguel se levantó con la finalidad de evitar el paso de materiales sueltos, tanto en arrastre como en suspensión, hacia el embarcadero de mineral que estaba instalado en la playa de al lado. Estos materiales, empujados por el mar, perjudicaban gravemente el atraque de los barcos y obligaban a la intervención constante de la draga, lo que suponía una pérdida de tiempo importante y un coste económico innecesario. El espigón se aprovechó también para instalar en el extremo pegado al mar un mareógrafo , un aparado que el Instituto Geográfico montó para medir y registrar las variaciones del nivel del mar, ya fuera por la acción de las mareas, de un movimiento de tierra o por cambios climáticos.

La nueva instalación formaba parte del proyecto de Paseo Marítimo que , entre otros objetivos, buscaba la recuperación y defensa de las playas de Almería situadas a poniente del espigón de la Central Térmica, una zona en la que se había producido un fenómeno de regresión muy acusado que empezaba a afectar gravemente a las edificaciones.

Para empezar a levantar el nuevo barrio marítimo y su malecón era necesario esa regeneración de la playa, pero cómo había prisas por hacer negocio, como los promotores apretaban viendo la posibilidad de sacar tajada, la construcción de edificios se adelantó a todos los proyectos y antes de que comenzaran las obras de regeneración de la playa ya estaban en pie los monstruos de hormigón, auténticos heraldos de los nuevos tiempos.

Tras una década de gestación, el proyecto del Paseo Marítimo empezó a caminar de verdad en el otoño de 1968, cuando salieron a subasta las obras, tanto del malecón como las de la regeneración de la playa, por un presupuesto de sesenta y tres millones de pesetas de los que aproximadamente la mitad, eran financiados por el Instituto Nacional de Industria.

El proyecto comprendía un Paseo Marítimo desde el espigón de la Térmica a la zona conocida como Villasorrento, y una serie de once espigones hasta la playa de San Miguel para retener las arenas y defender la playa. En 1969 comenzaron las obras del Paseo Marítimo.

En aquellos tiempos los temporales seguían castigando con dureza el litoral y las aguas batían con estrépito la cimentación de los edificios en los días más crudos de viento. El nuevo barrio presentaba un aspecto fantasmagórico, con los edificios gigantescos recién construidos, la playa aún sin regenerar y las olas lamiendo los pies de las construcciones como si quisieran tragarse los cimientos de las viviendas.

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