¿Quién se llevó la placa del obispo?
El rótulo de la estatua, hecho en bronce, desapareció tras el paso de Patton por la Catedral

El 24 de agosto de 1964 la ciudad le rindió homenaje a Diego Ventaja levantando una estatua en la Plaza de la Catedral. En la foto, el alcalde Cuesta Moyano bajo sombrilla que portaba un funcionario.
En el pedestal original de la estatua del obispo Diego Ventaja figuraba una placa de bronce con el escudo del prelado grabado en relieve y el nombre del que fue el mártir por antonomasia tras su trágica muerte al comienzo de la guerra civil.
La placa de bronce estuvo adornando el monumento, que sobrevivió delante de la puerta de la torre del campanario hasta que en 1969 lo tuvieron que quitar para el rodaje de la película Patton. También se llevaron la vieja fuente de mármol blanco y los jardines y todo el piso de la plaza se cubrió con toneladas de arena para que pudieran pasar los tanques que durante varias semanas tomaron el recinto. Cuando en septiembre de 1970 la estatua regresó a su lugar de origen, ya no tenía colocada la bella placa de bronce. Como suele ser habitual, siempre se pierde algo en las mudanzas, y en este caso le tocó al obispo, por lo que hubo que improvisar la pérdida con otra placa mucho menos vistosa y más pobre.
La estatua de Diego Ventaja vino a saldar una vieja deuda que la ciudad tenía con el último obispo que tuvo la diócesis antes de la guerra. Su carrera como Obispo de Almería fue corta, apenas un suspiro, hizo su entrada en la ciudad el 16 de julio de 1935 y un año después, la guerra civil precipitó su mandato y también su vida, ya que fue asesinado el 31 de agosto de 1936.
Cuando las tropas nacionales volvieron a controlar la ciudad y la Iglesia empezó a reconstruir sus cimientos, se tomó como una obligación inmortalizar la figura del obispo para que la historia lo reconociera como el gran mártir de la ‘cruzada’.
En agosto de 1940, el Ayuntamiento aprobó una moción de la comisión de festejos para erigirle un monumento en la Plaza de la Catedral, que entonces era el corazón de la reconquistada ciudad de Almería. A pesar de que el acuerdo fue rotundo, a pesar de que parecía que no había una obra de mayor importancia que hacer en esos momentos, el proyecto se quedó guardado en un cajón municipal y tardó más de veinte años en volver a ver la luz. En 1962, gracias a la iniciativa del Obispo don Alfonso Ródenas, se dio luz verde para encargarle la construcción del monumento al escultor Enrique Pérez Comendador.
La obra, de dos metros y medio de altura, estaba compuesta por una estatua de bronce fundido sobre un pedestal de piedra. Se terminó en el verano de 1963 y en agosto del siguiente año fue colocada delante de la torre, cerca de la puerta del campanario. El acto de bendición se celebró el 28 de agosto de 1964 y para la inauguración llegó una escuadrilla de helicópteros procedentes de Rota, que arrojaron flores sobre el monumento.
El acto, encuadrado dentro del programa de fiestas en honor de la Virgen del Mar, se programó temprano, a las diez de la mañana, para evitar en lo posible el castigo del sol de agosto, pero las autoridades, que eran muy susceptibles al calor, no quisieron correr riesgos y optaron por echar mano de un empleado municipal, que con una sombrilla de las que se utilizaban para resguardar a los guardias municipales de tráfico, llenó de sombra las figuras del alcalde y del señor obispo.
La estatua de Diego Ventaja fue el mejor argumento para emprender una profunda reforma de la plaza, una reforma efímera, ya que cinco años después, los tanques de Patton dejaron la plaza echa un solar y hubo que volver a reformarla.
El regreso definitivo de la estatua a su ubicación, en septiembre de 1970, fue el inicio de la etapa moderna para la Plaza de la Catedral, que volvió a tener jardines, rematados con dos estanques de agua de entrada y salida constante que le dieron otro aire al lugar. Mientras que el Ayuntamiento se molestaba en adecentar el recinto arreglando jardines, reponiendo luces y limpiando la plaza, los niños se saltaban las normas a fuerza de balonazos y escaramuzas sin que la intervención de los guarda jardines los intimidaran. No tenían autoridad suficiente, todo el mundo sabía que aquellos vigilantes que procedían de la Banda de Música Municipal no estaban preparados para la guerra que los niños les declaraban una tarde sí y otra también.
Era muy común ver a los chiquillos escalar por la fachada principal del templo para subirse en las cabezas de los ángeles que flanqueaban la puerta. Era muy común que convirtieran la santa estatua del Obispo Diego Ventaja en una atalaya a la que sólo accedía el más fuerte, y que le colocaran gorros de papel en la cabeza y le amarraran globos en la mano de bronce que daba la bendición.