La Voz de Almeria

Tal como éramos

La sala de los futbolines, la otra escuela

Como en el colegio, en los salones recreativos también existía la figura del maestro

El cura de la parroquia de San José, don Manuel Sánchez, jugando una partida en los futbolines de Manrique, en el Barrio Alto.

El cura de la parroquia de San José, don Manuel Sánchez, jugando una partida en los futbolines de Manrique, en el Barrio Alto.La Voz

Eduardo de Vicente
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En una de aquellas salas donde jugábamos al futbolín aprendimos que la victoria compartida era como ganar dos veces y que perder acompañado te hacía menos oscuro el camino de vuelta. Allí, entre el humo del tabaco furtivo de los adolescentes y las frases gamberras, fuimos descubriendo el valor de la amistad y esas otras cosas de la vida que nos interesaban más que las que nos enseñaban en la escuela.

La sala de futbolines tenía también algo de colegio porque ibas aprendiendo lecciones y haciendo amigos y porque como pasaba en la escuela, allí también te encontrabas con la figura de un maestro. Los encargados de los futbolines se convertían en maestros para los niños. “Maestro, cámbieme usted este duro en pesetillas para echarlas al futbolín”, era una frase repetida dentro de los locales. “Maestro, deme usted un cigarro suelto”, y allí iba aquel buscavidas, derecho al cajón donde guardaba el tabaco de tapadillo para venderlo a los menores de edad.

Los maestros de futbolín formaban parte de aquel mundo juvenil que caminaba en el filo del alambre, siempre al borde de lo prohibido, desafiando lo políticamente correcto. Los maestros se pasaban el día metidos en aquellos agujeros que no cerraban ni para el almuerzo. Solían colocarse un mandil con amplios bolsillos para el cambio y manejaban los hilos del establecimiento detrás de un pequeño mostrador donde guardaban los cartones de tabaco y las bolas de repuesto. 

La vida del maestro de futbolín no era cómoda porque tenía que mantener los ojos bien abiertos para evitar los engaños. Los futbolines eran lugares visitados también por el golferío del barrio, que utilizaba todos los trucos a su alcance para jugar sin poner dinero. Una de las trampas más famosas era la de colocar trapos en el hueco interior de las porterías para impedir que la pelota acabara en el vientre del futbolín cada vez que se marcaba un gol.

En muchos casos, el maestro no era el propietario del negocio, sino un trabajador jubilado que por cuatro duros aceptaba encerrarse en aquellas jaulas de leones con pretensiones de comerse el mundo y lo que se les pusiera por delante.

Los futbolines de barrio fueron mucho más que centros recreativos o negocios de moda que aprovecharon el tirón de un juego. Los futbolines llenaron el tiempo libre de los desocupados y marcaron los ratos de ocio de varias generaciones que encontraron en ellos el refugio perfecto para esconderse en las horas que le robaban a los estudios. Los futbolines fueron también pequeños paraísos donde los muchachos encontraban algunas libertades que no le estaban permitidas en la calle. Entrar a uno de estos locales significaba aislarse de la disciplina de la familia, del colegio, del trabajo y penetrar en un pequeño cosmos donde reinaba a sus anchas ese espíritu de camaradería y complicidad que tanto necesitaba la juventud de entonces.

Los futbolines se regían por códigos distintos a los de la calle. Los niños se transformaban en hombres dentro del local como si aquel ambiente de compañerismo a granel y libertad excesiva los hiciera crecer repentinamente, de tal modo que en esa atmósfera de seguridad podían gozar de ciertos privilegios como fumar a sus anchas y utilizar el lenguaje cuartelero que tanto atraía a los adolescentes.

Fue a comienzos de los años sesenta cuando empezaron a florecer por todos los barrios de Almería. Bastaba con un local modesto o con un viejo portal medio abandonado para que brotaran unos futbolines. Fueron muy célebres los de Manrique, en la calle Real del Barrio Alto, enfrente del estanco antiguo. Manrique fue un buscavidas que durante años se estuvo ganando el jornal con un puesto de turrones con el que iba recorriendo las ferias de los barrios y de los pueblos. Cuando se le pasó la edad del peregrinaje tuvo que empezar la aventura con los futbolines.

La fiebre del futbolín llevó a que se organizaran campeonatos por todos los barrios. En 1961 se llegó a celebrar un trofeo entre los colegios más importantes. Hasta en los Hogares Juveniles que venían de los tiempos de Falange, y que estaban muy ligados a la juventud católica de la época, tuvieron que instalar futbolines para que los adolescentes no desertaran masivamente.

Junto a los futbolines de barrio, arrabaleros y destartalados, existieron otros más solemnes y organizados, futbolines de centro de ciudad como los que montaron en el Café Colón. Jugar en los futbolines del Colón era como hacerlo en un gran estadio porque eran de máxima calidad y gozaban del mejor equipamiento. Los fines de semana era muy difícil encontrar un hueco para poder echar una partida.

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