Cuando se llevaba lo de poner motes
Una de las diferencias entre la escuela y el instituto es que los profesores del Bachillerato tenían su nombre y su mote

En la silla presidencial el querido y recordado profesor de Matemáticas del instituto don Francisco Saiz Sanz, que no se libro del típico mote de los alumnos. Lo conocían como ‘el matraca
No era lo mismo un apodo que un mote. Un apodo tenía un componente afectivo que no tenía el mote. El apodo solía describir una cualidad, mientras que en la mayoría de los casos el mote destacaba un defecto. A Garrido, un jugador que tuvo el Almería en los años 70, se le colgó el apodo de ‘teniente Colombo’ porque corría con la cabeza agachada como caminaba el célebre personaje televisivo. Era un apodo porque resaltaba una característica de un famoso. Mote era el de José Galera Balazote, el querido Pepe ‘el Habichuela’, que llevó toda su vida colgado aquel sobrenombre que alguien le puso por su pequeña estatura, por parecer tan poca cosa como una simple habichuela.
Los motes formaban parte de la vida cotidiana y solían ser más importantes incluso que el nombre. Nos gustaba poner motes aunque no siempre eran bienvenidos, había quien los aceptaba con agrado, había quien los asumía con resignación y había quien se rebelaba por considerarlo un insulto. En mi barrio teníamos a Juanico ‘el Caca’ que vendía tebeos y golosinas en un portal de la Almedina; a Juan ‘el Tigre’ que era el ‘blanqueaor’ más famoso del distrito; a Antoñico ‘el Perrero’ que se ganaba un sueldo en la perrera municipal y los domingos tenía su paga animando a la afición en el campo del Almería a toques de corneta.
Había motes universales como el de Luis ‘el de los Perros’, como del propio Pepe ‘el Habichuela’ o el mítico ‘Fogovivo’, conocidos en toda la ciudad, y había motes más restringidos, como los que los alumnos se inventaban para quitarle severidad a los profesores. Tal vez, una de las formas que tenían los adolescentes del instituto de rebelarse contra esa autoridad y de paso desmitificar la figura intocable del profesor era la de recurrir a los motes. Un profesor con su mote correspondiente nos parecía menos duro, más vulnerable, como si de pronto lo hubiéramos bajado de la tarima para situarlo a nuestra misma altura.
Los motes no obedecían a razones filosóficas ni a cuestiones del alma, sino a motivos tangibles como una característica física, un tic nervioso o alguna manía que saltaba a la vista de toda la clase. En el instituto Masculino de Ciudad Jardín fue muy célebre la figura de un profesor de Dibujo al que varias generaciones de alumnos conocieron con el apodo de ‘el Pechuga’ porque había adquirido un extraño gesto de estirar el cuello, que repetía de forma compulsiva ante la atenta mirada de toda la clase que esbozaba en silencio una sonrisa cómplice cada vez que el profesor sacaba el pescuezo.
Contemporáneo al ‘Pechuga’ fue ‘el Zanahoria’, otro profesor de Dibujo por el que pasaron cientos de jóvenes a lo largo de tres décadas. El mote respondía al tono rojizo de su cara. Tanto uno como otro conocían sus motes, pero lo disimulaban y pobre de aquél al que se le escapara el apodo delante del afectado.
Los profesores de Dibujo se prestaban mucho a los motes. Además de los ya mencionados por el Masculino pasaron ‘El caballero negro’ y ‘el Pajarito’, en esos primeros años setenta donde todavía daba clases el mítico profesor de Matemáticas don Francisco Saiz Sanz, también conocido como ‘el Matraca’.
Había motes descriptivos como el de aquel profesor de Latín que llamaban ‘el cazamoscas’ porque tenía un tic nervioso que lo empujaba a abrir y cerrar la boca de forma compulsiva, o aquella profesora de Griego que los niños conocían como ‘la engaña baldosas’ por la forma tan peculiar con la que andaba.
A veces, ni los curas se libraban de los motes de los alumnos. En el Instituto de los primeros años sesenta era toda una institución el sacerdote don Miguel Sánchez, apodado ‘el Atila’, no se sabe bien si por su dureza o por lo aficionado que era a poner un ‘uno’ como nota en los exámenes.
Los motes también podían afectar a los maestros. En los años setenta, en la Sagrada Familia, había un director al que los niños bautizaron como ‘Pepe el tarjetillas’ porque calificaba la conducta de los alumnos poniendo puntos verdes o puntos rojos en una tarjeta que cada niño llevaba en la cartera como si fuera un visado del bien y del mal.