La Voz de Almeria

Tal como éramos

El autoestop se hacía en las gasolineras

En Las Lomas se ponían los viajeros que iban para Granada o Murcia y en la de Trino los que querían ir a Málaga

La célebre estación de servicio de Las Lomas, en las afueras de la ciudad, antes de llegar al cementerio. Como tantas gasolineras, florecieron con el boom de los coches de los años 60. Allí se situaban para hacer autoestop los viajeros que iban para Granada y Murcia.

La célebre estación de servicio de Las Lomas, en las afueras de la ciudad, antes de llegar al cementerio. Como tantas gasolineras, florecieron con el boom de los coches de los años 60. Allí se situaban para hacer autoestop los viajeros que iban para Granada y Murcia.

Eduardo de Vicente
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La gasolinera más cercana que teníamos era la de Miras y Martín, la del garaje de Trino, entre la Carretera de Ronda y las Almadrabillas. Allí íbamos los niños en busca de la manguera del agua cuando regresábamos sedientos y llenos de arena de la playa y cuando necesitábamos darle aire a las ruedas de la bicicleta o al balón de reglamento que se había desinflado.

Era frecuente, cuando pasabas por aquella estación de servicio, encontrarte con alguno de aquellos aventureros que se colocaban al lado de la carretera haciendo autoestop. Era un tiempo en que la inocencia no se había evaporado todavía del alma de la sociedad y todos nos fiábamos de todos, por lo que siempre aparecía algún conductor caritativo que aceptaba subir en su coche a un desconocido para llevarlo lejos.

En la gasolinera de Trino se colocaban los viajeros que iban en dirección a Málaga, mientras que los que querían buscar los caminos de Murcia y de Granada solían situarse en la estación de servicio de Las Lomas, en el camino que iba al cementerio. Por allí pasó Alberto Álvarez, un personaje que se hizo famoso en España y fue bautizado como el rey del autoestop cuando decidió darle la vuelta al país utilizando el recurso del dedo. Entonces no solíamos emplear mucho la palabra autoestop y preferíamos la expresión “hacer dedo” que era más coloquial, más callejera.

Los que más éxito tenían haciendo autoestop eran los soldados. Todo el mundo subía en su coche a un desamparado militar de reemplazo cuando lo veían a la orilla de una carretera con el petate a cuestas; por contra, los que tenían que esperar más tiempo haciendo dedo eran los hippies, los melenudos descamisados con pinta de no haberse duchado en varias semanas.

Las estaciones de servicio no eran solo un lugar para repostar y marcharse. En casi todas había un bar con su restaurante que se llenaba de camioneros y en el que destacaba, como una parte fundamental del decorado, un expositor giratorio lleno de cintas de casete destinadas a los conductores. Para los profesionales del volante existía un menú del día a un precio razonable y para ellos instalaban aquel expositor metálico cargado con casetes, que solía ocupar un lugar preferente cerca de la barra principal. Llamaba la atención por su despliegue de colores y la mezcla de distintos géneros musicales a precios de oferta. Lo mismo se podía encontrar una cinta de marchas militares que un casete con lo mejor de Manuel Gerena, aquel cantante de flamenco-protesta que se hizo popular en los años de la Transición.

Había establecimientos donde el mismo expositor con las mismas canciones podían resistir durante varios años sin renovarse. En este caso se podían reconocer porque a las cintas se le habían desgastado ya los colores y olían a café y a calamares fritos .

En los casetes de las gasolineras era complicado encontrarse con un artista de primer nivel, como mucho, aparecían los grandes éxitos de Julio Iglesias con truco, es decir, cantados por otro. El espectáculo de los expositores de casetes estaba, precisamente, en esa fauna de artistas de tercera división que buscaban el mercado rápido y sin exigencias que encontraba en los bares de carretera. Las canciones de la mili, los chistes de Arévalo, el ‘Amigo conductor’ de Perlita de Huelva o las ocurrencias de Emilio el Moro, estaban siempre presentes, dispuestas a sonar en los radio casetes de los camioneros, de los taxistas y de los viajantes.

Nunca faltaban los casetes con villancicos navideños, los éxitos de Rafaela Carra y Torrebruno, o lo mejor de los Hermanos Calatrava. Para los amantes del flamenco siempre había a mano una cinta de Porrina de Badajoz o de Juanito Maravillas.

A finales de los años ochenta, junto a los viejos expositores de casetes, aparecieron otros más modernos cargados con cintas de vídeo de películas pornográficas. Como ocurría con los casetes de cantantes, eran películas baratas, producciones de bajo presupuesto que no tenían otra salida que el mercado sin exigencias de bares y gasolineras.

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