La Voz de Almeria

Tal como éramos

La Almería de las paredes empapeladas

El primero que llegaba te pegaba un cartel en la pared como si no pasara nada

Aspecto de una vivienda del Paseo de Almería en 1976, cuando estaba permitido que te llenaran la fachada de carteles.

Aspecto de una vivienda del Paseo de Almería en 1976, cuando estaba permitido que te llenaran la fachada de carteles.

Eduardo de Vicente
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Aquello no era ningún delito y estaba tan asumido que los almerienses veíamos como algo normal que llegara un señor con un cubo de cola y un cepillo en las manos y te pegara un suculento cartel junto a la puerta de tu casa. Hubo un tiempo, allá por los años setenta, en que vivíamos empapelados por dentro y por fuera. Fue la época en la que se puso de moda decorar las habitaciones con papel pintado para remozar el aspecto de las viviendas.

El papel pintado cambió la estampa de nuestras viejas paredes desconchadas a las que una vez al año el ‘blanqueaor’ les daba una mano de pintura para combatir la maldita humedad. El papel, sembrado de colores, flores y estampados, llegó con la promesa de quitarnos la humedad y de cambiar el aspecto monótono de nuestras paredes, que se llenaron de vida para adaptarse a los nuevos tiempos. El papel pintado nos decoró las habitaciones y se llevó por delante una costumbre muy arraigada entre los adolescentes de aquel tiempo, los póster del dormitorio. El día que vimos entrar en nuestra habitación a un padre y a una madre ‘armados’ con una brocha, un cubo lleno de cola y varios rollos de papel pintado, comprendimos que la fotografía de nuestro cantante favorito y de nuestro equipo de fútbol ya estaba sobrando allí.

El papel formaba parte de nuestra existencia, su presencia era tan rotunda que hasta en las tiendas nos envolvían los alimentos en papel antes de que se impusieran las bolsas de plástico. Cuando nos íbamos a comer un arenque y había que chaparlo antes en una puerta, se envolvía en papel viejo de periódico, que entonces estaba muy presente en las casas porque se utilizaba hasta en el váter.

Con papel hacíamos los niños los barcos que poníamos a navegar en los charcos después de la lluvia y aquellas cometas que echábamos a volar desde los terraos. Fabricábamos gorros de papel, pajaritas de papel y hasta máscaras para disfrazarnos. Estábamos tan familiarizados con el papel que no nos escandalizábamos cuando llegaba el hombre del cubo y la cola y empapelaba una fachada del Paseo con el cartel del circo ruso que estaba a punto de debutar en la ciudad. No importaba que se tratara de un edificio noble y de una fachada monumental, el empapelador callejero no respetaba ni estilos arquitectónicos ni tampoco la historia.

A los adolescentes de aquel tiempo nos gustaba mucho despegar carteles, así que casi todos compartíamos la afición de pasar por una fachada y tirar de la esquina de una cartel para llevárnoslo por delante y dejar la pared completamente descompuesta.

Había algún vecino, sobre todo los comerciantes del centro que se jugaban su dinero y su prestigio, que siempre estaban en pie de guerra con la cartelería y terminaban pintando en sus fachadas aquellos letreros que decían: “Anuncio no” y “Prohibido pegar carteles. Responsable la empresa anunciadora”.

Nos metimos en la década de los setenta con la ciudad patas arriba por el alcantarillado que estaba aún por rematar y con ese aspecto de suciedad y dejadez que daban las paredes sembradas de carteles. Aquello era una orgía cartelera; había rótulos de todos los gustos y colores. Cuando llegaba algún circo nos decoraba las fachadas con nombres de payasos y trapecistas; cuando llegaba la Feria nos despertábamos con los carteles del espectáculo del bombero torero que tanto éxito tenía en la ciudad; cuando llegaba la temporada de pedir para los niños del tercer mundo colgaban en las paredes los carteles del Domund que pedían la colaboración de los ciudadanos.

Los cines también se anunciaban en las fachadas cuando venía un estreno importante y hasta las revistas de cierto renombre que aparecían en agosto por el Teatro Cervantes dejaban su sello en forma de cartel. A aquella vorágine permanente, a esa revolución cartelera, se unió a partir de 1976 la fiebre política que con la llegada de los primeros vientos democráticos inundó toda la ciudad de propaganda.

Cuando llegaban las elecciones se celebraba la noche de la pegada de carteles y al día siguiente Almería aparecía envuelta en un manto de eslóganes pidiendo el voto. Recuerdo aquellos carteles que hicieron historia: “Pon tu voto a trabajar”, “Por el cambio” o el que decía “Vota centro, vota Suárez”, que se quedaron con nosotros en las fachadas y nos acompañaron hasta mucho tiempo después de las elecciones.

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