La Voz de Almeria

Tal como éramos

El humo que profanaba la vega

La Central Térmica de El Zapillo y la Celulosa fueron dos golpes mortales para la vega de Almería

La carretera que iba de El Zapillo al río era un camino mal asfaltado en los años 60, cuando las chimeneas de la Térmica reinaban entre los últimos vestigios de la vega y la playa.

La carretera que iba de El Zapillo al río era un camino mal asfaltado en los años 60, cuando las chimeneas de la Térmica reinaban entre los últimos vestigios de la vega y la playa.

Eduardo de Vicente
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En los años sesenta, la carretera que iba desde las últimas casas de El Zapillo hasta la desembocadura del río era todavía un camino precario cubierto de una capa de asfalto rudimentario por el que transitaban más carros que coches. En aquel escenario se mezclaba el pasado con el futuro de una manera inexorable. Por un lado aparecía la grandeza de la playa, incontestable, indomable, siempre agitada por los vientos que dejaban el aire limpio como un espejo. Junto a la playa sobrevivían aún los últimos vestigios de la vega, aquellas filas de cañas, aquellos rastros de los bancales medio abandonados que en otro tiempo habían sido fértiles huertas que formaron parte de la despensa de la ciudad.

Entre el mar y la vega se había colado un forastero sospechoso, una industria que llegó repartiendo ilusiones y puestos de trabajo y que acabó erigiéndose en el gran enemigo de todas aquellas formas de vida que representaba la vega. La Central Térmica no solo le robó terreno, sino que también contaminó su aire y precipitó su caída.

Sobre aquellos terrenos fértiles y mediante una orden de ocupación forzosa dictada por la Autoridad Judicial, comenzaron las obras de la Central Térmica en el mes de enero de 1956. Las autoridades eligieron este espacio, unos terrenos de 65.000 metros cuadrados, junto al Camino de Jaúl, (entonces no urbanizables), por su favorable ubicación, ya que estaban alejados del núcleo urbano y a una distancia considerable del río Andarax, por lo que no existía riesgo de inundaciones en caso de riadas. Además, estaba muy cerca del mar, por lo que la aportación de caudales marinos para la refrigeración de los motores estaba asegurada. Las obras contemplaban, además del recinto propio de la central, la construcción de un sistema de abastecimiento de fuel-oil mediante canales subterráneos de algo más de dos kilómetros de longitud, que atravesaban lo que hoy es la Avenida del Mediterráneo, entonces terrenos de vega. A la vez, había que levantar un espigón para coger el agua del mar. Esta fue una de las obras más costosas, ya que fue necesario penetrar 250 metros mar adentro y construir dos canales para que penetrara el agua y pudiera refrigerar el turboalternador y la caldera de la central.

El 23 de julio de 1958, se conectó la Central Térmica y el 30 de abril de 1961 se llevó a cabo la ceremonia de inauguración, a la que asistió el Jefe del Estado, Francisco Franco. En su discurso de aquella tarde, Franco se refirió al abandono de nuestra provincia con estas palabras: “Almería, durante estos veintidós años, ha estado siempre presente en mi pensamiento porque conocía vuestros muchos problemas, sabía de vuestros sufrimientos y había comprobado vuestro secular abandono”, dijo el Caudillo.

La Térmica nos trajo una industria que durante décadas dio puestos de trabajo en la ciudad y nos regaló una playa de agua caliente que en los años setenta se convirtió en un sanatorio marítimo donde iba a bañarse todo el que tenía una molestia muscular o padecía alguna enfermedad de los huesos.

Desde los alrededores de la Central Térmica, mirando al norte, se podían contemplar las chimeneas de otra industria que también eligió la vega para echar raíces, la fábrica de elaboración de pasta de papel, conocida popularmente como la Celulosa, un proyecto que empezó a caminar en 1962, aunque su inauguración oficial no llegó hasta el año 1965, cuando el Ministro de Industrial vino expresamente a darle el visto bueno.

La aparición de la fábrica revitalizó aquel paraje de la vega junto al ferrocarril, sobre todo a partir de los años setenta cuando coincidieron en una misma manzana el Matadero, la Celulosa y la nueva Alhóndiga, que encontró refugio en la zona de la Goleta cuando cerraron la vieja en el Mercado Central.

La Celulosa empezó a funcionar utilizando el esparto como materia prima en lugar de la madera que se utilizaba en la mayoría de las fábricas papeleras. Se obtenía unas fibras más finas y ligeras que le daban al papel mayor pureza y porosidad.

El gran problema de aquella fábrica era la contaminación que producía, tanto con las aguas resultantes de la cocción como por el mal olor que salía de la chimenea. La maldita peste que tanta huella nos dejó en la memoria de los almerienses era el resultado de la desvaporización de los recipientes de las lejiadoras. Los malditos vapores, con un olor tremebundo, se expandían por la atmósfera a merced del viento que soplara ese día. Los almerienses llegamos a la década de los setenta con dos chimeneas llenando de humos y olores nuestro cielo. Cuando soplaba el poniente las emanaciones de la Térmica y de la Celulosa llegaban a hacerse insoportables.

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