La Voz de Almeria

Tal como éramos

El marinero del Camino Viejo

Francisco Carrillo fue uno de aquellos pescadores que entregó su vida al mar

Francisco Carrillo Hernández con sus hijos Francisco, Luis y Encarna en un rato de ocio en la Feria de Almería.

Francisco Carrillo Hernández con sus hijos Francisco, Luis y Encarna en un rato de ocio en la Feria de Almería.

Eduardo de Vicente
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En la ladera del cerro de La Chanca que miraba de frente al mar, en ese balcón privilegiado desde donde se adivinaban los barcos que se acercaban a la bahía, vivió y murió Francisco Carrillo Hernández, uno de aquellos pescadores que llevaban el mar metido en las entrañas: soñaba con el mar hasta cuando estaba despierto; lleva el olor del mar grabado en la piel; cada callo de sus manos y cada cicatriz de su cuerpo tenían la huella inexorable del mar.

Bastaba con mirarlo a los ojos para saber de donde venía. Nació pescador, como su padre, como su abuelo. Su destino estaba marcado antes de nacer. Sus primeros recuerdos de infancia lo llevaban siempre al mar, a las playas de Carboneras y a las Negras, donde se enseñó a andar mientras su madre ayudaba a los hombres a limpiar las redes después de una agotadora jornada de trabajo.

Cuando tuvo edad para empezar a ir a la escuela, él se fugaba con los amigos a los acantilados de la Cala de San Pedro, donde se pasaban el día trepando por los árboles para comer higos y coger nidos de pájaros. Tenían memorizado cada palmo de terreno y podían caminar de noche sin temor a perderse. Sabían orientarse por las estrellas y conocían donde estaban los pozos, las fuentes de agua y las palmeras que daban las mejores sombras y los dátiles más dulces. Cuando se detenían para descansar, tras una agotadora caminata, soñaban en voz alta con cruzar algún día al otro del horizonte y regresar con los barcos llenos de pescado. Tumbados, tejían mil aventuras y se preguntaban dónde estaría el refugio del sol, esa cueva en medio del mar donde cada tarde se escondía antes de anochecer.

Los años felices de la niñez pasaron pronto. En 1931 su familia dejó el pueblo y se vino a estrenar el barco nuevo el ‘Ángel Hernández’, a la ciudad. Llegaron al barrio de La Chanca y se compraron por tres mil reales unos terrenos en el paraje conocido como Hospicio Viejo. Era un un lugar solitario, una atalaya en la llanura de un cerro, desde donde se podía disfrutar del ir y venir continuo de los barcos de pesca. Francisco contaba que cuando llegaron al nuevo barrio, la suya fue la primera casa que se construyó en la zona, un páramo rodeado de cuestas y cerrillos, que se había quedado deshabitado desde que hacia 1870 el Hospicio de los niños abandonados se quedó desierto. Detrás de su casa estaba el barranco del Saltador, donde subían los niños en las noches de verano para ver las estrellas fugaces que se precipitaban sobre el mar.

Qué deprisa pasó la infancia, como aquellos días de juegos y aventuras pasaron de largo antes de que Francisco dejara de ser un niño. No tenía todavía nueve años cuando ya trabajaba en el barco de su padre. Era el encargado de limpiar los faroles; cuando terminaba la faena, no tenía un solo palmo en su cuerpo que no llevara un tiznajo negro, por lo que sólo se le veían los dientes destacando en un mar de manchas.

Fue entonces cuando se embarcó por primera vez. Su regalo al cumplir los nueve años fue un viaje a Algeciras en busca de la aguja. Todavía recuerda, como si lo estuviera viviendo, el primer amanecer en medio del mar, la primera vez que su padre lo trató como a un hombre, como un miembro más de la tripulación. En aquel mundo de marineros y soledad, fue aprendiendo a manejar el motor.

En 1943, estando faenando junto a sus hermanos a bordo del ‘Ángeles Hernández’, un golpe de mar le dio la vuelta al barco y tuvieron que nadar durante media hora para poder alcanzar la orilla. Nunca olvidará la tarde del accidente, cuando después de descansar un rato sobre la arena de la playa, un carabinero de Cabo de Gata le prestó su bicicleta para que pudiera regresar a Almería. Llegó a su casa en calzoncillos, encima de la bicicleta.

En medio siglo de profesión, vivió situaciones peligrosas, emboscadas en aguas africanas, temporales que se tragaban el barco para después de volverlo de nuevo a la superficie. En los días de la vejez, ‘el Morico’, que era el apodo con el que todos sus amigos lo conocían, se preguntaba como pudo salir vivo de tantas aventuras y se acordaba de lo mucho que pasó su padre, cuando para que la familia pudiera comer se pasaba los meses fuera buscando el alimento.

Francisco Carrillo Hernández siguió viviendo en la casa que sus padres compraron en el Hospicio Viejo. Cuando tuvo que jubilarse por la edad, sus horas pasaron tranquilas en el salón, sentado en una butaca cerca de la puerta que siempre permanecía abierta, al lado de una ventana donde nunca dejaba de entrar el sol y el aire cargado de mar.

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