La Voz de Almeria

Tal como éramos

El submarino del luto por Franco

La llegada al puerto de una gran nave de guerra sembró incertidumbre en Almería

El submarino ‘Narval’, de la Marina de Guerra Española, cuando llegó al puerto el 6 de diciembre de 1975.

El submarino ‘Narval’, de la Marina de Guerra Española, cuando llegó al puerto el 6 de diciembre de 1975.

Eduardo de Vicente
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Tras la muerte de Franco nadie estaba tranquilo porque no se sabía cómo iban a reaccionar los militares. Eso al menos es lo que yo recuerdo de aquellos días, cuando en mi tienda se respiraba un ambiente de incertidumbre y se comentaba como noticia importante cualquier movimiento que se producía en el cuartel de los soldados o en el campamento de Viator. La frase que más se empleaba entonces era la de “no se sabe lo que va a pasar” y con estas dudas empezamos a caminar por un tiempo nuevo donde no faltaron los sobresaltos y los miedos.

En medio de este clima de inquietud generalizada, llegó a nuestro puerto una de las naves insignias de la Marina de Guerra Española, el submarino ‘Narval’, que apareció en el muelle el seis de diciembre de 1975, cuando estábamos en pleno luto por el fallecimiento del Caudillo. Su presencia no pasó desapercibida y se desataron los rumores de que estábamos ante un nuevo alzamiento. Para contrarrestar los temores, las autoridades locales hablaron con el capitán de la nave, Felipe del Rey, y acordaron abrir las puertas del submarino como una medida para tranquilizar a la población. A la mañana siguiente, los almerienses acudieron al puerto para disfrutar de aquel imponente sumergible que a los niños que pudimos verlo nos recordó las películas americanas de la Segunda Guerra Mundial que nos ofrecían con cierta frecuencia por el único canal de televisión que teníamos.

En Almería siempre nos movilizábamos cuando recibíamos las visita de una nave. Sentíamos especial atracción por los barcos de guerra extranjeros, sobre todo por los americanos, a los que recordábamos con cariño desde que allá por los años cincuenta nos trajeron la leche en polvo y el chocolate. Subir a visitar un barco era una emoción inolvidable, pero si se trataba de un submarino el acontecimiento alcanzaba el adjetivo de extraordinario.

Cuando en 1974 vino a visitarnos el ‘Isaac Peral’ a muchos nos dejó marcados para siempre. El último día de clase de aquella semana del mes de marzo de 1974, en mi colegio el maestro nos estuvo contando algunas pinceladas de la historia del mítico submarino que acababa de atracar en el puerto de Almería buscando unas horas de descanso. Muchos niños de entonces jugábamos a los submarinos y a los barcos dibujando batallas navales en la libreta cuando nos aburría la explicación del profesor, emulando a las más célebres batallas navales que nos había contado el cine. De pronto, en aquellos días primaverales de 1974 nos encontramos con que uno de aquellos submarinos americanos que habían ganado la guerra estaba a un paso de nosotros, allí, en el puerto, junto a la Escalinata Real, esperando a que fuéramos a verlo.

Era el ‘Isaac Peral’, que en 1971 había sido trasferido al Gobierno español, pero que todavía conservaba la aureola de haber sido un submarino americano de los que habían tomado parte en la guerra mundial. El maestro, para que estuviéramos informados, nos explicó que había sido construido en 1943 en los astilleros de Portmouh, un lugar que a nosotros nos sonaba tan remoto que nos aumentaba nuestro afán de aventura. Durante la Segunda Guerra Mundial había efectuado cinco cruceros con doce ataques torpederos y más de veinte mil toneladas de buques hundidos. Además, el submarino había sido inmortalizado por el cine cuando en 1967 colaboró con la Metro Goldwin-Mayer en el rodaje de ‘Estación Polar Cebra’.

Aquella tarde, cuando salimos del colegio, tuvimos la confirmación real de que el submarino ya estaba atracado en el puerto cuando las calles próximas a la Catedral y al ayuntamiento se llenaron de marineros dispuestos a comerse el mundo. Ochenta y dos y hombres formaban la tripulación, la mayoría marines jóvenes que cuando ponían un pie en la tierra se lanzaban desesperados en busca de los bares y de las muchachas del lugar.

Los marines españoles venían ‘listos de papeles’ como se decía en aquel tiempo, ‘tiesos’, con ganas de juerga pero a ser posible de ‘gañote’, una actitud que nos desesperaba y que en alguna que otra ocasión nos llevó a conducirlos por calles que no eran y a perderlos por los pasadizos más inhóspitos de la ciudad.

Aquel fin de semana el puerto se convirtió en un gran espectáculo. Por la radio y a través del periódico se anunció a la población la llegada del submarino ‘Isaac Peral’ y la posibilidad de visitarlo por las tardes.

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