La valentía que te daba la calle
Los miedos eran distintos: le temíamos al hombre del saco, pero no a sentarnos en el borde del muro de la Rambla

En Almería, niños y viejos nos sentábamos en el muro de la Rambla, a varios metros de altura del lecho, como el que se sentaba en una butaca de su casa.
Los miedos de antes eran distintos: los niños le temíamos mucho al hombre del saco, aquel personaje que se nos aparecía en cualquier esquina cuando pensábamos que todo el que iba mal vestido o el que llevaba unas copas de más podía ser aquel personaje malvado del que nos hablaban las viejas historias, cuando los mantequeros se llevaban a los niños.
Sentíamos pavor por el hombre del saco, por la bruja del cuento, por los fantasmas que nadie vio jamás, pero no le temíamos a sentarnos en el muro de piedra de la Rambla ni a tirarnos al mar desde las rocas del Faro. Niños y viejos nos sentábamos en el muro de la Rambla, a varios metros de altura del lecho, como el que se acomoda en una butaca del comedor a ver los dibujos animados de la tele. No éramos conscientes del peligro porque éramos carne de calle y la valentía formaba parte del instinto de supervivencia. O le echabas coraje o te tenías que quedar en tu casa jugando al parchís.
Esa inconsciencia era colectiva, ya que si nos sentábamos en el muro del cauce era porque las autoridades lo permitían. La gente se acomodaba allí, con los pies colgando hacia el abismo, con la complicidad de los policías que también formaban parte del espectáculo cada vez que se organizaban carreras de motos en el lecho.
Esa valentía que ibas adquiriendo en la calle te empujaba a subirte a los árboles centenarios del Parque imitando a los monos de las películas de Tarzán sin tener en cuenta que al más mínimo descuido podías precipitarte al suelo y caer mal herido. Nos subíamos por los hierros del Cable Inglés que eran puro óxido y nos tirábamos al agua desde el primer piso exhibiendo nuestra audacia con orgullo.
Los tiempos han cambiado tanto que los niños de ahora suelen jugar bajo la vigilancia de las madres, que como centinelas velan por su seguridad a cada instante. Si un niño se cae al suelo, aunque solo sea en un simple resbalón, la madre salta como un resorte de su asiento asustada por la posibilidad de que el niño sienta en sus carnes unos segundos de dolor o se rompa una uña.
En la vida de antes el umbral del peligro estaba mucho más alto y convivíamos con el peligro de forma natural como un ingrediente más de la calle. Cuando salíamos a jugar gozábamos de la libertad de hacerlo en solitario, sin tener a una madre echándote el aliento encima ni gritando cada vez que te restregabas con el suelo o te dabas un ‘caramonazo’, que era una palabra que utilizábamos con frecuencia antiguamente y que hoy ya no se emplea. El caramonazo era chocar contra otro sin que te diera tiempo a colocar las manos en medio ni a esquivarlo, o tragarte una farola o una pared en mitad de una carrera. Los ‘caramonazos’ solían terminar en chichones, que eran los bultos que nos salían en la frente y en la cabeza después del golpe.
Los caramonazos, a veces, llegaban a la sangre y teníamos que salir corriendo con el damnificado camino del Hospital o de la Casa de Socorro para ponerlo en manos del practicante. Cuando llegabas herido el peor diagnóstico que te podían hacer era el de los puntos de sutura, por el dolor que tenías que aguantar cuando te cosían sin anestesia y porque te dejaban una huella que no podías ocultar cuando llegabas a tu casa. Llegar herido era una condena, no por la lesión en sí, sino por la reprimenda que te esperaba.
El peligro formaba parte de nuestra vida y lo asumíamos con tanta naturalidad que a veces corríamos detrás de él para buscarlo. Todo lo prohibido nos excitaba en una época en la que las normas no eran tan estrictas como ahora y había más permisividad. Teníamos la sensación de que casi todo estaba permitido: te podías meter con un guardia para que te persiguiera sin que te pasara nada significativo; podías jugar a colarte en un circo sin que la hazaña te llevara a un calabozo; podíamos ir a coger almendras de un huerto particular sin que tu nombre saliera después en el periódico, con el único riesgo, que entonces no nos parecía demasiado, de que el guarda te metiera en el trasero un cartucho de sal.