El martirio de volver a clase
Con los juguetes todavía calientes teníamos que regresar al colegio. Era el día que más odiábamos la escuela

Los hijos de los funcionarios del Instituto Nacional de Previsión tenían dobles Reyes Magos, los de sus padres y los que ponían en el instituto.
Siempre tuve la sensación de que la víspera de Reyes era el día más feliz de la Navidad, por encima incluso del seis de enero. En la noche previa se desataba toda la fantasía infantil y una ilusión de primera vez envolvía todos tus actos y todos tus gestos. Era como si el mundo lo hubieran creado para tí, como si todo lo que te rodeaba estuviera hecho a tu medida. La magia recorría todos los rincones de tu casa y como un duende misterioso lo alborotaba todo, llenando el ambiente de una sensación de felicidad que ya no vuelve a repetirse nunca más en la vida.
Esa plenitud que te alteraba y apenas te dejaba dormir estallaba al amanecer cuando con la luz de una linterna ibas buscando en la habitación los regalos. Esa mañana desayunar te parecía una pérdida de tiempo inútil y tenías tantas ganas de aprovechar los segundos que no te detenías ni a quitarte el pijama. El tiempo se detenía en ese instante y todo las obligaciones de la vida cotidiana te parecían tan lejanas como si nunca más tuvieras que volver a padecerlas. En la mañana del día de Reyes toda la casa estaba de tu parte; reinabas de verdad entre el fuerte de madera y los indios de plástico o conduciendo aquel coche teledirigido que ibas estrellando contra las patas de la mesa.
En aquel vuelo solo volvías a poner los pies en la tierra cuando tu madre te decía que era la hora de almorzar. La tarde de Reyes se iba impregnando lentamente del regusto amargo de una tarde de domingo, cuando la presencia de la escuela te dejaba una pena en el alma tan intensa como la felicidad que habías sentido unas horas antes.
Tal vez esa felicidad incomparable que te regalaba el día de Reyes se alimentaba también de su condición de último día de vacaciones. Al día siguiente había que regresar a la escuela y esa fugacidad le concedía un doble valor en el alma de los niños. Apurábamos cada minuto como si fuera el último de nuestras vidas.
Querías seguir abrazado al juego, saltando de un regalo a otro, pero tu suerte había cambiado y un viento gélido con olor a colegio te iba helando el corazón. Entonces llegaba ese momento fatídico en el que tu madre te recordaba que tenías que preparar la cartera. Volver a la cartera pasaba por recuperarla del lugar donde la habíamos olvidado tres semanas antes, el día en que nos daban las vacaciones y despreciábamos los libros y los cuadernos como si ya no hubiera un reencuentro.
Cuando abrías la cartera el olor a los deberes te echaba para atrás. Todos los aromas de la escuela estaban allí, presentes, refugiados entre las páginas del libro de Matemáticas y los lápices del estuche, esperando a que volvieras para devolverte a la realidad y mandarte a la lona de un golpe directo al corazón.
Entonces, mientras la noche se echando encima y tu madre empezaba a preparar la cena, recordabas que las cuentas que te habían mandado como tarea y las frases que tenías que analizar estaban intactas, olvidadas como si nunca hubieran existido, y en ese momento solo se te ocurría una solución a la que todos los que fuimos niños recurrimos en más de una ocasión: decir aquello de “mañana me levanto más temprano y descansado hago los deberes antes de ir al colegio”.
Al igual que el día de los Reyes Magos era una jornada de contrastes, feliz y triste a la vez, el primer día de clase también lo era, pero a la inversa. Empezábamos la mañana hundidos como aquel día de nuestra primera infancia en el que fuimos por primera vez al colegio, con un profundo vacío metido en el estómago, caminando cabizbajos con ganas de volver atrás, arrastrando la cartera por la calle.
Creíamos que el mundo iba a caer sobre nuestras cabezas, pero a medida que pasaban los minutos y las horas de colegio se iban terminando, la cercanía del regreso, la inmediatez de volver a casa y reencontrarnos con todos los tesoros soñados nos envolvía en un sentimiento de felicidad irrepetible, tan intenso como si de pronto regresáramos otra vez a la mañana del seis de enero.