Aquello de rescatar la infancia
Todos guardamos en la memoria alguna de aquellas mañanas de Reyes

El recordado Jesús Martínez Capel no dejó de jugar durante toda su vida. Supo mantener su infancia a salvo del tiempo.
Todos los años por este tiempo me acuerdo de Jesús Martínez Capel, el maestro de escuela, el hombre de los colchones y de los trenes que nunca se olvidó del niño que fue. No he conocido a nadie que conservara mejor su infancia que él. En todo momento supo mantener encendida aquella llama infantil que le servía de coraza para soportar mejor las preocupaciones de la vida.
El paso del tiempo fue dejando su huella sobre los juguetes que escondidos en viejas cajas de cartón dormían el sueño de los años esperando a que un niño los devolviera a la vida. No hay nada más triste que un juguete sin niño, sin unas manos que los mueva, sin una mirada que los llene de ilusión. Jesús supo rescatarlos a tiempo de ese sueño y en su casa de su retiro en Retamar montó el escondite perfecto donde durante años reinó como un niño con juguetes nuevos.
Jesús Martínez Capel puso a salvo su alma de niño y la sacaba a pasear a diario cuando se encerraba en su guarida apartado del mundo. Allí se reencontraba con su infancia, con los sueños que a veces se cumplieron y otras veces se quedaron varados tras el escaparate de un bazar.
Contaba que el primer juguete que recordaba fue un fantástico caballo de cartón que le regalaron por sorpresa. No tenía todavía cuatro años cuando una mañana abrió la puerta de su casa en la calle de los Cámaras y se marchó en solitario a recorrer la ciudad. En su aventura, cuando iba a la altura de Correos, se encontró con un policía municipal que le dio el alto sorprendido al ver a un niño tan pequeño deambulando sin compañía. Su familia, que ya había empezado la búsqueda de forma desesperada, se llevó tal alegría cuando el guardia se presentó con el niño de la mano que para celebrarlo obsequiaron al fugitivo con un caballo de cartón.
Uno de los juguetes que conservó intacto era un hermoso teatro de cartón piedra lleno de decorados, telones y personajes que se movían como actores auténticos. Fue el regalo de Reyes de 1950, cuando su padre, maestro de profesión, era también el representante de la editorial Seix y Barral, que ese año había lanzado al mercado el sorprendente Teatro de los Niños.
Sus Reyes, como para muchos niños de su generación, se llenaban con regalos prácticos porque los padres de aquella época tenían fijación con las cosas útiles, provechosas, educativas. Los otros, los juguetes pobres de calle, se los fabricaban los propios niños: el aro de metal y la varilla con la que se manejaba calle abajo, la tabla de madera y los cojinetes con los que se montaban los patinetes, los trozos de ramas de árboles con los que se fabricaban los tirachinas....
Como le ocurrió a la mayoría de los niños de su tiempo, su infancia estuvo marcada por los sueños imposibles donde se encerraban todos aquellos juguetes que no estaban al alcance de la economía familiar. Jesús recordaba, cuando llegaban los días de Navidad y las tiendas principales llenaban sus escaparates de juguetes, que con sus amiguillos de la calle se iba al Paseo y se pasaba las horas muertas husmeando detrás de los cristales. Un año descubrió que en el escaparate de ‘La Giralda’, que junto a Almacenes El Águila eran los dos grandes bazares de juguetes de la posguerra, había un espléndido tren eléctrico que con paso lento iba atravesando las vías entre muñecas, pistolas de bandidos y espadas medievales. Qué lejanos quedaban aquellos vagones para el niño que nunca se atrevió a revelarle el sueño a sus padres. Tal vez, el deseo no cumplido lo marcó de por vida, tanto que cuando cumplió cuarenta años quiso recuperar su infancia y empezó una colección de trenes que no paró de crecer.
Tenía también una máquina de cine, tan antigua como el propio cine, donde volvía a aquellas tardes de verano en las que proyectaba películas para los amigos en su barrio de la huerta de los Cámaras. El cine fue otra de sus grandes pasiones y uno de los primeros recuerdos de su infancia, cuando de la mano de su padre descubrió las maravillas de la terraza Imperial. El perfume de la tierra mojada, el olor de los jazmines que trepaban por la tapia del cine, el sabor de las gaseosas de naranja y de los garbanzos tostados, formaron un cúmulo de sensaciones que llevó siempre incorporado a su disco duro sentimental. Él era aquel niño rubio de pantalón corto que todas las mañanas era el primero en asomarse a la fachada del Imperial para descubrir los cuadros de la película que proyectaban esa noche.
Todos los años, Jesús Martínez Capel organizaba una comida para reencontrarse con sus antiguos compañeros de clase. Le gustaba preparar la cita a conciencia, inventar alguna sorpresa que avivara los recuerdos. Era la forma que tenía de intentar rescatar la felicidad de aquellos primeros años de instituto cuando todavía creían en los Reyes Magos y estaban convencidos de que la vida era de color de rosa.