La Voz de Almeria

Tal como éramos

El mar que recetaban los médicos

Hace cien años nadie iba a la playa a ponerse moreno ni estaba de moda tomar el sol

El barquero paseando a un grupo de mujeres en la playa de las Almadrabillas con el Cable Francés al fondo.

El barquero paseando a un grupo de mujeres en la playa de las Almadrabillas con el Cable Francés al fondo.

Eduardo de Vicente
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Hace un siglo nadie iba a la playa a ponerse moreno ni a exhibir el cuerpo. Las mujeres de entonces lo hubieran tenido muy complicado para broncearse, teniendo en cuenta que la moda de aquel tiempo en cuanto a bañadores apenas les dejaba un trozo de la pierna al aire libre, los brazos y la cara, por lo que el resultado final de una intensa jornada en la playa hubiera resultado ridículo.

Hace un siglo la zona de las Almadrabillas, que era la playa principal de la ciudad por ser la más cercana, no se parecía en nada a un paraíso ni sus aguas eran un ejemplo de pulcritud. La presencia en el corazón de la playa del balneario Diana era una invitación constante para que los almerienses se acercaran un poco más al mar, pero la realidad que rodeaba aquel escenario no era la más idónea debido a la presencia de los dos cargaderos de mineral que entonces estaban en plena actividad y tiznaban de polvo de hierro todos aquellos parajes. El barrio de la playa destacaba por su suciedad y por sus deficientes comunicaciones, como se puede comprobar en las quejas frecuentes que la familia Jover, dueña del balneario, presentaba periódicamente en el ayuntamiento.

Con este panorama pasar un día de playa no tenía el componente bucólico que ahora conocemos y lo más decente a lo que se podía aspirar era a disfrutar de las instalaciones del ‘Diana’, que tenía su trozo de playa reservado y siempre limpio y que contaba con un buen servicio de vestuarios donde las mujeres podían cambiarse de ropa y ducharse, con el permiso de los mirones que rondaban el balneario buscando un descuido del guarda y la complicidad de las grietas de las tablas.

El ‘Diana’ contaba con una flota de barcas para que los bañistas pudieran disfrutar de un tranquilo paseo por la bahía sin llenarse los pies de arena y sin rozar el salitre. Los mejores clientes de los barqueros solían ser las familias que venían de los pueblos a tomar los nueve baños que recetaban los médicos y que tantos beneficios reportaban para la salud: mejoraban la circulación de la sangre, estimulaban el apetito y servían como relajante para los que sufrían de tensión alta y problemas nerviosos.

Los baños más curativos eran los que se tomaban por la mañana temprano con el estómago vacío. Formaba parte del ritual beberse una limonada en ayunas, que tenía efectos depurativos en el organismo, antes de zambullirse durante diez minutos en el mar. Se decía entonces que si te dabas los baños de mar reglamentarios era menos probable que te atacaran con fuerza los virus y que para las mujeres recién casadas que no se quedaban embarazadas aquella terapia del mar era mano de santo.

Existía también un servicio de alquiler de barcas espontáneo, el que ofrecían los marineros para ganarse un sueldo los días en los que no salían a la mar. Era habitual que muchos pescadores propietarios de botes no se embarcaran en verano porque les salía más rentable quedarse en tierra y trabajar con su bote llevando gente de paseo. Los paseos por la bahía no solían alejarse de la orilla por temor a que se levantara viento y el mar se pusiera peligroso. Tampoco solían realizarse a la luz de la luna, salvo en las noches de Feria, cuando la zona costera desde el muelle de Levante hasta el Cable Francés, se llenaba de botes alumbrados con pequeños farolillos de petróleo que parecían luciérnagas en medio del mar.

En 1920, don Carlos Jover, propietario del balneario y un grupo de barqueros, dirigieron una protesta al ayuntamiento quejándose de que la proliferación de golfos en la zona de la playa estaba amedrentando a muchas familias que habían sido molestadas por estos ‘maleantes’. Enterado del caso, el Gobernador Civil, Sanz Matamoros, adoptó varias medidas para “adecentar la playa en la época de baños”. Decretó que se aumentara la vigilancia en la zona poniendo una pareja de policía permanente y la recogida de golfos y mendigos que tanto importunaban a los bañistas robando ropa y pidiendo limosna. Esta medida de ‘limpieza’ sirvió para que los barqueros pudieran seguir trabajando y que sus clientes se sintieran protegidos.

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