La figura del cargador desganado
Eran cargadores del puerto y de la alhóndiga que se ganaban unos duros sacando los pasos

1962. El paso de Jesús del Camino de la hermandad del Silencio, portado por cargadores de la alhóndiga.
Les colocaban una túnica medio arrugada, les cubrían la cabeza con un pañuelo hebreo y se inventaban un grupo de cargadores dispuesto a llevar sobre sus hombros el peso de la Pasión a cambio de unos duros de recompensa. Eran los costaleros de antes, los que sin ninguna vocación y derramando desgana hacían posible que los tronos que se llevaban con andas pudieran salir a la calle en una época en la que no había nadie dispuesto a hacerlo por fe y mucho menos por una promesa.
Los cargadores formaron parte de la esencia de la Semana Santa almeriense durante décadas. En muchos casos eran cargadores de verdad, de los que se dedicaban profesionalmente a las faenas del puerto y de la alhóndiga, grupos de obreros que de la mano de un capataz eran contratados para que pudieran salir los pasos a la calle.
Conocimos a aquellos hombres curtidos en la dureza del trabajo llevando a hombros el paso del Nazareno que salía de las Claras, la Oración del Huerto de la hermandad del Silencio o el Cristo de la Pobreza cuando subía al cerro de San Cristóbal. Les colocaban una túnica, les cubrían la cabeza con un pañuelo a la usanza egipcia y los convertían en costaleros sin vocación que arrastraban su desgana por las calles del centro. En aquellos años había algunos pasos que se llevaban con andas, donde se podía ver la figura del cargador ejerciendo su trabajo, y otros tronos donde la fuerza se ejercía desde abajo, desde el anonimato del vientre de los carros donde había que ir empujando para que el paso se moviera.
Los cargadores tenían su propio universo, una forma de vida que compartían y también unas características físicas similares y una forma parecida de ver el mundo. Por definición, el cargador era el paradigma de la fuerza, un tipo duro que se echaba sobre sus espaldas cualquier peso con tal de ganarse unos duros de más. El cargador no tenía pereza, ni horario, ni festivos, ni vacaciones; cuando terminaba de echar la faena de la mañana en la alhóndiga se iba a la Estación a acarrear los sacos de harina que llegaban para los almacenes, o al Puerto a dejarse la salud cargando y descargando barcos hasta que se hacía de noche.
Siempre estaban dispuestos a ganarse un jornal y en Semana Santa solían desdoblarse saliendo de costaleros, en unos tiempos en los que no había voluntarios para sacar los tronos y las cofradías tenían que recurrir a cargadores profesionales.
No todos los cargadores tenían el mismo estatus. Los más reconocidos formaban sus propias cuadrillas, que en su lenguaje eran conocidas como collas, y tenían el trabajo asegurado con asentadores y exportadores a los que les trabajaban todos los días. Había cargadores que se pasaban toda la vida con un mismo asentador. Otros, en una situación más precaria, iban por su cuenta y se ganaban el jornal con las chapuzas que les iban saliendo. Los asentadores eran sus mejores empresarios, pero también vivían de los pequeños tenderos que a diario iban a la alhóndiga y recurrían a los cargadores a la hora de transportar los bultos.
Había cargadores que procedían de la construcción. En los años de la posguerra el célebre maestro de obras Antonio el rubio, que trabajó en la reconstrucción de la mayoría de los templos de la ciudad que habían quedado dañados en la guerra, organizó su propia cuadrilla de cargadores con los albañiles que trabajaban a sus órdenes. Su vinculación con la Iglesia le impedía decir que no, y cada vez que a algún paso le faltaban hombres para poder echarse a la calle siempre quedaba el recurso infalible de recurrir a la generosidad de aquel maestro de obras y su colla de jornaleros. Aquellos estajanovistas del trabajo duro tocaban el cielo una vez al año cuando llevaban sobre sus robustos hombros la responsabilidad de un Cristo.
En los primeros años setenta, cuando desapareció la figura del cargador profesional del puerto y de la alhóndiga dentro de las procesiones, se pusieron de moda los estudiantes, mano de obra barata que contrataban para empujar el trono y facilitar la labor del conductor que llevaba el volante. Fueron muchos los jóvenes, entonces, que por quinientas pesetas y un bocadillo se pasaban las noches llevando los santos y las vírgenes de nuestra ciudad.
Tanto en el caso de los cargadores como después ocurrió con los estudiantes, actuaban sin otra motivación que el dinero. Aquella forma de llevar los pasos acentuaba la frialdad de la Semana Santa de Almería, donde las procesiones eran más desfiles que actos de vocación, donde la participación era escasa y donde el elemento juvenil estaba relegado a un segundo plano. La década de los ochenta trajo una gran revolución que vino de la mano de la eclosión del fenómeno costalero, que fue el germen de una nueva forma de entender la Semana Santa.