Así fue la noche del incendio de Los Gallardos y Bédar: crónica de una madrugada trágica
El incendio más mortal del siglo XXI en España deja escenas de todo tipo

Vehículos calcinados tras el incendio de Los Gallardos y Bédar.
Un "incendio de cuneta", transformado en el fuego más mortal de España en lo que va de siglo XXI. El fuerte viento, una orografía compleja y caracterizada por barrancos, una población dispersa con cortijos esparcidos entre caminos rurales y ramblas y algunos factores más han hecho que Los Gallardos y Bédar se conviertan en el escenario de una tragedia sin precedentes en toda Andalucía.
Todo empezó a las tres de la tarde del jueves, 9 de julio. Pero vamos a avanzar unas cuantas horas, como hacen en las películas (ojalá esta lo fuera), para describir una imagen que resume la magnitud del incendio. Porque no hay palabra que sintetice todo lo ocurrido o, al menos, no la hay sin caer en el topicazo y, además, correr el riesgo de quedarse corto. "Dantesco" sabe a poco.
Sucesos
El incendio de Los Gallardos ya es el que más muertes ha causado en España en el siglo XXI
Álvaro Hernández
La escena tiene lugar en cualquier punto de la madrugada del jueves al viernes. Se habían confirmado los primeros seis fallecidos como consecuencia del incendio que se originó en un paraje de Los Gallardos y que se ha cebado con Bédar. Tras pasar por el Barranco del Tesoro a través de ese singular viaducto más propio de una montaña rusa que de una carretera, un coche llega a La Herrería.
A partir de la pedanía, ya se veía el fuego. Con troncos al rojo vivo junto a esa Autovía del Mediterráneo que tan lejos ha quedado del agua en estas últimas horas. En mitad de la noche, las llamas iluminan como antorchas en una cueva y un halo naranja recorta la silueta de una sierra convertida en la tumba de, al menos, 12 personas.
Y lo preocupante no era solo el fuego. Eran los kilómetros. Porque el coche avanzaba y las llamas continuaban ahí, a la izquierda de la autovía. Y tras la aldea perteneciente a Sorbas, llegaba Almocaizar, el paraje en el que se originó el fuego. Y a la derecha, Alfaix, que fue desalojado doce horas más tarde. A la izquierda, la abrupta sierra que esconde El Pinar, un paraje con cortijos diseminados; más adelante. Bédar y su centro budista. A la derecha, Los Gallardos. Sirenas. El camping. Olor a quemado. En total, un trayecto de entre 10 y 12 kilómetros en compañía del fuego. Una dimensión inabarcable. Un incendio mortal y gigantesco.
Un sol escondido tras el incendio de Los Gallardos y Bédar: más incertidumbre mientras llueve ceniza
Un nuevo salto hacia adelante. Algo más de las seis de la mañana. Desde que anocheció, existía en la zona cierta necesidad vital de que despuntara el alba. Para que la luz del sol pusiera algo de claridad en medio de la incertidumbre, los miedos y las dudas. Para intentar de olvidar las preguntas a las puertas del tanatorio de Los Gallardos, donde se narran escenas de fallecidos en el interior de un coche. Ojalá para despertar de un mal sueño. Pero nada más lejos de la realidad.
Porque con el amanecer, el sol no llegó. Apareció envuelto en una bruma que se había mantenido imperceptible en la oscuridad de la noche. La luz, opacada por el humo del incendio, solo reveló a duras penas que la situación era peor de lo que parecía. Los Gallardos intentaba desperezarse y arrancar un día normal, pero fue imposible: el velo que ocultaba lo radiante del sol ahogaba el ambiente, que literalmente se había convertido en algo irrespirable de la noche a la mañana. Y por si a alguien le quedaban dudas, empezó a caer ceniza del cielo.
También llegó más incertidumbre, porque las horas pasaban y algunos habitantes de Bédar evacuados echaban de menos a sus vecinos. Nada en Garrucha. Nada en el Espacio Escénico de Los Gallardos, donde los servicios sanitarios habían atendido a los heridos para derivar a algunos de ellos a distintos centros hospitalarios de la provincia. "¿Dónde están?"
La pregunta se la hacían un par de vecinas inglesas alrededor de las 7 de la mañana. Porque esa es otra característica de este histórico incendio que nos acompañará el resto de nuestras vidas: las víctimas son de aquí, sin haber nacido cerca del indalo. En Bédar hay, desde hace ya más de 20 años, una comunidad de habitantes extranjeros eminentemente británicos a los que en los últimos tiempos se han sumado hijos de la patria belga. Con su ansiada y merecida jubilación, eligen un rincón del sur de España para disfrutar de la vida que les ha sido negada en la fría Europa. Y los cortijos aislados y casas dispersas de Bédar se convirtieron en su hogar.
Conviene no caer en algo que, muy probablemente, sucederá en los próximos días: sentir más lejano el dolor de lo sucedido porque la mayoría de los fallecidos no sean 'de aquí'. Primero, porque el drama es exactamente igual (por muy obvio que sea, lamentablemente es necesario decirlo). Y segundo lugar, porque sí, los fallecidos sí son de aquí. Son vecinos de Almería.
El final de la madrugada más larga
La realidad se abrió paso de golpe y porrazo. Atropellándolo todo. De repente, un maremágnum de cámaras se agolpaban para grabar a Antonio Sanz y Ramón Fernández-Pacheco, consejeros de la Junta de Andalucía; y luego para emitir en directo para todas las televisiones las palabras de Juanma Moreno, que también acudió al puesto de mando avanzado de Turre; y más tarde al ministro Grande-Marlaska, que cerraba los créditos de esta película que ojalá hubiera sido una ficción.
También aparecieron, como cameos de fondo en las escenas, Pedro Sánchez con un par de tuits de preocupación, el rey Felipe VI mostrando en un acto en San Javier su dolor por lo sucedido y toda una ristra de instituciones y entidades lamentando a los fallecidos del incendio más letal del siglo XXI en España.
¿Los protagonistas? Esas víctimas aún anónimas; los bomberos; los militares de la UME; los miembros del INFOCA; los guardias civiles; los miembros de Protección Civil; todos los equipos del 061 de Almería, del Poniente e incluso de Málaga; los psicólogos; los cientos de vecinos desalojados; todos los alcaldes de la zona, que unieron fuerzas y soportaron el dolor como pudieron; los agentes de la Policía Local de varios municipios; los pilotos que lanzaron agua desde el cielo; los que se pusieron a hacer bocadillos para quienes trabajaban sin parar; los que aún están conteniéndose en la agonía de no saber...
Y a la película solo le faltaría una cosa. Que llegue, de una vez, el final.