La Voz de Almeria

Historias de Almería

El pueblo de Almería donde hubo una Bola Negra

El trato para comprar una yegua se cerró en una venta y tras la negociación, Manuel, Cristóbal y sus compadres se pusieron a beber, a cantar coplas y a tocar la guitarra; unos minutos después un hombre yacía muerto en un charco de sangre

La venta de la Bola Negra en Adra, en una imagen de finales del siglo XIX cercana a la época en la que sucedió en crimen del mimo nombre.

La venta de la Bola Negra en Adra, en una imagen de finales del siglo XIX cercana a la época en la que sucedió en crimen del mimo nombre.

Manuel León
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Hay crímenes que sobreviven a sus protagonistas. Pasan los años, desaparecen los testigos, cambian los caminos y las antiguas ventas se convierten en ruinas o se borran del paisaje, pero el nombre de un suceso continúa circulando de boca en boca. En Adra, la Venta de la Bola Negra pertenece a esa geografía oscura de la memoria, a ese territorio donde la historia y la leyenda terminan a veces por confundirse

El año era 1899. España atravesaba las consecuencias de la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, mientras la vida cotidiana de los pueblos almerienses seguía su curso entre el trabajo agrícola, la actividad pesquera, las relaciones de vecindad y los desplazamientos por caminos que distaban mucho de las carreteras actuales. En aquel mundo, una venta era bastante más que un establecimiento donde comer o descansar: constituía un lugar de paso, un punto de encuentro y, en ocasiones, un escenario propicio para que las disputas personales acabaran de la peor manera. Ejemplos hay en la provincia de Almería de pendencias en la Venta Ramírez, Venta Eritaña, Venta El Viso, La Gangosa, Venta del Pobre, El Compadre o la Venta Overa.

La Venta de la Bola Negra ha quedado asociada al recuerdo de un crimen ocurrido en aquel final del siglo XIX. Su propio nombre parece contener los ingredientes de una historia de misterio, de esas que invitan a detenerse y a preguntar qué sucedió realmente entre sus paredes o en sus inmediaciones, quiénes fueron sus protagonistas y qué circunstancias condujeron al desenlace.

El periódico almeriense El Ferrocarril, en su edición del 24 de septiembre de 1899, publicó una crónica judicial que permite reconstruir los hechos ocurridos en la venta de Bola-Negra, situada en el campo de Adra. La noticia pone nombres y apellidos a los protagonistas: Manuel Miguel Gutiérrez, su hermano Luciano, el ventero Cristóbal Aguilera y el yerno de este, Pedro Lorenzo Doña. Y sitúa el origen de la tragedia en un negocio tan cotidiano en aquella sociedad rural como la compraventa de una caballería.

Según la crónica, Manuel Miguel Gutiérrez había comprado una yegua a Cristóbal Aguilera. El acuerdo se desarrolló inicialmente en un ambiente de cordialidad. Los presentes bebieron, compartieron conversación y, una vez cerrada la operación, continuaron la reunión entre partidas de cartas y música de guitarra.

La escena tiene algo de estampa costumbrista de la Andalucía rural de finales del XIX: hombres reunidos en una venta, el trato de un animal, las copas que se suceden y la guitarra que acompaña la sobremesa. Nada hacía pensar, al menos según el relato periodístico, que aquella reunión acabaría en un procedimiento judicial por homicidio. El primer contratiempo llegó con la aparición de Pedro Lorenzo Doña. Al enterarse de que su suegro había vendido la yegua a Manuel Miguel, se opuso al acuerdo y afirmó que el animal estaba destinado a él. El trato quedó deshecho, pero la discusión no desembocó inmediatamente en violencia. La reunión continuó y volvió la música.

Fue después cuando la situación se torció definitivamente: Cristóbal Aguilera, que tocaba la guitarra, invitó a Manuel Miguel a cantar. Este se negó inicialmente, pero ante la insistencia terminó entonando una copla. Entonces, siempre según la narración de El Ferrocarril, el ventero interrumpió la canción con malos modos e insultos. Manuel Miguel intentó justificarse. Algunos de los presentes intervinieron para evitar que la disputa fuera a más, pero no lograron contener a Cristóbal Aguilera, que continuó increpándolo.

En ese momento, el ventero se dirigió hacia una escopeta que se encontraba en una habitación cercana y que, según el periódico, estaba a la vista de todos.

Manuel Miguel, desarmado hasta entonces, trató de sujetarlo. Pero Pedro Lorenzo Doña intervino con una pistola y disparó a quemarropa contra él. El proyectil le abrasó el rostro y le produjo heridas que la crónica calificó de leves. Herido y acosado por ambos hombres, Manuel Miguel sacó entonces una faca. En el forcejeo asestó dos golpes: uno alcanzó a Cristóbal Aguilera en la cabeza y otro a Pedro Lorenzo en la región escapular, es decir, en la zona del hombro y la espalda. Este último falleció a los pocos días a consecuencia de las heridas, convirtiendo la disputa de la venta en una causa criminal por homicidio.

La secuencia resulta reveladora por su propia crudeza. La violencia no surgió de un enfrentamiento planificado que la noticia permita acreditar, sino de una cadena de desencuentros: una compraventa frustrada, una disputa verbal, los insultos y la presencia de armas al alcance de los protagonistas. En cuestión de instantes, una reunión que había comenzado entre copas, cartas y canciones terminó con varios hombres heridos y uno de ellos muerto.

El proceso judicial se inició en el juzgado de Berja y se seguía contra Manuel Miguel Gutiérrez como autor del homicidio.

El tribunal estaba integrado por los magistrados Cáliz, Santa Cruz y Aranda, de la segunda sección de la Audiencia. El Ministerio Fiscal estaba representado por el abogado fiscal y la defensa del acusado corría a cargo del letrado y periodista José Jesús García.

La acusación y la defensa coincidieron en calificar los hechos como homicidio voluntario, aunque discrepaban sobre sus consecuencias jurídicas. El fiscal solicitó catorce años de reclusión temporal, mientras que la defensa reclamó la libre absolución. Finalmente el veredicto del Jurado determinó la libre absolución de Manuel Miguel Gutiérrez. Más de un siglo después, la Venta de la Bola Negra conserva la capacidad evocadora de los lugares vinculados a sucesos extraordinarios.

El relato tiene además, un valor que trasciende la propia causa criminal: retrata una forma de sociabilidad rural en la que las ventas servían de lugar de descanso, negociación y encuentro. Allí se cerraban tratos, se compartía bebida, se jugaba a las cartas y se hacía música. Y allí también podían aflorar rivalidades y disputas capaces de adquirir consecuencias irreparables.

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