La Voz de Almeria

Historias de Almería

Aquellos festivales de Pueblo Indalo que marcaron una época

Fue esa populosa urbanización el epicentro de la música en la costa almeriense durante la briosa década de los 80 cuando en su legendaria plaza moruna, sobre su escenario, brillaron estrellas como Serrat o la Jurado, la Compañía Lirica o el Dúo Dinámico

Una actuación flamenca de Las Chibancas en el tablao del Pueblo Indalo, a principios de la décadada de los 80.

Una actuación flamenca de Las Chibancas en el tablao del Pueblo Indalo, a principios de la décadada de los 80.

Manuel León
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Hubo un tiempo -los briosos 80- en el que el verano mojaquero tenía banda sonora propia: una sucesión de conciertos, bailes, encuentros y madrugadas que hicieron de una plaza encalada, con alminar morisco como ariete, el epicentro de esa playa del Levante almeriense. Esa plaza fue y es Pueblo Indalo, uno de los grandes escenarios de la vida social y turística de la provincia. Hay veranos que no se recuerdan por el color del agua ni por la temperatura de la arena, sino por una canción que vuelve de pronto a la memoria, por una cara que hace décadas que no vemos o por aquellas noches en las que parecía que la vida, en vez de transcurrir, se celebraba. En Mojácar, para varias generaciones, una parte de esos recuerdos tiene un nombre propio: Pueblo Indalo y sus Festivales.

Antes de que el turismo se convirtiera en una industria de cifras, porcentajes de ocupación y apartamentos reservados desde un teléfono móvil, hubo una manera de entender las vacaciones que tenía mucho de convivencia y bastante de descubrimiento. El Levante almeriense comenzaba a asomarse al mundo, las playas conservaban todavía rincones de una soledad casi mineral y Mojácar, encaramada sobre su cerro y sobre la arena de su playa, ofrecía al visitante una mezcla de cal, leyenda y horizonte que no se encontraba fácilmente en otros lugares.

En aquel paisaje, Pueblo Indalo nació como mucho más que un complejo turístico. Su arquitectura de sello mediterráneo, sus bungalows blancos y sus espacios comunes componían una pequeña ciudad vacacional donde empezaban a cruzarse familias, parejas jóvenes, grupos de amigos y visitantes llegados de distintos puntos de España y del extranjero. Allí, entre piscinas, terrazas y caminos encalados, las vacaciones adquirían una dimensión colectiva. Uno no iba solamente a dormir junto al mar: iba a vivir el verano.

En ese escenario mítico, junto a la mediterránea Punta del Lance, ejercieron en solo seis veranos los artistas más deseados de esa década fantástica: juglares como Serrat, tonadilleras como Rocío Jurado, bromistas como Martes y Trece, virtuosos como Miguel Bosé, guapos oficiales como Bertín Osborne, componentes de la Compañía Lírica Española con una Antología de la Zarzuela, ventrílocuos como José Luis Moreno, cantaoras como Isabel Pantoja, nostálgicos como el Dúo Dinámico, románticos como Alberto Cortez y flamencos a punta pala como Los Marismeños, Chiquetete, Fosforito o El Lebrijano y una bailaoras veratenses con mucho predicamento en las tablas conocidas como Las Chibancas. Los Festivales de Pueblo Indalo tenían algo de rito estival. No todos los que se solazaron en Pueblo Indalo recordarán los mismos conciertos ni las mismas canciones. Cada cual conserva su propio archivo sentimental: una melodía, una madrugada, un amor de vacaciones, una fotografía ligeramente descolorida.

La urbanización empezó a construirse en 1981 a cargo de la empresa británica Horizon teniendo como delegado al carismático Martín Lorca, y en 1983 llegaron los primeros huéspedes a los primeros 70 apartamentos: un grupo de turistas ingleses y alemanes organizados por touroperadores. Se estrenó la cafetería, la bodega, el supermercado, pub inglés, restaurantes como La Lubina y Patio Andaluz, agencias de viaje, salón de té y zonas deportivas con una inversión global de 1.500 millones de las antiguas pesetas, incluido un espigón que consiguió formar una playa con abundante arena rubia. Las obras de la segunda fase continuaron a lo largo de 1984 para rubricar un complejo de más de 700 apartamentos. Sin embargo, los trabajos sufrieron retrasos por la quiebra de la empresa constructora, la malagueña Goyca, coincidiendo con una visita del que era entonces vicepresidente del Gobierno, Alfonso Guerra, con profundas amistades en Mojácar, como la familia Alarcón Torres, y con casa propia, adquirida a los herederos del torero Antonio Bienvenida.

Mojácar llevaba décadas seduciendo a viajeros, artistas y visitantes atraídos por su silueta blanca, sus callejuelas empinadas y la luz que parecía quedarse prendida en las fachadas. Su encanto no necesitaba demasiadas explicaciones: bastaba contemplarla al atardecer, cuando las casas comenzaban a cambiar de tono y el mar se extendía al fondo como una promesa. Más de 800 ingleses formaban ya una amplia colonia, entre ellos la familia Napier o el atracador del tren de Glasgow Gordon Goody. Y también escritores americanos como Charles Baxter, o el pintor danés Paul Becket, el italiano Aldo Deddi, el músico, Dick Charlesworth, la actriz Gillian Royale, el productor Silvio Narizano o su colega el norteamericano Win Wells. Pero el turismo fue modificando la relación entre el pueblo y su litoral. El crecimiento de los alojamientos, los restaurantes y las urbanizaciones fue desplazando el centro de gravedad hacia la costa. Mojácar dejó de ser únicamente aquel caserío encaramado a la montaña para convertirse también en un destino de vacaciones con una personalidad propia. Pueblo Indalo representó una parte significativa de esa transformación con sus festivales como espolón de proa.

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