La memoria de un viejo poblado minero almeriense
El Arteal, a los pies de la novelesca Almagrera, fue un pequeño emporio de familias mineras llegadas de Andalucía, Murcia y Asturias. Se construyó en 1953 con hospital, escuela, iglesia, duchas, un lujo para la época, pero acabo pronto

Los mineros de Almagrera junto al poblado de El Arteal, tras una jornada de trabajo en los años 50. Fue diseñado por Antonio Góngora Galera.
Al llegar a El Arteal, el fantasmagórico poblado minero de Cuevas del Almanzora, lo primero que llama la atención es el silencio. No es un silencio vacío, sino uno lleno de ecos: el golpe imaginario de los picos contra la roca, el crujir de las vagonetas sobre los raíles y las voces ásperas de los mineros llamándose entre el polvo. Hoy, en cambio, solo se oye el viento que se cuela por las ventanas sin vidrio y hace bailar las puertas mal colgadas.
Flota este insólito burgo abandonado sobre la Hoya de Muleria y Herrerías, a los pies de Almagrera, la sierra más novelesca de la provincia. Allí, el viento silba como si aún buscara a los hombres, mujeres y niños que lo habitaron. Desde lejos parece un puñado de edificios de viviendas cansadas, como si el tiempo se hubiera sentado sobre sus tejados y ya no quisiera levantarse. Las comunidades de casas están perfectamente alineadas, todas simétricas. Sus paredes, antes blancas, están ahora manchadas de tierra, de grafitis y de años. En algunas aún se adivinan restos de la vida pasada: una silla coja, una botella olvidada, un calendario detenido en un mes cualquiera de hace décadas. Parece como si los habitantes hubieran salido un momento a por tabaco y nunca hubieran vuelto; uno siente escalofríos ante esa decrepitud y al ver una bota vieja cubierta por polvo como de siglos, como si estuviera momificada tanto ella como las huellas del autor desde algún día de hace casi 70 años; y se ven estanterías, inodoros mellados, cadáveres de palomas, azulejos ennegrecidos y ventanas desde las que se asomarían las mujeres al caer la tarde para ver a sus hombres volver del tajo.
Frente a los barracones de cemento diseñados por Antonio Góngora Galera, verdean cosechas de brócolis escoltados por palmeras africanas y ajadas lumbreras. Y arriba, en lontananza, refulge el edificio de las duchas donde los obreros se desprendían del hollín de las galerías y del túnel de Santa Bárbara.
Unos metros más allá está la boca de la mina, oscura y fría, y la galería minera más grande de España finalizada en 1951, que ponía en comunicación el Barranco Jaroso y el Francés. A veces, algún trotamundos curioso andurrea por esa tierra desabrida y se detiene a mirar como el que mira una playa desierta; el intruso camina despacio entre las casas, abre una puerta donde aún brilla el letrero de Escuela en hierro forjado y se marcha por donde había venido en cuanto el viento empieza a soplar levantando ese polvo maldito como de novela de Juan Rulfo.
El esqueleto superviviente del poblado de El Arteal pertenece desde 1996 al Ayuntamiento de Cuevas, cuando su alcalde, Antonio Llaguno, lo compró al Ministerio de Industria por el precio simbólico de un millón de antiguas pesetas. Desde entonces, se han esbozado proyectos sociales o de ocio para su recuperación sin que ninguno haya podido fraguar en tres décadas. Por allí solo aparece ahora algún lunático persiguiendo psicofonías disparatadas o la Legión, que lo ha utilizado alguna vez como campo de maniobras.
La historia del poblado de El Arteal fue la consecuencia del empeño del abogado Miguel Mulero González, alcalde Cuevas en la inmediata Postguerra, para la reactivación en esa conocida Tierra de la Plata, de la antigua y esplendorosa actividad minera de Almagrera que había cesado en 1934. Mulero había ejercido de abogado del Consorcio de Almagrera, compañía que expuso al recién constituido Instituto Nacional de Industria (INI), presidido por Juan Antonio Suanzes, la necesidad de concentrar las propiedades mineras de Almagrera, cuya dispersión había supuesto la ruina anterior. A partir de entonces, en 1945, se creó la sociedad Minas de Almagrera S. A. (MASA), que consiguió aglutinar más de un centenar de concesiones, elaborando un plan de actuaciones para la reapertura del desagüe con un nuevo lavadero de flotación bajo la dirección de Juan Rubio. El lugar elegido fue El Arteal, donde el ingeniero Siret, con la empresa Brand&Brandau, instaló las primeras máquinas desaguadoras a finales del XIX. Se calculaba que de los cotos de Almagrera se podrían arañar aún más de 300.000 toneladas de galena horadando el socavón antiguo al que se le dio el nombre de Santa Bárbara. De inmediato se empezó a reclamar la presencia de mineros, llegado casi todos de otros cotos andaluces, murcianos y asturianos, para los que se construyó el poblado hoy en ruinas que se hizo realidad en 1953 con una inversión global de 64 millones.
El Arteal, llamado popularmente Corea al coincidir su edificación con aquella Guerra que se libraba en el Lejano Oriente, contaba con 251 viviendas y 900 habitantes. Disponía de servicios modélicos para la época: iglesia, escuela, un pequeño hospital, tahona, bar, campo de fútbol donde militó el MASA federado con jugadores como Adolfo, Periquín, Tadeo o Madriles que se medían a rivales como el Adaro de Rodalquilar. También se habilitó un cine que operaba el pulpileño Lucas Guirao, padre del exministro de Cultura José Guirao.
El poblado, dirigido por Alfredo Barona, contaba también con una comandancia de la Guardia Civil, hogar del trabajador, economato, carbonería y la bicicleta era el medio de locomoción habitual y había pabellón de solteros y de casados. Cada vivienda tenía termo de agua caliente, cuarto de aseo con ducha y ropero. Todo un mar de lujos.
La experiencia, sin embago, tuvo un corto recorrido: la caída de la demanda del plomo y el empobrecimiento de los filones llevaron a la pérdida total de rentabilidad y a su cierre definitivo en 1959. Los mineros marcharon entonces a Berja, se recolocaron en los cotos de la Sierra de Gádor, dejando El Arteal, sumido hasta hoy en un profundo letargo del que aún no ha despertado casi 70 años después.